Usted mira en dos direcciones

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Fotografía de Helmut Newton

Usted mira a la calle en las dos direcciones. Los ojos se pierden como pequeñas luciérnagas en un punto de fuga. Piensa usted en sus hijos, en su esposo, en su familia. Está bien, está usted a punto de dar un paso importante. Sus pensamientos son un huracán inaprensible, una idea se refuta con la otra. Lo sé bien. Creo entenderla. Estoy justo detrás de usted, mirándole las piernas y el culo. Su falda es negra, de sastre, apretada y arriba de la rodilla. Yo también pienso en mi mujer y en mi hijo. Me hago miles de cuestionamientos acerca de la moral, la religión y la familia. Pienso mucho, pero a la vez, no puedo dejar de contemplarla e imaginarla. Después de un último momento de reflexión, toco el claxon. Usted voltea y me regala una tímida sonrisa. Esa sonrisa, apenas dibujada, atraviesa, últimamente, las barreras entre lo bueno y lo malo. Es su sonrisa la que está más allá de todo arrepentimiento.
Usted sube a mi auto. No le preguntó en qué piensa cuando miro al frente, con la mirada perdida en el paisaje. Creo saber lo que piensa. Una canción en la radio. Una canción de pop, nos regresa a la realidad, o a lo que creemos la realidad. Siempre que estamos juntos la vida es como un sueño. No sabía que te gustaba ese tipo de música, me dices. No me gusta, lo que pasa es que es el radio, te contesto. Ante su mirada incisiva, y para su sorpresa, canto un pedazo de la canción. Usted se ríe, esta vez con más ganas. Intento bailarla incluso y su sonrisa es cada vez más sincera y exenta de preocupaciones. La comprendo, le quisiera decir que la comprendo, que yo también tengo mis dudas, pero en lugar de eso toco su rodilla. En un semáforo. Subo mi mano por dentro de su falda, toco su sexo por encima de sus bragas. Usted cierra las piernas, pero más que para alejarme, para aprisionarme ahí. Usted también comienza a cantar. Canta y se ríe. Incluso se estira para darme un pequeño beso en la mejilla. Retiro mi mano de su entrepierna y la pongo en la palanca. Avanzamos por la ciudad.
Llegamos a un pueblito aledaño. Hay una pequeña cabaña, muy hermosa, en medio del bosque. Es una cabaña con todos los servicios, aquí es donde otros empresarios tienen sus aventuras. Yo no la conocía porque nunca había tenido una aventura; de hecho hace mucho tiempo que sabía de este pequeño espacio empresarial, sin embargo, nunca les había pedido la llave. Cuando les pedí la llave lo hice tímidamente, hasta me hicieron una pequeña broma, que si apoco el licenciado de tal se dignada a caer en el pecado. Dijeron muchas tonterías pero al final me prestaron la llave. Usted tampoco ha tenido nunca una aventura y creo vislumbrar sinceridad en sus palabras. Salió embarazada a los dieciséis años y desde entonces ha estado casada con su marido que, me cuenta, es buena persona. Mi mujer tampoco es mala y, de hecho, no hace mucho que me case con ella, la amo como loco, se lo confieso, pero lo que siento por usted es diferente. Siempre nos han enseñado desde niños a pensar que el amor es sinónimo de monogamia, es algo cultural. Usted me pregunta que si le perdonaría a mi esposa una infidelidad, y le contesto, sinceramente, que sí. Yo amo a mi esposa, así que no hay nada que quiera para mí que no quiera, a su vez, para ella. Usted me dice que hay pocos hombres como yo. Le digo que estoy de acuerdo. Nos reímos ambos.
