E. M. Cioran. El escepticismo visceral

1-emil-cioran

Lo primero que quiero manifestar en este apartado es mi intención de mostrar el escepticismo cioraniano como una alternativa viable de ética posmoderna en los albores del siglo XXI. Es, sin embargo, una ética sui generis porque se arraiga a la par en el escepticismo y en el ocio o, para utilizar un término más preciso, La Indiferencia.

El escepticismo de Cioran es fisiológico[1] lo que quiere decir que no es una doctrina. No le interesa adoctrinar a nadie. El escepticismo no se puede enseñar, a lo más que puede aspirar es a contagiarse. Ir contra la fe es ir contra lo más fundamental de la existencia humana. Antes que la necesidad vital, la fe ha hecho florecer todos los absolutos que menoscaban la lucidez del ser humano. Todo en Cioran o la mayoría de sus pensamientos remite, en último término, a la fisiología. Si reflexiona acerca del Eterno Retorno es sólo porque sabe que sus dolencias regresan una y otra vez y, de ello, arroja una reflexión filosófica. Podríamos decir, parafraseando a la doxa, dime de qué dolencia padeces y te diré qué filosofía haces; la única filosofía viable —para el rumano— es la duda.

Muchas veces nos apostamos la vida por una idea, o más concretamente, por una u otra doctrina la cual, inoculada en nuestro cuerpo, toma la forma de absoluto. Y la duda en estas ocasiones adquiere, por derecho propio, las dimensiones de una postura ética porque «…en cuanto nos rehusamos a admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre…» (BP: 20) y de lo que se trata es de evitar, precisamente, que corra la sangre… En este caso y en otros, el escepticismo respecto a nuestras creencias nos puede curar del mal de ser nosotros mismos.

Como a menudo pasa con la obra de Cioran, la postura escéptica que adquiere está marcada por una especie de ejemplo: tal vez el pensador rumano no haya dejado tan atrás las corrientes filosóficas cuyo punto culminante era entregar la vida al pensamiento, como fue en el caso de los cínicos, los estoicos y los propios escépticos. Por eso el rumano escribe para sí mismo o para los demás[2] y esa cólera, pensamos, no sirve para construir nuevas cosas, pero sí sirve, como efecto colateral, para destruir las viejas taras de los hombres de fe ciega que en nombre de sus necesidades influyen de manera intoxicante para la podredumbre de la humanidad.

El escepticismo nos ayuda a vislumbrar con mayor claridad el carácter intercambiable de las ideas. Mientras no aceptemos la imbecilidad de aquel que toma partido, la humanidad seguirá sufriendo. Estamos hablando aquí de un carácter reaccionario y no revolucionario. Mientras que los revolucionarios buscan oponerse a la dictadura en turno, Cioran se opondría igualmente a lo que podemos llamar la tiranía de las minorías. Es decir, el carácter reaccionario busca de rival igualmente al capitalista y al comunista, al creyente y al ateo; todo aquel que se revista con una ideología está condenado a la ridiculez ante los ojos del escéptico. Los ejemplos son bastos, hemos visto a «buenos» y «malos» derramar la misma cantidad de sangre en una guerra. Este tipo de estupidez es muy evidente en países como Estados Unidos que con su discurso de paz siempre hacen la guerra, por decirlo así, imponen la paz a garrotazos. Resulta evidente que todo absoluto, así sea el de la paz, siempre traerá la perdición a la humanidad.

Muchas veces basta un simple «¿Por qué?» para derribar un sistema o, hacerlo tambalear; los que tienen la manía de preguntar por qué son los más peligroso para el Estado o la religión. No hablamos del por qué ingenuo y baladí de los niños, sino de un por qué mayéutico que permeé las fragilidades de todos los sistemas que nos gobiernan. Roídos por la pregunta, es decir, por la reflexión, están congénitamente en la consternación; el escéptico verdadero lo es de nacimiento y ha nacido para hacer tambalear el mundo, porque para hacer tambalear a los grandes poderes no se ocupa más que una sola cosa: La Indiferencia.

