La noche que soñé con una célebre escritora

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Dibujo de Von Bayros

Los copitos de nieve, cual manecilla precisa, caían sobre las tejas de la cabaña. Un tic tac en la conciencia, como un poema que despierta de repente. Resucita, la palabra es resucita. La palabra es resurrección. Una invocación vudú, así caía la nieve, dulce y secreta, pactando con lo desconocido. Una coartada. Las tejas, clavadas, recibían el tamboreo rítmico, la orquesta del infierno congelado que se descuartiza, cayendo desde el cielo a la conciencia, recordando la temporalidad en su ausencia. Como decir, Existe la sombra para recordarme que existe la luz y viceversa. Así el tiempo, congelado, en aquella cabaña de ventanales ligeramente empañados, detrás de los cuales una mirada adivina la danza de los árboles, ese ritual del cerezo cubierto por la nieve. Ella pensó en un viejito y sonrió.

Ella nunca había visto. Cerezos floreciendo bajo la nieve; un tono apenas rosa, se figuraba rojo. Sangre tierna –pensó, como el pecado de alguien que nunca ha oído hablar de Dios. Y no hacía falta leer nada, rezar nada; la nieve caía, sobre las tejas de la cabaña y los cerezos, a contraley, florecían en ramas cubiertas por una gruesa capa de nieve… Eso le bastaba, eso nos debería bastar, para saber que hay algo más. Para creer. El milagro, la voz de la naturaleza, el fuego, las estaciones de la vida.

De repente, ella oyó entrar las botas, las pisadas, de animal, de reptil, de voraz silencioso. Las manos astilladas por la madera, colocó unos troncos más en la chimenea. Sus manos (las de él) tenían una disimuladas gotas de sangre; los pensamientos (los de ella) la llevaron a los cerezos, al ver esa sangre, apenas diminuta como eso que hace posible el poema, el verso, diminuto como un abrir de puertas o de alas que cambia todo. Un detalle que hace que todo sea real, de una vez y para siempre. Gotas de sangre en aquellas manos grandes, de uñas recortadas porque, un día anterior, ella misma las había recortado.

Él la miró, como hipnotizado, bajo un hechizo apenas visible. ¿Qué habrá más allá de esos anteojos, de esos ojos, de esa retina, de esa alma que allí navega? ¿Cuál es el alma del alma? Sus labios tiernos, la barbilla, esa sonrisa que no envejece, como de la niña que nunca se fue, que se quedó pese a todo. Ella era una mujer que con su mirada hería placenteramente, su mirada como un tango. Una mirada que creaba arte sólo por existir. Él también la mirada, pupilas cruzadas. Se abrazaron, en complicidad, como una coartada en éste, a veces, crimen que es vivir. Se besaron, largo, deslizando dócilmente su lengua, entrando en una cueva platónica, dando la espalda a toda realidad porque, sabemos, la realidad está sobrevalorada. La lengua golpeando con su fuego, como bongos de algún ritual africano. Luego un silencio, dos. Un sonido de agua fluyendo, despacio, como el tiempo, como la muerte; derritiéndose el hielo en el corazón de la tierra. Un sonido sublime y terrible, a la vez, como de un Saturno que no deja de devorar a sus hijos. La shishi-odoshi de la cabaña, recordándonos la sabiduría del agua que fluye, que ama, que con paciencia rompe los obstáculos; el agua, y sólo el agua, superior a Buda, a Jesús, a Gandhi, a todos los sabios y libros. El agua.

Los copitos de nieve se iban desvaneciendo, nevaba cada vez más despacio, cual furia que se va aminorando con los nervios destensados, la guitarra desafinada del día. Ahora se escuchaba el agua correr, por las tejas, techo abajo. Haciendo tenues canales de lubricidad por esa roja teja, como la pasión viva del asesino, como el cerezo en flor, como el tango, como el delirio. Como si Dios existiera, como si el infierno fundamentara una cultura y más que eso, un canto. El perro, a la puerta, ladraba a su segundo yo, a su tercera persona, a su mejor amigo. Y los patos se unieron a la orquesta de la vida con sus graznidos cacofónicos. ¿No es una maravilla la vida? Dijiste, creí que decías, quise que dijeras. Sí, susurré, afirmando contra la evidencia. Heroicamente. En un mundo tan podrido es un heroísmo atreverse a ser feliz. Ellos lo eran, apartados apenas, unos segundos apenas, alejados de los noticiero y los celurares, abrazados. Ella era como un koala abrazado a su árbol. A él, grande e imponente, le pareció más tierna que nunca.

