La mujer de Ricardo

Hay personas que te llaman amigo y tú no sabes por qué. Simplemente estás ahí parado y llegan y te abrazan y te llaman amigo. Esa escoria me molesta. No creo que alguien tenga el derecho a llamarse mi amigo si no me ha invitado antes, por lo menos, un six de cerveza o me ha presentado a alguna de sus hermanas. Ese tipo de escoria es Ricardo. Un día, así como así, comenzó a vociferar que yo era uno de sus mejores amigos. La verdad nunca me ha caído bien Ricardo; es un marica y no me molesta que tenga esas preferencias sexuales, lo que me molesta es que no lo acepte, tenga esposa e hijos y use el baño de hombres y finja interés en el futbol. Me molestan sus demasiadas confianzas. No soy homofóbico, sólo me molesta la hipocresía. Ricardo es un imbécil, la verdad es que eso es todo lo que tienen que saber de él; es alto y delgado, parece una mantis religiosa de piel lechosa. Nunca he ido a alguna de sus fiestas y, por lo que supe, casi nadie de la oficina va a sus fiestas o reunioncitas como las llama él.

Un día, por una mala combinación de alcohol, drogas y urgencia, fui a dar a una de sus fiestas. Yo estaba en medio de una cantina, yo era el tipo más joven del lugar. Era uno de esos lugares llenos de feligreses que ya tienen su credencial de la tercera edad; con tequila nunca adulterado y con boleros que siempre recuerdan tiempos mejores; siempre he preferido eso a uno de esos típicos antros de punchis punchis. Traía algo de cocaína y marihuana en mi sistema y platicaba sobre política, cuando en medio de esa densa neblina que es la mente de un alcohólico, me vino un recuerdo: carpeta amarilla + entrega inmediata = Estoy jodido. Después recordé que Ricardo era amigo del jefe de ventas, así que probablemente si él llevaba la carpeta, aunque fuera tarde, no me regañarían. Conduje hasta su casa (Sí, soy de los que maneja borracho y drogado y qué, el 70% de los accidentes son causados por personas sobrias). Toque a la puerta.

Me abrió la puerta Ricardo, se abalanzó para abrazarme y me dijo Bienvenido a la fiesta. Chingadamadre, pensé. La música parecía de elevador y había varias charolas sobre la mesa con múltiples botanas. Oye Ricardo, traigo unos papeles que debí entregar ayer, pero quizá tú me puedas hacer el paro de… Lo que sea para los amigos, contestó Ricardo, pero ni modo que no te quedes un rato al convivio, creo que a todos los demás se les hizo tarde. Está bien, ¿tienes chupe? No, en esta casa no solemos beber. Por suerte siempre traigo dos botellas de mezcal en la cajuela de mi coche, para urgencias. ¿Urgencias? Preguntó Ricardo. Sí, el mezcal es bueno untado y bueno tomado, es antiséptico y sirve para cicatrizar heridas del cuerpo y del alma ¿has escuchado el adagio? para todo mal, mezcal, para todo bien, también. De todos modos, la única manera en que me quede a tu fiesta es que tomes una copa conmigo.

Ella es mi esposa, dijo Ricardo. Su esposa tenía una cara francamente equina, de hocico largo y pintarrajeado, con las greñas onduladas y castañas que parecían cables de cobre oxidado. Un vestido entallado azul marino que delataba dos tetas de tarea y dos nalgas para llorar. Huaraches blancos de tacón que sí me gustaron. La mujer de Ricardo era, a todas luces y desde todos los ángulos, fea; lo decidí a primera vista, pero también decidí, tal vez por el trago tan largo que le había dado a mi botella de mezcal, que me la cogería. Mucho gusto, dije y alargué la mano. Los dedos de ella eran largos y huesudos, me gustaron. Nos sentamos los tres en la sala a conversar; pareciera increíble pero hasta con personas tan aburridas encuentro algún punto de confluencia ya sea por alguna película, libro o disco. La esposa de Ricardo era lectora, puros libros aburridos de tiendas encopetadas, pero el simple hecho de ser lectora le dio ante mis ojos varios puntos extras. Con Ricardo compartí algunos gustos cinematográficos; además a la tercera copa de mezcal Ricardo se convirtió en una loca loca y platicar con él, con su verdadero yo, no era tan tortuoso como platicar con el que pretendía ser. Su mujer llevaba apenas media copa de mezcal pero ya estaba chapeada.