A Cioran no le interesa la duda metódica, o ese escepticismo que se convierte a la larga en una simple y banal doctrina filosófica. La duda se debe injertar en los huesos, morder la carne, fluir por la sangre; en una palabra la duda debe fluir por todo nuestro cuerpo. Debemos de dudar de nosotros mismos, de nuestra magnanimidad; debemos dudar de ser la especie superior del universo, tal vez como dijo Cioran, sólo seamos gusanos arrogantes. Ante estos postulados o ante estas dudas se abren las probabilidades de reflexión acerca de muchísimos otros temas como, por ejemplo, la bioética o el derecho de los animales. Para que el escepticismo no sea letra muerta, pues, tiene que abrir todo un marco de reflexiones críticas; a esto le llamamos reflexionar desde la sangre; es la tarea filosófica más apremiante, más urgente: enseñarnos a pensar desde la carne y no desde abstracciones estúpidas que no sirven para nada.

Cioran es congénitamente escéptico, pero se entrega a la duda con voluptuosidad; lo seduce la idea de hacer tambalear todas las certidumbres de la humanidad. Dice que se nace escéptico, imposible darle valor a un escepticismo metódico. El escepticismo para Cioran es innato, es la explosión espontánea de todas las incertidumbres, es poner en tela de juicio toda evidencia: para el rumano eso es lo único que importa. A pesar de todo seguimos actuando pero, con  lucidez, con el conocimiento de que nada es sólido, que todo es infundado. Es por eso que el escepticismo es tan impopular… Nadie quiere para sí la lucidez y el vértigo que la acompaña. Para vivir se necesita de estupidez y de un piso firme, el escéptico es, pues, alguien que le da la espalda a la convención humana, un desengañado al que nadie soporta, un pedante que ha logrado ver lo esencial, un héroe que respira contra la evidencia.

En Cioran constantemente vamos a ver que todos los temas están conectados; pese a lo contradictorio de su filosofía todos los temas están entrelazados; si defiende al hastío, es porque es un campo abierto al escepticismo. Si defiende al ocio es porque el ocio es escepticismo del cuerpo. Si defiende a la lucidez, es porque la lucidez es el resultado del escepticismo fisiológico. Si defiende el sentimiento suicida, es porque el suicidio pone en tela de juicio a todo el universo. Si defiende la soledad, es porque en la soledad podemos rumiar nuestras dudas. Si defiende figuras mitológicas como satanás, es porque satanás puso en duda el poder absoluto de Dios. Si defiende la desfascinación, es porque la desfascinación es el resultado de la duda que se niega a sí misma. Si defiende la nada, es porque el escepticismo es el camino para llegar a esa vacuidad extática.

Toda filosofía, piensa Cioran, deben hacerte un suplicio interior. Aquí habría que distinguir, de nuevo, la filosofía académica indiferente al Indiferente escéptico que Cioran define. La filosofía académica piensa indiferentemente en el sentido de que, sin importar tiempo y lugar, se debe llegar a los mismos resultados, plantea una verdad absoluta y todos tiene que llegar a esa misma verdad independientemente del contexto sociocultural o político de quien lo estudié, es una filosofía coherente, lógica, sin contradicciones y, por lo mismo —opina Cioran— mentirosa. Sólo podemos encontrar verdad en el fragmento, en la contradicción que supone pensar desde las vísceras… Cioran nos incita, y tal vez esta sea su mayor fuerza, a que cada quien abordemos la filosofía, la literatura y, en una palabra, la vida, desde nuestro cuerpo, desde nuestro contexto, desde nuestras capacidades mentales, desde nuestras limitaciones y errores, desde nuestra belleza o fealdad, pensar pues, filosofar, desde todo lo que somos y desde todo lo que no somos; filosofar desde nuestra resta de todos y desde nuestra suma de nadas.

Como ya lo mencioné anteriormente, el cuerpo debe ser nuestro campo de experimentación. Se trata, más que nada, de reflexionar desde nuestras vísceras. Pensar desde la sangre. Me parece que ese es la enseñanza más importante que nos deja Cioran a través de su filosofía. Pensar el cuerpo desde el cuerpo mismo. Pensar la sangre desde la sangre misma. Pensar las entrañas desde las entrañas mismas. Y reconocer no sólo nuestras potencias, sino también nuestras limitaciones. Que cuando en el pronaos del templo de Apolo en Delfos se leía “conócete a ti mismo”, no quería decir que ese conocimiento fuera positivo. Para eso ya tenemos a las lectoras de mano para las que, independientemente de quien seas, te espera un reinado de grandeza y riqueza. Reconozcamos lo contrario, nuestras reticencias, nuestras taras: así daremos un paso adelante en el camino de la sabiduría.

