Onanismo

gerda-wegener-les-d_lassements-deros-plate-2
Les Délassements d’Eros, Plate 2, de Gerda Wegener

No lo sabe la tormenta, ni el rayo ni el trueno, el espacio hace poesía con sus formas y el color hace surgir música de las entrañas. Tu cuerpo está desnudo y reposas, orquídea somnolienta, con una mano en tu entrepierna, con la boca entreabierta, ese arte que surge de la inercia de nuestros pensamientos. No lo confesará la luna, ni ese desfile de estrellas que se tatúa en tus pupilas, ni el brío de tus labios trémulos de frío y calor a un tiempo, en el ajedrez espiritual de la tarde, en el refugio arquitectónico de la noche. Tu belleza es un bumerán o un espejo en el que yo también me hago humano, endeble, sabio. Digo tus ojos desorbitados, como dos asteroides que arden rebeldes. Digo tu boca húmeda, como una abertura, como una herida apenas secreta, en donde se incineran los pájaros del cielo. No lo sabe el frío ni el viento, el tiempo hace cine con los minutos que caen como guillotinas sobre la eternidad. Tus pechos están erguidos, tu sexo está furioso y lo lanzas como una loba lesionada de deseo. Eres la hermosura que crece como un bonsái en el jardín de mi alma.
Hay algo de melancolía en ese acto solitario, pero también gemidos que son como terrones de azúcar que se deshacen lentamente en el paladar de las sirenas. Pasas tus manos con las palmas abiertas, con el universo abierto, sobre tu vientre. Lo recorres con las yemas de tus manos, haciendo de tu piel un campo minado de flores y paraísos. Tus manos, mármoles telúricos, que te saben libre y soberana de tu placer de hembra desobediente, amazona guerrera con las venas inyectadas de planetas y música. No lo sabe nadie más que yo. Eres una pintura en la galería de mis sueños, trazos de luz neón, caligrafías de antiguos jeroglíficos sagrados. Y de ahí en más, metes los dedos de la mano izquierda en tu boca mientras con la derecha arremetes contra tu sexo, abres despacio tus labios vaginales, hojas silvestres del árbol del conocimiento, acaricias tu botón, los pétalos concentrados, para hacer detonar todas las minas de tu carne. Tu onomatopeya esta vez parece el rugido de una leona cazadora. Yergues tu espalda baja y antes de alcanzar el paroxismo, te pones en cuatro sobre la cama y te comienzas a tallar en una almohada que preparaste para la ocasión. A través de esa magia, como en un camino sin destino, camina tu alma para encontrar la ambrosía de la noche noctívaga. Un anacronismo te dispensa de las estrategias de la fe; blasfemas en voz baja. Tu mente es un remolino de imágenes, un caleidoscopio de fragmentos eróticos. Dices que sabes morir, que estás aprendiendo a morir. La sangre cabalga como un caballo platónico que se instaura en los órganos más erógenos. Aprietas tus pezones que son dos monedas de oro, duros y valiosos, indispensables. Comienzas a transpirar, tu frente se perlea de pequeños apocalipsis. Una escultura de sudor y saliva eres en el manicomio de mi conciencia. Ahí está el ansiado éxtasis, el orgasmo, como un éxodo de espíritus borrachos. Juegan, cantan, te vienes. Una ola salada moja tus sábanas y sonríes satisfecha, mientras te haces pequeñita, abrazándote a ti misma, como una niña recién nacida en el líquido amniótico del goce. Una voz más allá del entendimiento humano te dice que eso es poesía y todavía, como en un acto de insurrección total, abres tus muslos y miras al cielo, arrogante, como mostrando tu entrepierna, caliente y húmeda, al Creador.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s