Nuestra historia la escribió el polvo

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Nuestra historia la escribió el polvo en el polvo. Somos, a lo mucho, una antología de naderías, el tercer ojo de algún iluminado ciego. Y sin embargo te recuerdo, como una herida secreta en el corazón, como un nudo en la garganta del pensamiento; fuiste verdadera, afilando tus huesos en los colmillos de la noche mientras, entre mis brazos, esperabas la embestida del toro furioso, del búfalo que resoplaba nuestras almas como deletreando la muerte. Y sin embargo, te aferrabas a mi brazo mientras afuera llovía… Yo repetía, en silencio, aquella oración: “puede que afuera llueva pero la tormenta siempre es interior”. Tú me mirabas, como se mira a un Dios o a un asesino, y en tu pupila podía reflejar mi infierno y en tu pupila, amada, podía vestir mi espíritu con mil inviernos. Y sin embargo, a veces digo tu nombre y se me rompen los labios, a veces te sueño y sangra mi cráneo… Eres como una espiga en donde sangran las estrellas, en donde se exprimen las ilusiones hasta que el mundo nos queda seco y vacío; eres una revelación, no lo dudo, pero una de esas revelaciones amargas, enfermizas, estúpidas. Lo inteligente es el juego, siempre el juego.
Yo, como un frenético hipnotizado por las palabras, escribía la delincuencia de la existencia en unos pequeños párrafos manchados de sangre menstrual y de llanto, de whisky y cocaína. Trabajaba, porque si a otras cosas, como ser presidente o contador, le llaman trabajo, la poesía es el trabajo por excelencia del espíritu y sabemos, pues, aunque muy a huevo, que si existe el mundo material es porque el espiritual lo sostiene y viceversa. Así pues que yo escribía, maniático del adjetivo, buscaba alguno que fuera como el suicidio de una sirena o como la masturbación de algún centauro. Un adjetivo que al declarar la guerra mundial al mismo tiempo, y en el mismo acto, declararía la paz mundial. Yo, pues, me arrojaba enfebrecido al abismo del diálogo interior en donde cualquier tú carecía de peso y hasta de importancia. ¿Cómo podrías tú, criatura de Dios, adivinar los demonios que saltaban por mis venas? Que si no escribo, asesino, que si no escribo no respiro, que si me quitas el lapicero verdaderamente me arrancas la vida. Y pasó, sin embargo, que me decomisaste la pluma y el talento. Y yo con tanta rabia que pensé, como el marqués de Sade, empezar a escribir en las paredes con mi mierda… pero escribir. Seguía en mi maquinal empeño, aunque sabía que no era bueno, porque aún no me habían salido poemas que fueran más sublimes que las canciones de Morphine. Algo estaba roto dentro de mí, pero no lo sabía, tuve que empezar a escribir y a escribir para darme cuenta de ello: algo estaba roto dentro de mí. Y tal vez, no sé, pero pienso, que cada escritor que se embarca en esas aguas de la literatura tarde o temprano se encuentra consigo mismo. No digamos joterías aquí, el conócete a ti mismo te hará una mejor persona es una vil porquería. A veces, cuando te conoces a ti mismo lo único que descubres es que nunca podrás dejar de ser la gran mierda que ya eres. Eso me deprimía, pero no dejaba de escribir. Ella sabía que estaba deprimido, ella me dejó.
Hubo un tiempo en el que alguien se aferraba a mi brazo y me decía teamos que sonaban como campanadas en Notre Dame, y no sólo porque ella se pareciera al jorobado, sino porque para mí eran como el llamado a una gloria que, pensaba, se había olvidado de mí a partir de la secundaria. Su belleza era como un círculo de fuego en el que a mí me gustaba quemarme vivo, volverme ceniza y luego, a través de sus besos, ave fénix. No puedo describir el inmenso amor que llegué a sentir y por lo mismo me cuesta describir la inmensa soledad que dejó. Es como una depresión post-parto, después de que parí ausencias y ausencias y soledades y soledades. ¿Por qué el destino nos castiga de esa manera? Nos hace ver lo extraordinario para después deportarnos de nuevo a lo ordinario, porque siempre somos polizontes en lo maravilloso. Siempre vamos de polizontes, así que es ridículo pensar que durará para siempre, pero, contra toda evidencia, nos rebelamos, auténticos rebeldes de lo efímero, pretendemos dar un golpe de Estado contra la tiranía del Tiempo en cada beso. Pero el Estado siempre gana, eso ya lo deberíamos de saber. Nos nublamos la inteligencia, y recordamos a Pessoa cuando dice que es ridículo hacer cartas de amor, pero más ridículo es nunca hacer una. Y allí estamos, como idiotas, quemando los bordes de la carta de amor que daremos, porque cuando estamos enamorados, de verdad enamorados, tenemos catorce años aunque tengamos cien.

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