Ante, por ejemplo, un Nietzsche que se sentiría bien siendo hombre tanto que quería potencializar su voluntad; Cioran no se sentía cómodo con ser hombre; en el devenir de ente sufriente es mejor ser piedra o planta. Ante la monstruosidad que supone la destrucción humana, es más ético imitar la inanidad de lo inorgánico. Hay que vivir íntegramente el fenómeno de ser hombre para comprender la desfascinación que supone. Ante aquellos verracos que han sentido la exaltación nietzscheana como un himno de guerra, Cioran les dirían que apenas están tratando de llegar a ser hombres, no han experimentado dicho fenómeno en toda su complejidad, por eso se dejan seducir por la más vulgar de las ilusiones: la ilusión de creer que el hombre es la especie superior sobre la tierra.

Es el pensamiento en la muerte lo que impide tener una profesión; si se es especialista de la nada, o el vacío, poco importa el grado académico y los honorarios, sin embargo hay que sobrevivir; sería egoísta abandonar este mundo que tantas desgracias nos ha traído.

A pesar, pues, de que Cioran habla de la Nada, no le gusta ser llamado nihilista: ese es un término occidental, el nihilista es alguien —dice— que lo derriba todo con segundas intenciones. Ponemos pensar en un Nietzsche que lo derriba todo para proponer al Superhombre, pero a Cioran no le interesa proponer nada porque no hay nada y si, sin embargo, sigue hablando de nada, o vacío, lo hace en un sentido oriental.

Otra característica primordial del escepticismo de Cioran se fundamenta en el insomnio, es decir, que si Cioran progresivamente cayo en el tiempo, en un más alto grado de incertidumbre fue gracias a que no podía dormir. El insomnio atormento toda la vida al filósofo; muchas veces reflexionó acerca de este tema capital y por supuesto que fue de gran influencia para el desarrollo de su pensamiento; al no generarse la discontinuidad propia de la vida, las obsesiones (como la muerte, el sufrimiento, el hastió) son un martirio permanente.

Cioran el insomne dice que nada le parece imposible en la noche. Más que nada, la noche es un estado anímico y un estado espiritual: el Todo Abierto, la eternidad donde, de nuevo, nociones terrenales como historia y progreso pierden su importancia. El mar no es menos mar por dos gotas de agua menos. En ese reflujo de olas está Cioran. El presente se justifica por su infinita aperturidad[3].  Es privilegio de los insomnes habitar lo indeterminado.

El día es la espuma de lo inmediato, donde uno tiene que alcanzar el nirvana siendo occidental ya sea por tradición o invasión, en medio de la escuela o el trabajo, seguir siendo funcional pero con el secreto, en complicidad con el universo y con nosotros mismos, de que somos nada y estamos en el sinsentido; es lo que Cioran llama ser heroico no en el término vulgar estadounidense, sino que el héroe es el que actúa contra lo que sabe. No es el paciente de Jung que oye sonidos en el sótano y encara el ático. Nuestro héroe sería aquel que sabe que en el sótano va a morir y aun así baja y peor aún, sabe que lo que hace no sirve para nada, pero aun así lo hace. Así se alcanza lo que el escritor llama “el nirvana estético del mundo”: ser un iluminado en medio de la oficina, o  un «buda de boulevard» (OP: 156)

El insomnio también toma un papel instructivo en la vida de Cioran, pues es en las horas en vela que el mundo se despedaza para mostrarnos su esencia verdadera: la nada. Es didáctica la velada en la que rumean las obsesiones de un pensamiento que nunca se apaga. También es, colateralmente, un impedimento para el trabajo o el estudio. Todo se tambalea. El escepticismo es la única postura que permite respirar. Un insomne que trabaja devendría asesino[4] así sea a sí mismo[5].

El papel del escepticismo es agotar nuestras ilusiones y agotarnos a nosotros mismos como ilusión: detonar los grandes artificios del sistema absolutista, pero también derrotarnos, ilusión absolutista suprema, a nosotros mismos. Tal vez sólo entonces nuestro rostro adquiera los colores vivos de la honestidad.

El hastío es ese tiempo sin tiempo, esa caída que nada funda y que, más bien, desmantela el esqueleto de lo real. El hastío es la orgía del asesinato. El tiempo contra el ocio, anulándose mutuamente. Es una experiencia positiva por esa meticulosa disección de lo real; la cultura es un cadáver que muestra su enfermedad letal, sus múltiples tumores. Has de roer tu propio ser; actuar y detestar tu acción; teorizar, decir que lo esencial es la Nada y aun así hacer fila en las tortillas. Exprime tu carne en discursos alucinados; aunque tu propia alma te desprecie, le hace falta tu carne para actuar o no actuar. El no actuar que es actuar, que es auténtica revolución, no porque seas responsable de lo que no haces[6], sino porque has dejado atrás toda responsabilidad y sólo fluyes, como una noria, en el vacío. ¿Cuál sino es el aprendizaje del Hastío?

