Alcohólicos Anónimos

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—Hola, soy Getzemaní González Castro y soy alcohólico

—¡Hola, Getzemaní!

—Vengo a hablarles del alcohol, lo que hace en el organismo. En realidad me hace bien; cada que tomo el pequeño y delicado cuello de la botella es como si tomara en mis manos a una chica pequeña y flexible; luego dejo que el elixir resbale por mi garganta… ¿Cómo explicar eso? Es como si Buda se hiciera luminoso dentro de mí; como si el amor infinito de Dios anidara en mi corazón y de mi corazón se disparara por mis venas, creando una explosión cataclísmica de redención. Bebo y el beber me hace preocuparme por los otros, crear vínculos de alteridad insondables, las relaciones se sellan con el conjuro sagrado del éter. Beber me hace poderoso e inteligente; es como si de repente pudiera explicarlo todo, como si de repente una lucidez subdérmica, una lucidez que rebasa a la lucidez ordinaria, se posara en mis manos y en mis palabras: cada oración es un disparo contra el sistema, cada poema es un cuchillazo a la moral. Déjenme hablarles del sistema, el sistema nos quiere sobrios y frustrados, trabajando para llenar nuestra podrida alma con una televisión gigante de miles de pesos, cuando en realidad sólo necesitamos una botella que cuesta casi nada para llenar nuestra alma de alegría y belleza y fuerza. No me engaño, sé que el alcohol tiene su contraparte triste, pero incluso la tristeza tiene cierta estética; no es una tristeza baladí e histérica, es una tristeza que comprende, una tristeza que te abre el tercer ojo de la conciencia y claro, muchos se tiran de vagabundos, ¿por qué? Porque han comprendido que en este mundo es tan válido hacer como no hacer nada. O los más sabios, han comprendido que en este mundo es mejor no hacer nada y que, de hecho, no hacer nada es la única manera de hacerle un bien al mundo, ¿me explico? El héroe de acción es el que echa a perder la película de la existencia. Bebamos hermanos. Yo bebo y es como si de repente comprendiera todas las religiones del mundo, como si de repente todos los dioses hicieran una orgía en mis tripas. También, bebiendo, he llegado al nirvana: se imaginan… Un lugar libre de dolor, un lugar libre de todo, el vacío, ¡esa belleza! El vacío. Hablo del alcohol y casi se me llenan los ojos de lágrimas de felicidad; es una pasión. Dionisio y Baco vuelcan la copa directamente en mi boca y es como si me bebiera a las estrellas y su luz; siento que basta ponerme de puntitas para mordisquear la oreja de la luna. No hay placer más grande que el placer de una buena bebida: whisky, coñac, mezcal, cerveza. Las posibilidades son cuasi infinitas, como en el ajedrez, estrategia y caos; sake para leer a Lao-tse, cerveza negra para leer a Hölderlin, mezcal para leer a Paz. O mezclar autores y licores; incluso mujeres. En la vorágine del alcohol, cualquier peón tiene posibilidades de comerse una reina. Las copas se alzan, las inhibiciones se caen.

—Disculpe, compañero, todos sabemos que es poeta, pero ¿no le parece que todo lo que dice es una simple ilusión?

—Lo es, pero sólo en el sentido que lo es, también, la existencia.

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