El agua cae

prominent-nudes-in-art-history-40
Pintura de Edgar Degas

El agua cae lentamente lamiendo las piedras del río. Una cascada, pensé. Imaginé inmediatamente una especie de divinidad esculpiendo sombras en las puntas de las piedras, e imaginé a las piedras, estoicas, recibiendo el chorro de agua en el golpeteo incesante de la cascada. Uno piensa en esas cosas cuando ha caminado más de diez kilómetros sin encontrar agua. Estaba acampando con mi novia y me había perdido en medio del bosque. Un trago de agua, a esas alturas de cansancio, era tan celestial como un trago de cerveza. Aunque, por pura aclaración, prefiero a la cerveza. El agua rebotaba dejando pequeñas esquirlas, unas gotas que rebotan como los recuerdos contra la memoria. Las piedras son como la muerte, pensé, y eso me hacía sentir bien; encontrar algo con que entenderme, eso es la civilización y cuando uno está perdido se anima con cosas tan baladís como esas. Seguí el sonido y encontré en medio de unas ramas gruesas y verdes, el paraíso. No sólo había una cascada y una laguna llena de agua limpia, también había una chica nativa nadando desnuda. Me limpié los ojos, pensé que el cansancio me había dejado loco. Veía visiones, ¿cómo era posible que aquella diosa amazónica estuviera justo ahí, en ese ojo de agua perdido de la vista de los hombres? Era morena y sus pechos firmes como flechas de dientes de león; sólo podía pensar en animales porque la animalidad subió por mi cuerpo apoderándose de todo mi ser; ser para la animalidad, pensé, y enseguida eche una carcajada tan sonora que espantó a las aves e hizo que la chica volteara asombrada a verme.
La mujer a pesar de sus ojos asustados, irguió inconscientemente sus pechos, los pezones estaban durísimos como resultado del agua helada. Ondeé una bandera invisible para hacerla entender que iba en son de paz. Los ojos negros de la mujer se clavaron en mí como las garras de una pantera. Pese a mi 1.90 de estatura y mis 130 kilos debí parecer un idiota haciendo de mimo, porque la chica me regaló una sonrisa y pude ver sus dientes perfectamente blancos. Estaba cansado, con el cabello revuelto y un poco borracho por el sol. Me acerqué a la orilla y llené mi guaje de agua e hice con mis manos el movimiento para hacer una cuenca y beber del agua cristalina que la laguna ofrecía. Fue hermoso, sentir esas gotas resbalando por todo mi cuerpo, era como una primera comunión con la naturaleza. La chica esbozó una sonrisa más amplia aún. Me hizo una seña para que me arrojara al agua, así lo hice. Me desvestí primero las botas y luego el resto de las ropas, me quedé sólo con los calzones. Me daba un poco de pena mi panza chelera, pero tenía más cansancio que vergüenza, así que me lancé al agua y mi cuerpo se movía tan naturalmente en el líquido que me sentí como en esa vida anterior al nacimiento.
A esas alturas ya estaba convencido de que todo eso que veía no era más que efecto del cansancio. No sería extraño, después de caminar tanto tiempo. Siempre había maldecido los días de campo, yo soy un chico de ciudad, me gusta la contaminación y el concreto. Caminé muchísimo y se me hizo natural empezar a alucinar, pero no le di importancia, pensé que lo mejor era dejarse llevar por todas las trampas que mi mente me ponía. El agua, la bendita agua, sin embargo, se sentía tan real y pura vistiendo cada parte de mi cuerpo. Era magnífico estar ahí, nadando. Cuando levanté la vista, la chica nativa seguía ahí. Ella se sumergió y pude ver su culo al aire, un culo moldeado por los mismos dioses, si es que existen… Cuando uno ve culos así es difícil seguir siendo ateo. Las curvas exactas, la estructura perfecta, las líneas hechas con la sutileza de un diseñador invisible y perverso. Cuando emergió estaba frente a mí, con sus labios gruesos y rosas, me estampó un beso en la boca. Era bueno, su lengua se movía como una víbora de agua dentro de mi garganta. Su saliva estaba dulce y sus dientes presionaban ligeramente mi labio inferior. Sus manos eran pequeñas y sus uñas blancas, con ellas atrajo mi cara para besarme más apasionadamente. Así duramos un rato, fue un beso tan bueno que me puso duro inmediatamente. Luego se separó bruscamente y me lanzó agua a la cara riéndose… Después nadó lejos de mí, la seguí debajo del agua. Abrí los ojos, el agua estaba tan clara que podía ver sus pies moviéndose.