Lo que me molestó de Ricardo es que a cada rato, durante toda la noche, estuvo observando el reloj y diciendo, Ya se le hizo tarde a los camaradas. Cuando todos sabíamos, yo, su mujer, él y hasta su perro, que nadie más llegaría. El perro sí me cayó bien, un Fresh Puddle. Un perro marica para un hombre marica. Algo encajaba bien, por fin, en la vida de Ricardo. Al quinto mezcal Ricardo ya era la reina del festival travestí; sus movimientos eran más amanerados e incluso cambió su manera de hablar. Fue entonces que comprendí por qué se prohibía el alcohol en aquella casa; con el alcohol encima las apariencias caen al suelo. Ricardo, por fin vencido, a la sexta copa, dijo que se retiraría a dormir y que me quedaba en mi casa y se fue caminando moviendo el culo, con la provocación y vulgaridad que sólo he visto en los travestís de la central vieja de Morelia.

Puse mi atención de nuevo en la mujer de Ricardo, ya estaba borracha. No logré contarle las copas pero me parece que fueron tres. ¿Y los hijos?, pregunté más para sacarla de su autismo que por interés genuino. Con mi madre, respondió, Ricardo pensó que esto sería una gran fiesta de personas mayores. Ya voto pero no me siento una persona mayor, contesté. Estas fiestas son una mierda, dijo ella, Ricardo siempre me hace preparar todo y nadie viene, no sé hasta cuándo va a aceptar que no tiene amigos. No seas tan dura con él, supongo que sólo trata de encajar. Su cara de caballo se deformó aún más, ni con todo el mezcal que había ingerido logré verla guapa, pero sí la veía atractiva. ¿Puedo fumar?, pregunté. Ella asentó con la cabeza. Prendí un Pall Mall rojo. Ella cruzó las piernas, me di cuenta de sus piernas largas. Es un marica, soltó de pronto. ¿Pelusita? Sí. No, no Pelusita, Pelusita es más macho que Ricardo; Ricardo es un marica, en más de una ocasión lo he sorprendido probándose mi ropa. El discreto encanto de la discreción cayó, también con el mezcal. ¿Y eso cómo te hace sentir? Pregunté en tono de psicoanalista y me dispuse a escribir en una libreta fantasma. Me siento frustrada sexualmente, socialmente y todo lo mente que se te ocurra. Tienes unas piernas muy bonitas, ¿Eh?, las piernas, están muy bonitas, ¿Te gustan?, sí, me gustan. Desde la universidad nadie me decía que estaba bonita. (No le quise aclarar que las que me parecían bonitas eran sus piernas y no su cara de caballo viejo.) Pero en la universidad me lo decían porque querían cogerme, ¿Y funcionaba?, Sonrío y se quedó un rato como ensoñando. Ya ni me acuerdo cómo es eso, ¿sabes?, ¿Coger?, Sí, ¿Por qué? Pues mira, nuestra hija menor tiene 12 años, así que supongo que tengo 12 años sin coger. ¡¿12 años?! ¿Pero qué carajos?, Te puede parecer una estupidez pero yo me casé enamorada, No me parece una estupidez, sólo una terrible ingenuidad, ¿no sabías las preferencias de Ricardo?, Creo que las sospechaba, pero yo lo amaba o eso creía y me aferré a eso, me aferré a mi amor más que a cualquier dictamen de la inteligencia, ¿tiene eso algún sentido?, Tiene todo el sentido, Gloria, todo el jodido sentido del mundo.

