Últimamente pienso mucho en sexo

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Ilustración de Milo Manara

Últimamente pienso mucho en sexo. Imagino a todas las chicas que veo en la calle vestidas en babydoll y lamiéndose los labios, o bien con la boca entreabierta, teniendo un orgasmo y gimiendo. Si tienen buenas nalgas, imagino que les doy por el culo; en cambio, cuando tienen buenas tetas, imagino que me cabalgan de frente y que los pezones se mueven en un suave vaivén. Si tienen buenas tetas y buenas nalgas eso es un milagro. Si no tienen ni buenas tetas ni buenas nalgas, entonces las imagino chupando mi miembro, que lo meto tan dentro de su garganta que no las dejo respirar y lloran un poquito. Imagino, acto seguido, una lluvia de semen inundando sus labios. Ellas no tienen la culpa, regularmente ni siquiera caminan sexies o seductoras. Sólo están ahí, siendo perfectas, inmaculadas y sanas. Yo soy el enfermo. A muchas ni siquiera les interesa tanto el sexo como la seducción y el romance. Muchas quieren casarse y tener mal sexo cincuenta años y después morir; eso les han enseñado sus madres, pero también muchas quieren eso, de verdad lo quieren. Para muchas el sexo es eso que quiere su hombre y ellas simplemente se dejan, es eso, ni siquiera es hacer el amor, es dejarse coger. Las mujeres de rancho siguen teniendo convicciones e ideas muy fuertes, difíciles de erradicar, y ahí están en mi mente, con un babydoll en el que se les transparentan los pezones, gimiendo y sudando en este valle de lágrimas. También los hombres tienen la culpa. Veo a todos los hombres a mi alrededor y puedo ver en sus ojos que pocos han lamido un coño, puede que les dé asco como a mí al principio, pero entonces ¿por qué no les da asco que laman su verga? Ambos son órganos de secreciones. Yo endurecí mi estómago, me fui acostumbrando a los sabores fuertes, ahora me encanta hacerlo siempre y cuando confíe en la chica. La mayoría de los hombres somos malos amantes, aprendemos lentamente. A mí me encanta la seducción porque es como en el ajedrez, nunca sabes cuándo vas ganando o cuándo vas perdiendo. Ellas son mi deidad, incluso mi religión; cuando por casualidad estoy dentro de alguna puedo sentir lo que sintió Dios cuando dijo hágase la luz y vio que era buena.

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