Ensayo sobre el placer del texto

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Lo fragmentario es lo erótico y por fragmentario habría que entender la autenticidad del instante. Cioran nos habla de que el derrumbe de los grandes sistemas filosóficos se da precisamente por no aceptar, en ellos mismo, la contradicción. Cioran cultiva el aforismo y en El placer del texto parece que Barthes también cultiva el aforismo, aunque no propiamente, pero cada párrafo contiene su sentencia. El lector del texto que toma de éste (del texto) su placer, es el contra-héroe, aquel que no se avergüenza de la contradicción y ¿por qué avergonzarse de lo único que es humanamente intelectual? Contradicción, sí y no. porque dentro de un esquema de Unidad una idea rechaza a la otra, pero No porque el fragmento en tanto que instante de tiempo es, a todas luces, lo único auténtico en la literatura.

La neurosis es la única que permite escribir y leer. ¿Qué es la neurosis? Recordemos: inestabilidad emocional. Un texto para coquetear debe ser neurótico y apelar a nuestra neurosis para conquistarnos, es decir, debe tentar nuestra inestabilidad emocional. Conmocionar es emocionar, es decir, conmover el ánimo. Contemporáneamente se toma “emocionar” como sinónimo de “encantar” o peor aún “agradar”. Pero no sólo emociona lo que agrada, también lo que desagrada y esto último aparte tiene la virtud de fracturar nuestro sentido del gusto (o nuestro sentido moral, según sean las dimensiones de eso vomitivo.) Hay ruptura. Dice Barthes que ni la cultura ni su destrucción son eróticos, la fisura entre esos dos sucesos es lo que se vuelve erótica. He recordado la concepción del sadomasoquismo en Freud: es un entrecruzamiento de pulsión de Vida, erótica, Eros y pulsión de muerte, destructiva, Tánatos. En el sadismo la pulsión de muerte se exterioriza hacia el masoquista, pero en el caso del masoquista la pulsión de muerte se interioriza: en ambas posturas se toma placer si esas son las preferencias sexuales. Podríamos decir, desde estos ejes que el sadomasoquismo es erótico precisamente por ser una fisura, fisura entre vida y muerte. Pero ahora no es momento de psicoanalistas que rayan, en ocasiones, en lo ridículo. Es hora de las palabras, del paraíso de las palabras; los signos y los espejismos de lo que ellos representan –dice Barthes. En el paraíso de las palabras donde se sitúa el escritor y en jubilosas ocasiones el lector, el significado se torna etéreo, es decir, nunca toca el duro concreto de la definición precisa. Las palabras (y sus respectivos signos) no son frío y duro cemento, sino suave seda que consiente el cuerpo y el espíritu.

¿Qué sucede con el lector precoz? Se pierde de lo interesante de la lectura. Es decir, pasar descripciones, eventos, manifestaciones puramente literarias (que se escriben por el placer de escribirse, dentro de una novela, por ejemplo, no porque le sirvan a alguien para algo, sino por simple placer literario) brincarse todas esas cosas y buscar el núcleo del asunto es lo que hace el lector vulgaris o lector mediocre (hablo de mediocre en un sentido de medio, no tanto en término peyorativo, diríamos que es alguien que tiene buen nivel de lectura y se contrapone al lector principiante que lucha contra las palabras en una guerra sin cuartel y con el lector aristócrata que disfruta las palabras y no está dispuesto a renunciar a su disfrute.) Afortunadamente esta clase de lectores no se mide de acuerdo a sus condiciones económicas –aunque a veces coincide- sino a su sensibilidad frente a este paraíso de palabras que vamos re descubriendo. El lector principiante –podemos imaginarnos a un camionero- que lucha contra las palabras es más valioso que un lector mediocre ¿por qué? Porque sólo nos sentimos cercanos hacia aquellos que son nuestros enemigos; cada deletreo es un pequeño triunfo que se queda como insignia en el corazón. El lector mediocre pasa indiscriminadamente páginas y páginas, leyendo superficialmente o incluso no lo hace (él domina o cree dominar la lectura), sólo va ahí donde la acción toma sentido. Ahora ¿qué pasa con los libros sin sentido? Hay muchos, tipo los que escribe William Burroughs, para disfrutar ese tipo de lecturas hay que desmenuzar palabra por palabra y abismarse, si se tiene agallas, con un traje de significados alterados (igual que la conciencia), en un abismo yonki donde la realidad es metáfora y la metáfora es realidad. El lector mediocre nunca podría extraer el placer (o goce) de esos textos, por ejemplo.

Podría continuar con el ejemplo de William Burroughs para diferenciar los textos de placer de los textos de goce. “El almuerzo desnudo” de Burroughs sería un texto de goce porque hace vacilar todo fundamento y nos pone en crisis en nuestra relación con el lenguaje; es un abandono, una pérdida, una ruptura con la cultura. El texto de placer, dice Barthes, viene de la cultura, está ligado a la cultura. Quizá pueda pensar en un “dos veces perverso” como dice Barthes, es decir, aquel que participa a un tiempo de los textos de placer (culturales) y de los textos de goce (anticulturales) y es Charles Bukowski: nadie describe tan bien como él el estilo de vida de la sociedad media-baja de Estados Unidos en la época de la Depresión Económica. Pero en su descripción de lo que es, va implícita una crítica a eso que es. Nunca abandona la cultura, las costumbres, los modos de vida, pero está inmerso en ellas para criticarlas, está entre la gente aunque deteste a la gente. Por eso Bukowski es dos veces perverso, por un lado sus novelas podrían ser históricas (y la historia, sabemos, fortifica a la cultura) y por el otro, son duras críticas al modo de vida estadounidense, un retrato de la inmensa estupidez gringa.