Tomo mi chaqueta. Es cierto que esta mujer me atrae, pero creo que tendré tiempo de intentar seducirla en otra ocasión. Me sirvo el último trago de mezcal. Bueno, ha sido un gusto conocerte pero es tiempo de que me vaya a dormir. No, espera, creo que tengo una botella de vino tinto por aquí. Corrió a la cocina trastabillando para encontrar el mentado vino tinto; yo la verdad no quería beber vino tinto, pero creo que la caballona no quería quedarse sola con su hombre marica y su perro marica todavía. ¿Me puedes ayudar? Está muy alto. Fui y ahí estaba, en verdad había una botella de vino tinto ya algo empolvada. La sujeté y la bajé y al darme la vuelta, Gloria, la mujer de Ricardo el marica, me besó en la boca y pasó sus delgados brazos por detrás de mi cabeza. Sentí su nariz de zanahoria picoteando mi nariz. Su lengua seca se introdujo torpemente en mi boca; era como el beso inexperto de una puberta, me dio tanta ternura que respondí levantándole el vestido y acariciando sus piernas. Mordí la orilla de sus labios, la sujete de las nalgas y la puse sobre la barra de la cocina integral. Desabotoné su vestido pero me fue imposible quitarlo. Bajé las mangas y nada, traté de desabrocharlo y nada. Tomé un cuchillo, hice una pequeña incisión y rasgué el resto. No sé si sería un vestido caro o barato, pero sé que lo dejé inservible. Sin probar antes alguna otra opción, también corté y desgarré el sostén y los calzones. Creo que su ropa interior, que era probablemente de alguna marca cara, sí le dolió, pero era mayor su excitación y no me reprochó nada. Ahí estaba, ella desnuda en su propia cocina. Yo estaba completamente vestido, traía hasta mi chamarra de piel y mi bufanda, porque estaba preparándome para irme cuando me tomó por asalto.

Lo primero que hice fue lamerle los pezones, muy despacio, con mi lengua haciendo diminutos espirales en las puntitas erguidas. Los pechos eran realmente pequeños, pero me pareció que tenían un buen sabor; los mordí un poco sin dejar de acariciar sus piernas que sí eran largas, largas y me gustaban mucho al tacto, tersas y depiladas, dulces y deliciosas. Acaricié su pubis, sus labios vaginales, su clítoris. Estaba húmeda, metí mis dedos y luego los llevé a mi boca para probar el sabor salado. La tome de los cabellos de alambres oxidados y le estampé otro beso en su largo hocico. Bajé mi pantalón hasta las rodillas, también mis bóxer y la penetré, sin pena ni gloria, mi pene entró sin dificultad; ella aúllo como si un toro le estuviera estrujando las entrañas; a mí me pareció que exageraba y aparte, aunque Ricardo era un tipo que detestaba, creo que me resultaría ligeramente incómodo explicarle qué hacía en la cocina de su casa cogiéndome al espagueti parado que era su mujer. Me pareció que lo más inteligente era sacarle el pene de la vagina y metérselo en la boca. La atraje de los cabellos, nos fuimos a la sala a donde estábamos antes emborrachándonos. La metí en su boca y ella la chupaba feliz, como una niña en una dulcería, aunque metiendo algo de diente; yo le daba un zape cada que me lastimaba con los dientes, diente-zape, diente-zape. Sólo así se educa a ciertas personas. Al final me hizo una mamada más o menos decente; rompí uno de sus cojines y use las tiras para amordazarla; la puse con la frente al piso y el culo empinado, la sodomicé y pude ver sus ojos desorbitados, le puse una de mis botas en la cara y me la cogía cada vez más salvaje; algo me distrajo, un como gemido, juraría que había alguien detrás de la puerta de la cocina masturbándose. Todo se quedó quieto. También los gruñidos de probablemente Ricardo dejaron de escucharse y continúe con mi bella y noble labor de atravesar con mi pequeña pero juguetona verga a una mujer casada con telarañas en el asterisco; mismas que poco a poco iba rompiendo en un marasmo de dolor y placer.

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