Este hastío del que hablamos nos da la pauta para evocar el escepticismo de Cioran. Si se desprende el tiempo, y el tiempo es el que le da el sustento a lo real, entonces el hastío es la antesala epistemológica de la duda. Y hasta aquí más o menos hemos manifestado que se puede seguir viviendo, seguir nuestra rutina cotidiana, actuar en el holograma del sinsentido, pero con la mente despierta, con esa luz mental que el escepticismo nos da. A pesar de la defensa del ocio podemos seguir actuando como desengañados en medio del engaño, como puntos luminosos en medio de la oscuridad, como un despierto en medio de los dormidos. El escepticismo también es un secreto íntimo. No proponemos, empero, que el escepticismo sea un absoluto o un camino para todos, sólo decimos «dudar es la única posibilidad de no equivocarse completamente»[7].

Para Cioran el subjetivismo es primordial, filosofa para curarse a sí mismo, se escribe a sí mismo. Escribe como si no existiera nadie fuera de él. Para el autor todo principio individual nos permite un principio cosmogónico; es decir, si escribe sobre su vida es porque esa es su manera de escribir sobre el universo. Si maldice su nacimiento, es porque maldice el momento preciso en el que el tiempo comenzó a andar. Nunca hemos de entender el escepticismo, ni ningún tema del rumano, como fuera de sí. Rectifica una y otra vez la individualidad ya que sólo ésta es el camino a lo universal.

Si sufres, el sufrimiento rompe la esfera de tu ego y te acerca a los demás. Lo que nos hermana es la consciencia del sufrimiento. Dice Cioran que su misión es sufrir por aquellos que sufren sin saberlo, lo que quiere decir es que muchos viven enajenados por los simulacros de sentido, esos mismos que los medios de comunicación han difundido para que nadie piense en los más esencial de sí mismo.

Aquí el «conócete a ti mismo» no desemboca en algo meramente positivo, pero sí revelador: somos un azar en el cosmos y no sólo eso, somos una contingencia sufriente. Se vive tranquilamente siempre y cuando no se examine la vida. ¿Acaso no nos conmueven a veces los idiotas que piensan que sacar un diez, tener un mejor trabajo, conseguir amor y amigos, que su partido político gane las elecciones, son los caminos a la felicidad? No nos podemos desembarazar del aciago demiurgo que lentamente destroza nuestros huesos e ilusiones. A veces nos conmueven y sufrimos su dolor, el inmenso dolor que es suyo y que no sienten por tantas ilusiones con las que se han cobijado. Pero cuando, aunque sea por breves instantes, las ilusiones se caen, entonces esos idiotas pueden contemplar lo esencial: el desierto de la vida. Tambalean sus certezas.

Cuando el dolor forma parte integral del desarrollo humano, una posible curación se vislumbra como una bofetada ¿Por qué arrancarnos aquello que ha clavado sus garras en nosotros hasta convertirse en parte de nuestra esencia? Si Cioran estuvo marcado por un miedo, tal vez fue el miedo al cambio. Aunque su discurso tiene modificaciones importantes desde las Cimas hasta Ese maldito yo, en esencia es el aullido de un ser sufriente que aunque se le ofreciera cura no la aceptaría porque no sabe vivir de otra manera, sin embargo, si de algo podemos estar seguros es que se diferencia con otros filósofos por no imponer su pensamiento como el único válido. ¿Cuál es la diferencia entre el camino del sufrimiento y el de la voluptuosidad? Ninguna, porque en el fondo todo camino nos lleva a la nada, al desierto de lo real que bien podría ser un laberinto borgiano (ver nota al pie 46).