Entramos a la casa. Hay un camino de piedras y usted trae tacones. La tomo de la mano para que no se caiga. Usted prefiere tomarme del brazo, y así caminamos. Tocamos el timbre. Traigo las llaves pero es posible que los jóvenes del servicio estén aún en casa. Sale una chica delgada y muy guapa a atendernos. Usted es el licenciado F, pregunta. Respondo sí. Lo estaba esperando. Le entrego la cabaña limpia, pase una excelente noche. Le doy una propina. Antes de irse, nos guiña el ojo a los dos. Al parecer todos los sirvientes saben perfectamente lo que pasa en esta cabaña. Pero nadie dice nada, cuando llega un nuevo empresario, reciben su propina, se callan y se van. Funciona de maravilla el sistema. Tanto que encontramos una botella de champán enfriándose y camarones al coco en el horno. Usted me dice con una sonrisa, ¿cómo planeó todo esto? Yo no tengo corazón para decirle que no sabía nada de esto. Encuentro una nota de bienvenida. Le digo, Ya ve, como soy de esplendido. Una diosa como usted se merece lo mejor. Y no miento al decirlo. Comemos y bebemos. Incluso encuentro un tocadiscos con un disco viejísimo, Money Jungle de 1962 a cargo de Duke Ellington, Charles Mingus y Max Roach. El sentido del humor de los millonarios no deja de sorprenderme. Pongo la pieza Solitude y bailo con usted muy despacio, tomándola de la cintura con fuerza y amor. Pongo mis labios en su cuello, huelo su cabello. Es usted hermosa, le digo, y soy sincero al decirlo. Para mí, en este momento, no hay mujer más hermosa que usted.
Hace calor aún de noche en este pequeño pueblo. Quisiera que fuera invierno para darle un toque romántico a la velada prendiendo la chimenea. Pero en lugar de ello, prendo la ventilación. Le digo que se coloque un antifaz con el que no puede ver nada. Usted duda. La beso en la boca larga y prolongadamente. Mi lengua se introduce hasta su garganta mientras suena Jeep’s blues. Mi beso despeja sus dudas y se coloca el antifaz. Tomo sus pies, beso tus zapatos. Chupo la punta de sus tacones. Quitó el zapato derecho y beso su pie, su pantorrilla, aún por encima de las medias. Levanto la falda. Me encanta ver sus piernas tan suaves y su sexo tan mojado. Desabrocho los ligueros. Quito su zapato izquierdo. Suavemente deslizo sus medias hasta quitarlas por completo. Son negras igual que su falda. Las doblo y las coloco con cuidado sobre la mesa del estante. Beso sus pies, me encantan, beso cada línea, cada contorno de exquisita textura. Sus dedos delgados y perfectos, los chupo y muerdo con los labios. Después de eso le vuelvo a poner los tacones.
Empiezo de nuevo a besar sus tobillos, sus rodillas, sus muslos, la parte interna de sus muslos y luego toda la pierna, rodeándola. Repito la misma operación con la pierna izquierda. Usted está sentada frente a mí en un sillón de piel, mientras yo hincado frente a usted, me las arreglo para subir dibujando un camino de libidinosa saliva a través de la parte interna de sus muslos. Llego a su sexo. Tiene la tanguita puesta. La jalo con los dientes como un perro juguetón. Usted gime, creo que de sólo pensar en lo que vendrá. Muerdo hasta que la despedazo. Le debo una tanga, digo, y sonrío. Usted ni siquiera me oye. Abre más las piernas y lanza su sexo hacia mí, ya húmedo y caliente. Comienzo recorriendo despacio con mi lengua sus contornos. Usted se pone ansiosa y me dice que lo chupe. Le digo que se calme. Está ansiosa y cada vez más húmeda. Yo sigo lamiendo con ternura, delicadeza y paciencia, cada contorno, cada pliegue; sus labios vaginales son como un pequeño capullo nocturno que abre su flor a la destreza de mi lengua. Aprisiono su clítoris con mis labios, luego serpenteo cálidamente, lúdicamente. Usted se estremece. Encaja sus uñas en las recargaderas del sillón y arquea su espalda. Yo recibo así, lamiendo con suavidad, su primer orgasmo. Una ola caliente de azúcar y sal que me estremece de deseo las tripas. Sigo lamiendo su humedad para no desperdiciar ni una gota.
