Como quien despierta

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Monica Bellucci by Helmut Newton

Como quien despierta del sueño de otro espejo, así el tenue contacto de la areola con los dedos que la acarician, con la lengua que la envuelve. Una eternidad de sueños desfilando por los dedos, desembarcando en el vientre, acampando en los muslos. La luna por faro. Venus en la piel de la noche, Venus en el tabledance de los goces. Unos labios que se parecen a otros labios, otros labios que besé hace diez años en medio de una tormenta, afuera de una Facultad de Filosofía en donde enseñaban que Karl Marx crucificaba a Federico Hegel invertido. Y yo me imaginaba a Hegel de cabeza, clavado a su cruz, con la sangre resbalándole por la cara, su cabello goteando sangre y ese goteo, ese tenue goteo sonaba en mi cabeza mientras yo te besaba, hace diez años. O tal vez esta sea una historia que inventé y que no haya besado a nadie hace diez años, o puede que en realidad haya besado a otra, una que no me recuerda a ti ni me recuerda a mí, qué difícil es reconocerse hasta hace cinco minutos. Ni siquiera reconozco al tipo que comenzó a escribir esto. Unos labios como los tuyos, carnosos como los tuyos, que me llamaban como desde mundos posibles, como desde inframundos aztecas, unos labios con el brillo exacto, unos labios que brillan como brillan los cuchillos antes de que el asesino los guarde en su maletín y se disponga a salir para aumentar el número de sus víctimas. Y sentir la fragilidad de tu cuerpo, enraizado al mío, confundidos los cuerpos en un vértigo infinito que, por pleno, es vacío: imposibilidad que revela algo mucho más profundo, la nada. El erotismo de la nada. Tu cuerpo frágil, tus piernas delgadas, tus labios temblorosos, tus pezones pequeñísimos y rosas, las manos tocándome como si tocaran un estanque de agua con hojas secas naufragando hacia un universo cada vez más inalcanzable. Escribo para captar todo eso, para retratar todo eso. Una cámara fotográfica. Tu mirada entreabierta, tus ojos en movimientos azarosos u ondulatorios, eclípticos o ecuatorianos. Tus ojos, acaso, invertebrados de luz: una pupila que al desnudar se desnuda. La mirada como campo de batalla, como única muestra de que la muerte existe porque existen los cadáveres; esa constatación más bien fútil. Mi verga contra tu culo, bombardeando como un bombardero ruso. Mis manos en tu cuello, apretando, apretando. Una especulación histriónica de la muerte, un ensayo de la muerte, el sexo, la carne calcinada, la carne ahumada, la carne putrefacta. Y abismarse, ensoñar en la pulpa del beso, en el arco iris de sangre del beso, en el labio que sangra y el labio que viola, la ecuación artística del silencio y la saliva, el tango. La transgresión musical de la tristeza y la muerte y la sensualidad. Y sentirte caer, plena, tus nalgas sobre mis muslos y tu coño sobre mi verga erecta. Al verte pienso en las flores que marchitas, al fin vencidas, caen en el otoño sobre el cemento del Central Park en Nueva York. Te voy buscando por los caminos de mi memoria, pero también por los caminos que siembro de estrellas para iluminar tus huesos. Misterio perfecto, tu sonrisa crea galaxias de signos tiernos, salvajes, desbordados. Te voy buscando en mi alma, como péndulo, como música que hace que lance mi corazón al viento y mi alma a las sombras.

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