#CronicasTreintañeras

En el autobús de regreso del trabajo, hay un tipo, por el uniforme y el bigote escuálido deduzco que se trata de un preparatoriano. Dicho puberto se cree el macho alfa de la manada, probablemente lo sea pero sólo dentro de su reducido mundo. Se sienta casi acostado, con las piernas abiertas, abrazando a una tipa, y arroja su mochila en el asiento de al lado como para reclamar que aquél es su territorio. A mí aquello me da mucha risa y, para ser sincero, ese tipo está en mi asiento. Así que me acerco, lo miro directamente a los ojos, mis ojos dicen Te voy a matar, te voy a arrancar tus pelos engelados y los meteré en tu culo; el tipo, asustado, recoge su mochila, desabraza a la tipa y se sienta muy derechito para darme permiso de pasar y de sentarme. Acto seguido arrojo mi mochila en el asiento en el que antes estaba su mochila. Y pienso que eso es lo bueno de tener 30 años; las cosas se van acomodando en su lugar.
Lo bueno de tener treinta años es que ya no te impresiona cualquier pendejo; de hecho es muy difícil que te impresione cualquier pendejo. Hay tipos rudos, eso que ni qué, pero tú has conocido tipos que harían parecer a los tipos rudos bailarinas de ballet y has conocido bailarinas de ballet travestís que son las reinas de la lluvia, y has conocido lluvias ácidas lisérgicas y has golpeado a tipos y te han golpeado tipos y has quebrado la ley y has sido la ley. Y así sustantivamente. Ningún puberto te va a decir cómo son las cosas cuando tú ya atravesaste la mitad del infierno.

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