El placer del texto a veces es una rebelión; una rebelión contra nosotros mismos. Es decir, cuando cierto funcionamiento gramatical seduce a nuestros sentidos, a veces es en contra de nuestra voluntad, e incluso en contra de nuestras ideas. No podemos hacer nada más que abandonarnos al placer inmenso de seguir leyendo o retirarnos cobardemente a nuestra cordillera. Sin embargo escritores y lectores no estamos dispuestos a abandonar nuestro placer (casi patológico) por la letra, por el lenguaje. Si soy escritor, utilizo toda una gama de sutilezas para seducir a mi lector, pero el texto, en sí mismo, también construye autárquicamente su razón de ser: todo verdadero texto debe sobrepasar la figura del autor. Todo texto de placer se viste a sí mismo con negligé, tacones altos y labios rojos si quiere seducir: en ese juego intermedio, cuando el texto es arrojado, ya no interviene el escritor y el lector todavía no llega. El texto mismo reformula las situaciones para llegar al lector: el texto desea al lector. Y después, el lector, mediante el texto, desea al autor: es una dialéctica del deseo, hay lúdicos impulsos, cartas sobre la mesa.

Barthes nos dice que el desbordamiento es la significancia. Y más adelante dice que lo que está desbordado es la unidad moral. Entonces la significancia de un texto de placer, es, precisamente, la unidad moral desbordada. El texto está escindido, no tiene acepción ideológica; en el texto de placer las fuerzas contrarias (podríamos pensar en el bien y el mal) están en estado de devenir: “nada es antagonista, todo es plural” dice Barthes. Ahora podemos pensar en algo así como el rizoma de Deleuze, pues Deleuze decía que todo libro debía ser rizoma, es decir, una pluralidad sin unidad, un devenir sin antagonismos ni Unidades, quizá una red de significaciones formada por pequeños triángulos o triadas a la Pierce.

He dicho antes que hay un lector aristocrático, pero también he dicho que este tipo de lector no lo es por su posición económica. Constantemente se cae en el error de pensar que la derecha política es la que se interesa en la lectura para poder dominar, bajo modalidades nuevas, al pueblo. Pero no, precisamente es la lectura la que nos da armas para poder defendernos de un gobierno tiránico. Al dejar de leer, no sólo estamos abandonando al placer del texto, sino también renunciamos al placer de reflexionar. Nuestra sociedad mexicana, sobretodo, con tan bajo índice de lectura, lo único que demuestra a todas luces es que es una sociedad frígida.

Ahora, Barthes llama Piensa-Frases al escritor: ni totalmente pensador ni totalmente fraseador. Yo no estoy seguro de que frase y fragmento sean lo mismo. Barthes dice que el placer de la frase es muy cultural; ergo, podría ser texto de placer. Pero el fragmento siempre es parte de algo más abierto. El fragmento nunca está inmutablemente estructurado, siempre está infinitamente abierto (abierto no sólo hacia adelante, también hacia atrás o incluso hacia arriba o abajo, puede ser diagrama.) El fragmento es erótico porque siempre es la herida entre una cosa o persona A y una cosa o persona B, aunque posiblemente nunca lleguemos a conocer ni a A ni a B, o quizá sean fantasmales, entonces estamos ante la herida de un par de fantasmas y eso es más erótico aún. El fragmento nunca es una Unidad, es una unidad de tiempo entre un instante y otro. El fragmento no podría ser ningún juego de mesa, a menos que sea un juego infinito. El fragmento puede ser también texto de goce, lo imposible se hace realizable en él: pues contiene el gran atributo intelectual del siglo XXI, es decir, la imaginación. Ahora, nos dice Dalí en Los nuevos colores del Sex-appeal espectral, que el Sex-appeal es espectral, pero no hemos de imaginarlo de manera fantasmagórico sino como cuerpo desmontable, es decir, lo erótico, el Sex-appeal, será el fragmento del cuerpo humano, la pierna, el brazo, los ojos, la nariz, el cuerpo como desmontable. Podemos imaginar una pintura de un brazo, es fragmento: las posibilidades de las demás partes del cuerpo son infinitas, porque no tendríamos que pensar sólo en las que existen en el mundo sino las que podrían existir en la mente de todos los habitantes del planeta tierra (y como estos habitantes constantemente se renuevan), entonces esta tarea es imposible: el fragmento sostiene, pues, lo imposible. Este artículo de Dalí es de corte cómico, pero nos sirve bastante bien para ejemplificar esto. Ahora si se nos reprochara que meto algo respecto de pintura en donde hablamos de literatura, he de contestar ¡sean como Rimbaud: piensen los colores de las vocales!

Finalmente Barthes nos dice: “El placer del texto es eso: el valor llevado al rango suntuoso del significante”. Ahora ¿qué es la significancia? Es la sensualidad, sentido y significante producido con placer. Es precisamente el derrumbe de las Unidades: Estado, Religión, Sociedad. O si no su derrumbe, el umbral desde el cual se vuelve a reflexionar. Al concebir conscientemente la significancia de las palabras (en un discurso político, por ejemplo) la crítica también avanza a niveles más nuevos. Sobre todo en México para que los políticos no nos vean la cara de pe…rversos, sino también de pensadores.

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