Your soul in your mind. Fragmento de novela

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Nus Intime by Yuriko Takagi

Ser novelista es como ser investigador. Lo importante no es redactar, lo importante es recopilar la información. El trabajo de campo. El laboratorio de un escritor es el mundo. En el mundo es donde realizamos nuestros experimentos; el primer requisito: vivir. Aunque también asesinar. Escribir es asesinar al otro que soy Yo; es un trabajo doble, de homicidio y de suicidio. Yo es un pronombre, o un proto-nombre, un esqueleto de nombre ¿qué palabras se le echan encima para cubrirlo? Da igual. Yoar, ese verbo: yo yoeo, tú yoes, él yoea, nosotros yoamos. Y al final nuestro libro tiene que ser como una metralleta, porque hay muchos yoes que matar.
Hay ciertas verdades, como novelistas, que nos incomodan inconmensurablemente. Algunos, sobretodo rusos, hasta se han suicidado por esa incomodidad. Me refiero, por supuesto, a la distinción entre una palabra y otra y a su propensión de cambiarlo todo. En verdad no existen los sinónimos: esa terrible verdad nos apachurra los huesos, la saliva, la pluma. Eso, como ya lo he dicho, lleva a unos escritores al suicidio, pero los que resistimos las verdades sin quebrarnos, somos tipos listos.
La genialidad del escritor no reside en su inteligencia sino en su buen tino para escoger palabras, para formar frases. Leí que un escritor era un fraseador, es algo que todos sabemos, pero yo lejos de verlo como un asunto peyorativo, al contrario, lo veo como un asunto privilegiado: sólo el que escribe fragmentos, uno tras otro, es coherente en su escritura, en contraposición, por ejemplo, con el filósofo que escribe tratados completos y como hace sistemas enormes, temprano o temprano, se contradice y se desvanece su teoría. Lo auténtico es sólo lo fragmentario y cada fragmento por separado, porque corresponde a un tiempo y espacio, a la belleza del instante.
Dos mil once años de poesía amorosa y no hemos logrado definir al amor. Y quizá nunca lo lograremos pero hay todavía algunos necios. Y de tanto insistir, quién sabe, quizá algún día: quizá poema a poema, novela a novela, nos acerquemos más y más a la definición correcta del amor como al nombre de Dios. Quién sabe. Lo que sé es que casi siempre escribimos al amor porque está ausente, en su doble ausencia: la ausencia de la lejanía y la ausencia de la cercanía. Somos capaces, aunque sólo metafóricamente, de mandarle una carta postal a nuestra novia que está al lado de nosotros sólo para que reaccione. Ausencia del que está, ausencia del que no está: ambos son temas del amor.
Hay días y noches en que escribimos como locos, tratando de que nuestros poemas sean un boomerang que nos traiga al amor de vuelta, pero no sucede así. Y como todos los días permanecen en su estabilidad milimétrica, nos vamos convenciendo de que algo va cambiando. Sólo lo que permanece igual, cambia. Las mismas latas de atún siempre son atunes diferentes. Comer atún, fumar, escribir, vivir. Todo igual. Algo está cambiando.
Un buen libro es como un cuchillo: es bueno o malo, dependiendo de las manos de quién esté. Un buen amor es como el lado de un cuchillo: del otro lado tiene que tener, necesariamente, a la muerte. Un buen lector está vacío. Criticamos al vacío, pero sólo en el vacío nos podemos verter, poblarlo de palabras. El vacío, el buen vacío, es el único que presta oído y ojos para las palabras: es aquel que no tiene nada que perder, así que se la juega…
La escritura tiene formas geométricas. Incluso la escritura visceral tiene su forma geométrica. Pero hay de formas a formas, la escritura como círculo es muy europea y no llega a ningún lado, es repetición, pero nunca diferencia (en términos deleuzianos), es decir, no muestra ni originalidad ni autenticidad en su repetición. Por otra parte, la escritura estadounidense es muy lineal: en ese sentido, existencialista y San Agustiniana, a la vez. A mí la que más me gusta es la escritura latinoamericana y uno que otro europeo se salva, sobretodo español (por sus claras influencias latinoamericanas.) La escritura latinoamericana es visceral, auténtica, parte de algo, si quieren, de la historia: pero es una reinterpretación, un rehacer la historia, haciendo una arqueología de los acontecimientos, de las rupturas. La escritura latinoamericana tiene la forma de espiral: asciende y desciende, intensamente, sin detenerse; sabemos que nada puede partir de nada, así que no se trata de intentar, patéticamente, partir de cero, sino de abordar los acontecimientos, si quieren, esperar la combi, creativamente, en acción, con valentía, sosteniendo algo. La escritura latinoamericana hace de lo cotidiano una revolución estética: esa es su fuerza. Su forma es también prismática.

2010

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