Él había puesto un disco de Morphine, y ahora sonaba You look like rain; la besaba una y otra vez, apasionado, en su juventud ansiosa; lánguidamente le mordía los labios mientras la sujetaba de la cintura para bailar con ella un vals de saxofón sensual. Inexperto y acaso un poco torpe, en su baile la llevo al sillón de la modesta sala, cálida, con una pequeña chimenea la cual había sido alimentada, recientemente, con leña. La mano, la caricia, la cara, el suspiro, la mirada, el cuchillo metafísico: el poema. Ella estaba sentada y él se puso de rodillas frente a ella, nada le costaba, en ese momento era su diosa, su musa y su fuego interior, acaso heraclitáneo. Ella era la armonía y discordia del cosmos y él, amorosamente, le quitó las zapatillas para besarle los pies e ir subiendo, poco a poco, con húmedos besos por las rodillas, las piernas y los muslos, debajo de su vestido gris claro. Sacó sus bragas. Ella sujetó la cabeza de él, más que para detenerlo, para guiarlo, una pulsera sonó de su mano izquierda; él embistió, como un toro, de lleno con su lengua; el sexo de ella sabía a mar, sus labios mojados que más que una invitación, se hinchaban como un desafío. Él recorrió zigzagueante la vagina y el clítoris, el monte de venus, lamía con ternura y pasión, como un gato, bebía sediento como perdido en el desierto ante el espejismo de un oasis. Con la comisura de los labios besar los labios de ella, vaginales, gruesos, hinchados, rosáceos; despacito, con cariño, como una mariposa que se posa sobre la rosa fresca, dócil y apacible, como la canción, un poema que se posa sobre una melodía.
Sin quitar más ropa, la mano derecha de él se fue a buscar aquel tibio rocío; la besaba y le mordía los labios ahogando malvadamente los gemidos; los dedos de él se movían libres, como un verso, en la entrepierna de ella que se encorvaba y, como un arrecife, regresaba su acuático regalo, como una ola en el mar regresaba con un secreto en su espuma serena. La mano de él estaba empapada, pero no la dejaba de besar. Desabotonó el vestido y buscó los pechos de ella, en especial los pezones… Estaban erectos. Ella respondió buscando en él un bulto en el pantalón… Lo encontró. Él ahora enfocó su boca en lamer y chupar, morder y sorber sus pechos, la circunferencia entera, cada espacio… Ella sujetó el miembro que se iba hinchando más entre sus manos. La palabra verga como una anacronía, un ente castrado de totalidad. El blanco total. La vacuidad. La nada sobre la nada, penetrándose, en el erotismo del holograma, en la lujuria del fantasma.

Ella se hartó del juego, tomó el control y de un brinco se sentó sobre él, sobre sus piernas; colocó el miembro en su vagina y comenzó la penetración. El encuentro de dos soledades; textos sobre textos, la lujuria encapsulada en las gotas de sudor. Ella sentía cómo el pene se iba poniendo cada vez más grueso en sus adentros, iba dilatando sus paredes vaginales, mientras subía y bajaba ya, francamente, eufórica. Él la sujetó de las nalgas, la continuó penetrando, atrayéndola hacia sí; un cuerpo cayendo dentro de otro cuerpo, luces, ráfagas, colores neón atravesando la sangre, la música hirviendo en el recuerdo, el graznido, el ladrido, el aullido, el agua, la nieve, los cerezos, la sangre acumulada en la entrepierna… El sueño. El despertador.

19/04/2013

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