Ensayo sobre la idea de bien

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Pintura by Gabriel Celaya

En cuanto a la fútil idea de bien hay mucho que decir. Primero, a saber, que básicamente se instituye desde un colectivismo más bien neandertal, es decir, que se fundamentó en un Asía y Europa primitivas, se inscribió en tablas que se han podrido, en folletos que han sido roídos por las ratas.
La principal causa de la decadencia moral, es que se trató de plasmar en sistemas absolutistas y totalitarios. La moral fue, pues, en principio, un ejercicio puramente político: leyes basándose en el miedo de los débiles y en las ambiciones de los codiciosos. Recordemos que la acción humana es el mal. Sólo los ociosos tienen bella alma. Y recordemos, también, que para Aristóteles el hombre es un animal político, aunque también quería decir, con esto, que habría que inscribir a la razón dentro de la polis. El hombre, en tanto que político, está infectado de un cáncer metafísico; y el lenguaje, esa arma terrible, no es más que un ejercicio de metástasis. Pero aún es temprano para dar por descontada a la razón.
Deleuze postula, en el cine, un conjunto artificialmente cerrado que se contrapone a un Todo infinitamente abierto. Ahora bien, desde un punto de vista universal, tal vez sólo tenga sentido la autarquía cósmico-dionisíaca, una azarosa orgía del sinsentido y el vacío, una violencia enérgica de átomos que son posibilidades abiertas antes de la conciencia que da forma y así deforma la belleza intrínseca del silencio puro.
Hay pues, una polis, un conjunto artificialmente cerrado, en donde sí podemos ejecutar leyes que funcionan, específicamente, para éste conjunto cerrado; es decir, tenemos que asumir siempre una subjetividad, aunque ésta sea una subjetividad colectiva, una comunidad que se asume como organismo autónomo. Dentro de esa polis, entendida como conjunto cerrado, se puede hablar de razón y de bien: esas palabras tienen sentido.
El despierto, el lúcido, pues, es el que sabe que sus acciones no tienen sentido al margen de un Universo infinito y monstruoso. Pero, el despierto, sabe que sus acciones sí tienen repercusiones en un conjunto artificialmente cerrado, como es la polis o, para que se entienda, el Estado, que es donde habitan la mayoría de los seres humanos; el sinsentido pues, sólo nos liberará espiritualmente de las cadenas económicas a las que somos sometidos, pero una vez liberados espiritualmente, hemos de integrarnos en sociedad y hacer funcionar los engranes de la gran farsa. Ahora bien, como he expuesto, lo natural, si por natural hemos de entender lo cósmico, no puede plantear una moral porque habría que asumir que el Universo es moral; sin embargo, ¿cómo puede ser moral aquello que es infinito? ¿Cómo lo infinito va a tener un fin preciso? No tiene razón de ser postular una moral natural, porque en cuanto que funciona dentro de conjuntos artificialmente cerrados, sólo puede ser una moral artificial. En cuanto creación de seres finitos, sólo puede ser finita y, por lo mismo, tener un fin preciso… ¿cuál es ese fin? Allí es donde una multiplicidad de respuestas se agolpan tratando de imponerse o, de menos, desacreditar a la otra. Lo que nos queda claro es que toda moral ha de ser, desde su creación, necesariamente, pragmatista.
El pragmatismo nació en Estados Unidos, o, al menos, es donde se le dio forma hasta su actualidad. Justifica, si así se quiere, el capitalismo, pero también lo repele. ¿En qué sentido el pragmatista repele el capitalismo? En el sentido en que repele todo aquello que se revista de absoluto, es decir, cualquier cosa que se diga bien en sí mismo, verdad en sí misma, derecho en sí mismo, etcétera. Sólo hay medios para alcanzar algo; hay, pues relaciones. En lo artificialmente cerrado, sólo funciona el lenguaje que es otro convencionalismo de la cultura. ¿Cómo decir que un camino es bueno y