Desabotono paulatinamente su blusa, botón por botón. Veo su sostén de encaje negro, me gusta. Desabrocho el sostén y lo quito, sin quitar su blusa, también negra, que ahora ha quedando abierta dejando ver, parcialmente, sus pechos suaves y pezones duros. Usted me gusta mucho así, con antifaz, la blusa entreabierta y tacones puestos. Muchas veces la imagine así en la oficina; usted caminaba de aquí para allá con un café en la mano, gritando a veces, furiosa porque los jóvenes a su disposición no hacían bien su trabajo. A mí me parece un trabajo absurdo. Hacer ricos a los ricos y pobres a los pobres, pero lo hago por los beneficios, entre ellos, éste, de estar aquí con usted, mirándola excitada y ansiosa. No lo soporto más y saco de mi pantalón mi verga. No es muy larga, pero está gruesa y durísima. Estoy de pie frente a usted con mi virilidad entre las manos. Dejo al descubierto el glande y me inclino un poco para rozar con mi glande sus pezones. Usted ya parece adivinar la textura y se muerde los labios.
Al cabo de un rato meto mi pene en su boca y usted lo recibe gustosa. La sujeto del cabello y meto mi verga cada vez más hondo en su garganta. Usted se quiere quitar el antifaz pero se lo impido. Le digo que respete las reglas; usted no reniega, se limita a seguir lamiendo mi virilidad. Mete mis testículos en su boca, los humedece con su tierna saliva. Me encanta el zigzagueo con su lengua de mi glande a mi tronco. Muevo la pelvis con rapidez hasta que eyaculo, sin avisarle, de lleno, en su garganta. Usted traga el semen, pero con cierto gesto de disgusto. Pienso que tal vez sea la primera vez; algunas pequeñas lágrimas se deslizan por sus mejillas. Le pregunto que si me detengo; usted dice que no, que está bien, tan sólo que no se lo esperaba. Le pregunto que si es la primera vez que se traga el semen. Me dice usted que sí. Me excita esa revelación, me gusta haber tenido ese honor. Le digo que a los hombres nos gusta, y usted dice que de ahora en adelante lo hará con su marido, y, agrega, que sólo espera que no pregunte dónde aprendió. Los dos reímos de nuevo.
La invito a ponerse en pie y usted accede. La tomo de la mano para guiarla. Le digo donde ponga las manos. Es el mismo sillón en donde estaba sentada. En el tocadiscos sigue sonando jazz, pero no reconozco la pieza. Le sirvo más champán y le doy a beber en mi copa. En la misma copa me sirvo yo y bebo de un trago. Le sugiero la posición, le abro las piernas; le quito la blusa. Veo a través de los ventanales, los últimos rayos del día y los primeros de la noche se mezclan en una belleza estética que supera a mis sentidos. Me siento en ese momento: observando la belleza del cielo, con una copa en la mano y una mujer hermosa de piernas abiertas frente a mí, el ser más feliz del mundo. Inundo la recámara con mi felicidad. Me parece que el universo entero sonríe a través de una estridencia jazzística que me estremece los huesos. Acaricio su cabello. Beso su nuca, la espalda, cada línea, cada pequeño detalle que la hace fascinante y única. Cada curva de su cuerpo, cada recta, cada laberinto y cada poro. La magreo con mis dedos. Usted tiene otros dos orgasmos así, de espalda a mí, con el culito parado. Yo le susurro al oído poemas de amor que recuerdo, incluso algunos de Neruda y eso que detesto a Neruda, pero son los que recuerdo. Le recito poemas de amor mientras la masturbo. Le beso el culo y se lo muerdo. ¿Acaso usted intuye lo que viene o por qué endurece el culo y, a la vez, lo para aún más?