“La mezquindad de las normas racionales no es en ningún lugar más evidente que en la condena del vicio, esa expresión de la tragedia carnal causada por la presencia del espíritu en la carne. Pues el vicio implica siempre una huida de la carne fuera de su fatalidad, una tentativa de romper las barreras que contienen los impulsos pasionales. Un tedio orgánico conduce entonces los nervios y la carne a una desesperación de la que sólo pueden escapar ensayando todas las formas de la voluptuosidad. En el vicio, la atracción por las formas diferentes de las normales produce una inquietud turbadora: el espíritu parece entonces transformarse en sangre, para moverse como una fuerza inmanente a la carne. La exploración de lo posible no puede realizarse, en efecto, sin la ayuda del espíritu ni la intervención de la conciencia. El vicio es una forma de triunfo de lo individual; y ¿cómo la carne podría representar lo individual sin un apoyo exterior? Esta mezcla de carne y de espíritu, de conciencia y de sangre, crea una efervescencia extraordinariamente fecunda para el individuo víctima de los encantos del vicio. Nada repugna más que el vicio aprendido, forzoso y fingido; de ahí que el elogio del vicio sea totalmente injustificado: como máximo podemos constatar su fecundidad para aquellos que saben transfigurarlo, hacer desviarse a esa desviación. Cuando se lo practica de manera brutal y vulgar, no se explota más que su escandalosa materialidad, desdeñando el estremecimiento inmaterial en el que reside su calidad. Para alcanzar ciertas alturas, la vida íntima no puede prescindir de las inquietudes del vicio. Y ningún vicioso debe ser condenado cuando, en lugar de considerar el vicio como un pretexto, lo transforma en finalidad”. (ECD: 199-200)

Ese es el aprendizaje del escepticismo. Cioran, pues, nos presenta su versión, su camino que además defendió con su vida, pero en ningún momento trata de erigirse gurú o líder de masas, tal vez sólo por ese pequeño hecho tenga más valía filosófica que muchísimos otros pensadores.

El posible lector sólo siente empatía con estas ideas si las ha experimentado en carne propia; un escéptico no tiene nada que enseñar, sólo da un testimonio desengañado y/o lucido de la existencia humana. Cioran se define a sí mismo como un idolatra de la duda, hace de la duda su religión, una religión sin credo, una religión sin dios, una religión sin doctrina, una religión sin religión. Si duda es por buscar su bienestar, es porque sólo en el limbo de la duda encuentra paz. El escéptico encuentra placer en la devastación, se nutre de la fractura, se enraíza en las ruinas, convierte su ansiedad en la elegancia del intelecto.

La imagen que tenemos del escéptico cioraniano es de alguien que le reza al vacío… de ese rezo se desprende el último grado de la conciencia, se contempla el universo en su desértico ser. Quien tenga una opinión segura sobre algo está ontológicamente desproporcionado; el espíritu despierto siempre está, al mismo tiempo, a favor y en contra de la existencia. Es el espíritu escéptico el que está despojado de afán de remediar; la duda nos sirve para hacer un diagnóstico acerca de la cultura o el contexto sociocultural, se develan las enfermedades que azotan al ser humano pero no propone ninguna curación porque ninguna curación es válida. En este sentido si la historia le repudia a nuestro escritor, es porque la idea de historia se sustenta sobre la idea de progreso, pero si en algo progresa el ser–lúcido es solamente en los niveles de desconfianza

El posible sentido que se le ha dado a la historia es otra ilusión, es un simulacro de sentido o, si se quiere, un fantasma de sentido. Esos mismos, los que creen en el sentido, en la finalidad de la historia, son los que han hecho correr la sangre. Los otros, piltrafas ineficaces, nos limitamos a mantenernos al margen y reír. ¿Cuál de los dos bandos tiene la razón en una guerra? Ninguno de los dos: es la respuesta, tiene más razón el que se rasca la panza todo el día sin hacer nada sobresaliente en toda su vida.

A Cioran se le ha criticado como escéptico, que sea la negación su última palabra. Una negación es la afirmación de otra cosa, se pueda decir, y así Cioran pierde credibilidad como profesional de la duda. Sin embargo esto obedece sólo a una lectura incompleta del pensamiento del rumano. En Desgarradura[8] dice que la última palabra tal vez no esté en la Negación. ¿Qué significa esto? Simple y llanamente que en Cioran el vitalismo se identifica con la duda. Estar vivo es tambalear. Estar vivo es tantear el terreno, vacilar, llenar de signos de interrogación el universo.

Su actitud respecto a la fe, es la de un teólogo ateo, es decir, el que vive experiencias más acá o más allá de la fe, porque a pesar de tener una tendencia mística Cioran asume la duda orgánica que sería ser presa incurable de la incertidumbre. Eso no le impide —presume— vivir y escribir como si hubiera comprendido todo. La pasión de Cioran por la mística no es otra que su pasión por las posturas extremas de la vida. Lo que él detesta es la mediocridad; si admira a un Nerón es por su extremo despilfarro, si admira a Santa Teresa de Ávila es por su extrema castidad. De su inclinación a la mística saca, por ejemplo, el amor al silencio. El silencio que es signo indiscutible, también, el profesional de la duda.

