Tercera carta para la primera persona

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Los soldados cayeron. Los soldados del Infierno, en cambio, se levantaban de sus tumbas. Su sombra es un esqueleto de lagarto. En sus dientes se mecían las navajas, que servirían para rasurar la zona púbica de las prostitutas con las que se iban encontrando.
El bar favorito, el éxodo de los cañones del olvido, tenía luces que nacían del piso, levantando las cenizas, los huesos molidos, de las hadas vírgenes que enterraron las prostitutas del lugar.

El humo hacía ecos, eran espectros de los besos no dados. La muerte caía en las palmas de las manos; toda caricia era finitud. Ahí, si existió ese lugar, había que dejar la piel podrida a la entrada. El letrero de la entrada lo exigía. Se tenía que entrar sin piel podrida y con pistolas.

Había soldados del Infierno que jugaban a la ruleta rusa; dentro del vientre de ese bar, estaban los cráneos colgados en las paredes de todos los soldados del Infierno que habían muerto ahí. El líquido amniótico era de esa oscura niebla que emanaba de los ojos y boca de aquellos cráneos.

Yo fumaba desde el rincón más escondido. Bebía lo que debería de ser güisqui, pero se parecía más bien a agua alcoholizada. Contemplaba asombrado, cuando me dieron ganas de mear, pero no en la forma habitual, sino en un rictus erótico de lluvia dorada. Abrí la carta de las chicas, había de todo para escoger. Escogí a aquella que decía “Yo no soy pecadora porque no creo en el pecado”. Procedió el inevitable desprendimiento de ropas. No tardó. Tenía poca ropa, pero menos pecados e inhibiciones. ¿Por qué fumar?, me preguntó, Sabes que te hace daño, continuó. Ya sé que me hace daño, pero no la hago de pedo, repliqué.

Se metió en la tina con agua tibia. Mis sueños y patologías también se humedecían en esa agua.

Procedí en el ritual. Saqué mi pene y comencé a orinarla hasta que el líquido dejo de fluir.
Era navidad, un árbol de navidad lucía, como aretes, pequeñas esferas y algunos monos más bien patéticos con grandes pies. Daba asco, no la lluvia dorada, sino el ambiente que se cuajaba en las entrañas de aquel sitio. Saqué la navaja que guardaba en la boca, era pequeña, para rasurarse. Empecé a cortar a la puta, primero pequeños cortes, pero dejo de patalear cuando le corté la garganta con un golpe sólido.

Al momento que murió, se disolvió todo. Quizá fue una pesadilla o un hermoso sueño, todo depende de qué tan limpios estén tus ojos si es que todavía tienes.

Me quedé solo en el cuarto. Mi casera me trajo el periódico: dice que moriste a la mitad de un poema que estabas escribiendo. Así que envío esta carta a tu tumba.

La guerra sigue, aunque los soldados han caído. Sólo quedamos en pie los soldados del Infierno, ellos que no existen y yo, que ya no estoy seguro de nada.

24/08/2007

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