Llegamos al borde de la laguna, justo donde caía más fuerte la cascada. Ella se puso de pie debajo de la cascada y comenzó a modelarme. Ponía su mano en el cabello y me mostraba su pubis moreno y lleno de pelos. Aquello me excitó mucho, tenía unas piernas preciosas, largas como una avenida y unos tobillos divinos. Era delgada y su ombligo sumido se me antojó como se le antoja un caramelo a un niño. Hizo un baile extraño, dentro de mi mente sonaron unos bongos. No entendía bien su juego. No le hablaba, di por sentado que esa criatura extraña no hablaba mi idioma. Pensé que correría y me dejaría ahí en medio del agua fría con la sangre caliente, pero no fue así. Bajó de las rocas y se sumergió de nuevo en el agua, sin levantarse me sujetó la verga debajo del agua. No era grande, pero estaba dura como pocas veces en la vida. Creo que eso le gustó, sacó la cabeza un poco y se volvió a sumergir para meter mi miembro en su boca, lo succionó con fuerza, era una sensación extraña. Igual me excitaba tener esa boca en mi verga, la sujete del cabello y la jalé hacía arriba, abrí sus preciosas piernas con mis manos, y la penetré. Sus pies se enredaron alrededor de mi cintura. Era pequeña y menuda, su coño estaba estrecho y apretaba deliciosamente. Nos hundimos en un vértigo cercano al asesinato y la muerte. Las sensaciones nos cercaban y nos mantenían presos; nos desollamos a cada beso y nos estrujamos el alma y nos manoseamos las nalgas. Me atrajo y mi verga dio varias sacudidas que la hacían gritar de delirio. La saqué un poco. Metí sus pezones en mi boca, estaban frescos y revigorizantes, como dos arándanos que se disolvían lentamente en mis papiras gustativas igual que cartoncitos de lsd. Esa droga, pensé, droga poderosa es el cuerpo de una mujer. Tomó mi verga dura y la metió dentro de sí, sentí su fuego, era un ave fénix que me remendaba por dentro. Me sentí joven y poderoso. En su piel crecían plantas y flores; sus gemidos eran geranios, sus caricias eran rosas injertadas en mi tronco. Yo la enredé en mis brazos y crecimos juntos hasta lamer las estrellas.
La llevé a la orilla del lago, la tendí en el césped y me acosté encima para besarle los labios delgados; su beso me recordaba al vuelo de un colibrí, lívido, apenas etéreo, el flujo de su saliva emborrachaba sin marear. Abrí sus piernas y santificando a antiguos dioses aztecas, la penetré con una violencia inhóspita; ella entendió el mensaje y me envolvió con sus piernas, pero cuando estaba a punto de correrme me contuve. Es de mala educación, para un caballero, eyacular antes que su dama. Descansé un poco y la besé de nuevo. Fui bajando, haciendo montes de besos y lamidas por todo su cuerpo. Llegué a su sexo, sus labios vaginales se abrían como una selva con olor a roble y caoba. Sólo podía pensar en la naturaleza, en que le hacía el amor a toda la naturaleza a través de esa mujer. ¿Era Gaia? Sí, puede ser. Me puse a lamerle la entrepiernas, a chuparle el clítoris y sus gemidos de nuevo se hicieron poderosos, eran ráfagas vitalistas mientras sentía su humedad bautizando mi barbilla. Sus muslos me presionaban las orejas como una anaconda, mi lengua se movía con mayor rapidez y luego metí un dedo y dos, quise meter tres dedos pero su vagina era demasiado estrecha y mis dedos demasiado gruesos. En esa vorágine de entronques y dulces puñaladas, se corrió desmesuradamente. Su sabor era bueno y el olor me encantó. No me pude contener demasiado y volví a montarla. En medio de sus piernas me sentía, a un tiempo, como un Dios y como un simio; un animal contemplando por primera vez la divinidad, o una divinidad encarnando (no sé si por primera vez) un animal. Había un flujo y reflujo de nervios en mi cuerpo, era libre, sano, poderoso. Podría caminar mil kilómetros más a través del infierno si la recompensa fuera nuevamente aquella hembra morena. Otro pensamiento cruzó por mi mente, si el eterno retorno existía, yo le estaría haciendo el amor a aquella mujer eternamente en un ciclo interminable. Eso me hizo sentir afortunado y más excitado que nunca, a mí espíritu le salían alas con aquel delicioso cuerpo entre mis brazos. Un torrente de semen inundó su interior. Sentí morir. Podría morir, sí, podría morir.
La chica hizo un ademán asustada, al parecer alguien venía a buscarla. No quise averiguar de quién se trataba, me puse los pantalones y me fui corriendo entre la maleza. Después de un rato, me descubrí perdido de nuevo, no sabía en dónde estaba, pero esta vez sólo tuve que caminar unos cinco kilómetros para encontrarme con mi novia. Creo que ni se dio cuenta de que estuve ausente, me preguntó que si estaba disfrutando a la madre naturaleza y le dije, con una sonrisa malévola, que sí, que mucho.

25/12/2014

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s