¿Cuándo llega la consciencia de la muerte, esa seguridad de que algún día morirás, ese veneno que se pega a los huesos? El momento siempre será inoportuno y casi siempre abandonarás lo que estés haciendo, comprendiendo lo inútil de tu esfuerzo, lo inútil de las palabras mismas. Las palabras pierden su fuerza y se presentan como un convencionalismo ridículo; los manotazos de una anciana puede que nos digan más que cualquier jerga filosófica. Ante la revelación, por demás inocente, de la muerte, todo juego lingüístico pierde importancia, sólo el silencio importa. El silencio que son, también, los puntos suspensivos. Si los puntos suspensivos significan tanto para Cioran, es porque ellos suponen la epojé[9]; a la Nada le añade puntos suspensivos precisamente como se añade el escepticismo sobre el vacío primigenio.

A través del “martirio permanente” de la lucidez descubrimos que la vida es un error; cuando somos jóvenes —dice Cioran— es una mezcla de temor y magia dicho descubrimiento, pero con el tiempo se secan las sorpresas. Ser o no ser se equivalen, y en esa vorágine de incertidumbre sólo se podría decir «el ansia de consumirse dispensa del ansia de creer» (EMY: 173). Sin embargo ese pequeño triunfo espiritual no mengua la rabia por haber perdido la inconsciencia y, así, el paraíso.
Comimos del árbol del conocimiento, ahora estamos desengañados y no hay vuelta atrás; podemos actuar como los demás imbéciles pero siempre existirá una verdad que corre por nuestra sangre, a saber, que las verdades producidas son hologramas insulsos que nos vende el sistema y que nosotros consumimos autómatas y perdidos.

Yo creo que el elogio a la ociosidad no lo había cantado nadie con tanta fuerza, como lo hace Cioran, en ese sentido nos recuerda a un griego que, sin embargo, es rumano y vive en París. Es natural que la consecuencia lógica de darse cuenta acerca de la nulidad de los engranes del sistema, sea que uno no quiera participar en él, o participar como un desengañado: ambas posturas son válidas. El escéptico no sólo opta por la inanidad, aunque es la postura más sabia, hoy en día hay escépticos que siguen con sus labores diarias porque tienen responsabilidades económicas, eso no quita, pues, que sean cómplices secretos del desengaño, que actúen desfascinados, comprendiendo los frágiles hilos de su sistema de trabajo.

¿Qué sucede cuando la vida se libera de sí misma a través de una implosión o explosión? La explicación que da es que se tratan de energías latentes que hacen que la vida pierda sus flujos normales no para negarse a sí misma, sino para hacer arder el centro del corazón con un fuego diferente: estamos ante el renacimiento que a cada momento somos. Todo estado extremo es una lucha de la vida consigo misma; todo estado extremo es poético debido a la colisión entre dos fuerzas vitales, creativa y destructiva, dos fuerzas que viven dentro de nosotros. En estos momentos somos iluminados y vemos el hundimiento frente a nosotros. La transfiguración del ser resulta en una visión del final. A eso nos lleva el escepticismo. Es entonces cuando toda noción de verdad pierde su peso. La verdad es un prejuicio, pero un prejuicio entretenido. Por eso la seguimos buscando, como buscamos a una prostituta vieja ya no para follar, sino para que nos cuente las aventuras cuarteadas en su senil memoria. El escéptico es un malabarista de verdades, pero no se adhiere a ninguna, sólo muestra la ilusión geométrica que desprenden y que no es más que eso: una ilusión.

Dice Cioran que no se quiere dedicar a la filosofía porque le parece irrisorio denunciar los modelos filosóficos o realizar un ideal moral y estético, sin embargo… ¡es lo que hace! La filosofía de Cioran cómodamente nos sirve para derrocar a los grandes sistemas y a través de su vida, con su ejemplo, nos enseñó a no dañar a nadie y a hacer de nuestra vida una obra de arte. Cuando escribe en contra de la moral se refiere a que nadie nos ha aclarado del todo este punto. Estamos ante un relativismo que no nos libra de responsabilidades, sino que nos avienta a asumir una multiplicidad de puntos de vista como viables para la convivencia humana: tal es la ética del escepticismo que nos plantea Cioran.  ¿Por qué no hablamos de felicidad? ¿Por qué no seguir las recetas de superación personal para alcanzar la felicidad? Ninguna felicidad se puede fundar sobre un cementerio y sin embargo vamos por ahí pisando cráneos. El ser humano ha demostrado ser un fanático homicida, trata de fundamentar su felicidad sobre la sangre de su propia especie, y eso parece estúpido ante los ojos del espíritu despierto.