el otro es malo? Hagamos un trabajo de imaginación que Wittgenstein nos sugería: hay dos caminos, uno es más seguro (menos baches, menos narcos, menos ejército) y otro es más corto pero más peligroso (en peores condiciones la carretera, más narcos y más ejército corrupto) entonces ¿cuál es el camino bueno? Continuemos con el trabajo de imaginación: tu hija se desangra y tienes que llegar pronto al hospital, ahora el camino que se torna bueno (el corto) es el mismo que antes, cuando no tenías prisa, se tornaba malo. Pero supongamos que se toma el camino largo y seguro, sin embargo la niña muere en el camino… Entonces que el camino sea seguro, no implico que fuera el bueno, ¿o sí? Hay que tomar en cuenta que el objetivo era mantener a la niña con vida. Así pues, con ejemplos de este tipo, podemos ver en nuestra vida cotidiana que el pragmatismo es algo usual; planeamos un fin, un objetivo y tomamos por bueno aquello que nos ayuda a cumplir dicho objetivo.
¿El fin justifica los medios? No, los medios lo justifican todo. En un camino del punto A al punto B, hay un trayecto que en situación X es bueno, pero en situación Y es malo. Si situación X, entonces AB es bueno, si situación Y, entonces AB es malo. Lo que quiero hacer notar es que no es B lo que es bueno o malo, sino la relación. Entonces la moral o ética sólo puede fundamentarse en relaciones, no en fines. Sin embargo, vemos que un Estado garantizó tranquilidad, y los medios para acceder al poder son los votos de aquellos que le creyeron. El fin Estado-tranquilidad, no es más importante que el medio votante-credo. Incluso si, como en México, las elecciones son robadas: ¡ten cuidado con lo que robas que pueden ser alacranes! Muchas veces se da esto en política, hemos de imaginar a un ladrón que roba el bolso a una mujer, cuando mete la mano en el bolso para contabilizar su botín se da cuenta que algo lo ha picado: el bolso está lleno de alacranes. Lo malo de los ladrones políticos no es tanto que roben, sino que no sepan qué hacer con el paquete que robaron. Si un buen ladrón ocupa astucia para robar, ¿por qué no utiliza esa misma astucia para gobernar? A mí no me interesa si el presidente es ilegítimo o no, lo que me interesa es que sepa gobernar, que no defraude a los medios, porque los medios, las relaciones formadas exclusivamente por los ciudadanos es el poder decisivo en el pragmatismo.
El bien al que apuntamos en la vida social es más o menos mediocre, un montón de fanfarrones lo sostienen y un montón de idiotas lo siguen. Tomemos en cuenta algo, otra vez valiéndonos de Deleuze: el bien es una verdad construida, no una verdad en sí misma. Es decir, el bien es una creación del mismo sistema que se beneficia implícitamente con ella. Un bien de totalitarismo es burda y más bien insustancial, favorece a unos pocos. Lo que no saben esos pocos es que dentro de poco no tendrán mercado, entonces se quedarán tan pobres como los demás. No importa. Tampoco la ética múltiple funciona, si tenemos que aceptar tantos sistemas éticos como seres humanos hay, entonces tenemos que aceptar al asesino, al violador y al ladrón. No soy especialmente moralista, pero son tres ejemplos que detesto: el primero porque defiendo el derecho al suicidio. El segundo porque defiendo el derecho a la perversión pactada. El tercero porque no me gusta que uno disfrute lo que otro trabaja. Entonces la ética se ha de fundamentar en una ética pragmatista de relaciones. No es la subjetividad lo que importa, ni la objetividad, sino las relaciones entre sujetos. Es la solución que encuentro a algo que, de todos modos, no tiene sentido. Hay un sinsentido intrínseco en cada cosa que hacemos, sólo cuando nos desembarazamos de esos tragos de lucidez, es que nos encontramos dentro de un simulacro que no deja de ser una prueba fehaciente de la inmensa estupidez humana.

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