Cuando hablamos de ideología englobamos política, mercadotecnia, medios de comunicación, sociedad, familia y por supuesto, religión. Cioran, a pesar de ser hijo de un pastor, nunca fue apegado a ninguna religión. Creer en Dios significa, para el rumano, humillarse; pero el ateísmo es finalmente una humillación distinta. La duda no es una casa cómoda, pero es la única que puede habitar un espíritu lúcido. Siempre fue más fácil creerse Dios que creer en Dios. Cioran a veces se compara con los mártires pero su cruz, dice, es el escepticismo. Una cruz intrínseca a su nacimiento; fisiológicamente incapacitados para la creencia ¿cuántos infiernos nos esperan tras la puerta?  La incertidumbre, la indiferencia, son los sitios en donde Cioran se siente a gusto, sin embargo a lo largo de su vida hubo momentos, breves, en los que recuperó su fe: al besar una mujer, o al escuchar una canción. Es una fe desengañada, sin embargo. Aquí no hablaremos de amor o de música, pero sobre esos temas puede que no aplique lo hasta aquí expuesto.

No tiene el engreimiento de creerse necesario, si acaso tiene un engreimiento mayor: se sabe libre de ilusiones, no de todas, pero tiene la arrogancia de saberse un desengañado. «La vida no se tornará soportable más que en el seno de una humanidad a la que no le quede ya ninguna ilusión, una humanidad completamente desengañada y feliz de estarlo.» [10] ¿Cómo una humanidad estaría feliz de estar desengañada? Es el engaño lo único que conoce, creer lo contrario es como convencer a un niño de que entre en la oscuridad. Me remito a una anécdota psicoanalista que leí en La poética del espacio de Gaston Bachelard: dice que, cuando se escuchan ruidos en el sótano, el dueño muy valiente va a ver el desván[11]. No se necesita ser brillante para darse cuenta que en la anécdota el sótano es el inconsciente y el desván es el superyó. ¿Por qué le tenemos miedo a lo menos iluminado de la casa? En esta sociedad los proyectores de luz siempre están precisamente sobre lo que menos vale la pena, voltear a lo oscuro pocas veces es una opción y sin embargo ahí están los verdaderos tesoros que reclaman ser vistos. Aunque el mismo rumano dice que sacar a las personas de su sueño es un crimen porque no hay nada que proponerles… y la historia de la filosofía nos dice que cuando un filósofo dice que algo está mal es porque propone otra cosa, Cioran después de haber derribado los grandes sistemas lo único que enseña es que no hay nada más.

Cioran no erige la tristeza como único camino, sólo lo expone como su camino, y enlista las ventajas cognitivas de la decepción y la amargura. Así como un escritor optimista expone las ventajas de la alegría, el rumano expone las suyas, pero al contrario de los adeptos de las sentencias tiránicas, nuestro filósofo no nos dice “esta es la única senda a seguir” sino que nos dice “esta es mi senda”. Es una ventaja frente a filósofos que nos imponen la obligación de ser felices: tiranía ridícula en donde queda coercionada toda nuestra libertad. En el franco-rumano es diferente, su filosofía da tantas libertades que uno puede seguirlo e, incluso, ser feliz.

Aunque la sabiduría que se compra en puestos de periódico predique contra el Yo, la verdad es que una propiedad ontológica de ese tipo es lo que permite la reflexión. Ahora, el filósofo aquí estudiado no le gustaba tal vez su Yo, pero yo afirmo que fue precisamente esa herejía, precisamente ese abismo, el que le permite desprender una reflexión. El Yo, el maldito yo, como semilla indispensable para la reflexión filosófica. Una reflexión que no nos expulsa del campo cómico. Reír sí, incluso a carcajadas; el engaño de la vida de repente se desenmascara y vemos los ridículos que hemos hecho por enmascararla. ¿Por qué no reírse del engaño en que hemos estado o en el que están los otros? Cioran era un anciano risueño, aunque es inevitable pensar en la naturaleza exacta de sus risas, pues escribió que la risa es una máscara para la tristeza; un atletismo revelador puesto que la alegría, piensa él, es la vitalidad degradada.

Resumiendo: Uno de los conceptos claves para entender el pensamiento de Cioran es «simulacro de sentido», es decir, proyectarle un sentido a la vida. Sabe por experiencia interior que nada tiene sentido, pero el simulacro de sentido nos ayuda a seguir viviendo. La conciencia de la nada llevaba hasta el extremo nos aplastaría; la vida es la vacuna contra la lucidez y más aún la vitalidad como impulso ciego que nos lleva a actuar, pero si hemos contemplado lo esencial, actuamos sin creer en lo que hacemos o, en otras palabras, no nos jugamos nada por la acción. Donde nos jugamos todo el espíritu es en el éxtasis del vacío. Lo que le alegra es la caída de las ideas, sobre todo de aquellas que amenazan convertirse en fanatismo. Para el rumano hay una correlación entre la fisiología y lo profundo. Es su mala salud (artritis) lo que le impulsa a escribir algunas de sus reflexiones más lapidarias. Para él no se debería pensar independientemente del cuerpo, hay que reflexionar desde la carne, hay que filosofar desde la carne. Las horas de ocio nos hacen libres, incluso podemos descansar de ser nosotros mismos. La vida no tiene sentido, pero eso sólo se puede callar. La palabra es simulacro de sentido, pero poco importa que sea simulacro, en ésta vida, fantasmas y carne bailan al unísono. El tiempo es la escuela de la muerte. En el nihilismo hay orgullo pero no narcicismo, el que se sabe Nada no se refleja en ningún espejo: no se adhiere a ningún partido ni movimiento político[12]. Si todo es irreal ¿Qué caso tiene demostrarlo? Él vacío no hace profetas, si acaso hay simpatía entre iluminados pero nunca sectas.

[1] «Mi escepticismo es inseparable del vértigo, nunca he comprendido que se pueda dudar por método». (CUA: 17)

[2] «Tú sigue tu camino y, como un sol escéptico, ilumínalo con los rayos de tu cólera pensadora». (BV: 77)

[3] «no hay otra justificación de la existencia presente que su expansión hacia un porvenir infinitamente abierto» Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1949)

[4] Ver película: The.Machinist (2004). Dirigida por Brad Anderson.

[5] «Es imposible pasar noches en vela y ejercer un oficio: si en mi juventud mis padres no hubieran financiado mis insomnios, me habría seguramente liquidado». (EMY: 23)

[6] Esta idea es de Sartre, al que Cioran llamaba «el empresario de ideas». Ver E. M. Cioran, El caso Sartre, en Ejercicios Negativos, Taurus, pp. 15-19.

[7] HERRERA A, M. Liliana/ Abad T. Alfredo A. (comp.) CIORAN: Ensayos Críticos. Selec. y trad. de M. Liliana Herrera A. y Alfredo A. Abad T. 1ª. Ed. Pereira, Colombia: Universidad Tecnológica de Pereira. 2008. , p. 102.

[8] «Súbitamente, necesidad de demostrar agradecimiento, no sólo a los seres sino también a los objetos, a una piedra porque es piedra… Todo parece entonces animarse como si fuera para la eternidad. De golpe, inexistir parece inconcebible. Que esos escalofríos se produzcan, que puedan producirse, muestra que la última palabra tal vez no esté en la Negación.»

[9] Ver “Epojé y escepticismo” en http://es.wikipedia.org/wiki/Epoj%C3%A9 Consultado 14/05/2014. (Vía: Wikipedia)

[10] (IHN:71)

[11] Esta anécdota la leí en: Gaston Bachelard, La casa. Del sótano a la guardilla. El sentido de la choza, en La poética del espacio, México: FCE, 1975., pp. 33-70

[12] Si Cioran tiene un rechazo tan violento a todo movimiento político, es porque de joven se le asoció con el movimiento nazi, escribió un libro titulado La transfiguración de Rumania que mostraba simpatía por el movimiento de Hitler. «Me reprochan ciertas páginas de Schimbarea La fata  ¡Libro escrito hace treinta y cinco años! Tenía veintitrés años y estaba más loco que nadie. Ayer hojee ese libro me pareció  que lo había escrito en una vida anterior; en cualquier caso, mi yo actual no se reconoce en el autor.

Así se ve hasta qué punto es inextricable el problema de la responsabilidad. ¡La de cosas en las que pude creer en mi juventud!» (CUA: 180)

2 comentarios en “E. M. Cioran. El escepticismo visceral

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s