Haciendo huequito con la mano, la nalgueo. Fuerte pero teniendo cuidado de no dejar huellas ni cicatrices. Usted me dice lo mismo, que no le vaya a quedar marca. Será una tunda invisible, contesto riéndome. La azoto cada vez con más fuerza, una nalga a la vez. La inclino un poco más, y la azoto con fuerza, el sonido del jazz con el sonido de la piel azotada combina perfectamente. Es un éxtasis blanco la armonía. En ese momento saco de mi portafolio un lubricante. Lo paso por mi pene y por su vagina. Huele a cereza. No me gusta el olor, pero es demasiado tarde. Es el único que tengo. Penetro, entonces, en una vagina que me recibe con placer. Los primeros embates entra apenas la punta. Yo estoy de espalda a usted, pero usted se inclina un poco más, y entro más profundo. La penetro con total soltura, usted me succiona, yo acaricio su monte de venus. Aprieto sus pechos hermosos y delicados, aprieto sus pezones, durísimos. En la oficina, siempre que usted se paraba al lado de una silla o sillón, me la imaginaba así, inclinada, recargada, mientras yo le metía la verga durísima. Así ocurre justo ahora y me espanta y me fascina. Pienso que es un sueño. Pero no, es realidad, y me sujeto de sus caderas para comprobarlo y para atraerla hacia mí y metérsela más profundo. Usted gime y tiene no sé cuántos orgasmos. He dejado de contar, ¡Por fin!, he dejado de contar. Me han dejado de interesar los números, ahora sólo me interesan los instantes. Bombeo, voy y vengo, soy el mar, soy el cielo, soy Dios; usted es la ofrenda, el veneno, el pecado, la dulzura que combina a la perfección con la forma de mis manos, con la avidez de mi lengua, con la dureza de mi pene.
Tomo de nuevo el lubricante. Le pongo en el culo, lo masajeo, borrando las posibles huellas rojas que hayan dejado mis azotes. En el masaje, meto un dedo en su ano. Usted brinca. Me imagino que eso tampoco lo esperaba. Para tranquilizarla, la masturbo con la mano derecha mientras con la izquierda lubrico perfectamente su culo. Pongo más en mi pene y estoy listo, fricciono mi sexo contra sus nalgas y siento que me voy a volver loco de excitación. Una locura que prefiero mil veces a la razón seca del trabajo. Meto apenas el glande cuando repara. No, ahí no, dice. Eso sí no, ¿Nunca lo has intentado? Pregunto. Intentado sí, pero me duele mucho, le dije que mejor no a mi marido. No todos son expertos, le digo. Muchos hombres lo hacen bruscamente, te prometo que no le dolerá mucho. Está bien, dice a regañadientes. Me hinco frente a usted y meto mi lengua en su agujero, lamo, chupo. Muerdo sus nalgas y vuelvo al ataque, chupando, mientras tanto le acaricio las piernas y los muslos. Meto mi lengua lo más hondo posible. Masajeo sus nalgas, acaricio los alrededores del agujero presionando apenas, acariciando como un pianista experto. Lubrico más y me pongo de pie para penetrarla muy despacito. Entra apenas un poquito el glande cuando usted grita, le meto otro poquito, y luego todo. Pareciera que se va a desmayar, pero la sostengo. Comienzo a masturbarla salvajemente, dando pequeños golpecitos en la vulva. Eso la excita. La excita más de lo que yo o usted hubiéramos imaginado. No se percata ni siquiera de que no le he sacado el pene, lo tengo bien clavado hasta adentro de sus entrañas. Usted grita de placer. Pero cuando hago un esfuerzo para sacar mi pene y volverlo a meter, usted se percata y vuelve a gritar de dolor. La masturbo y vuelve a gritar de placer. Y en esa dinámica nos sumergimos, hasta que mi verga ya entra y sale libremente por su culo, usted aprieta y eso hace que mi miembro se ponga más grueso. Se nota que esa mezcla de dolor y placer es totalmente nueva para usted. Grita, Gime. Se retuerce. Se desvanece. Arroja el culo con más fuerza. Meto mis dedos en su boca mientras la penetro despiadadamente. Humedece. ¡¿Le gusta?! Le pregunto agitado. Me duele y me gusta, contesta. No sé. No sé. Yo sé que le gusta porque cada que la saco usted me para el culito pidiendo más, le digo. Usted intenta reírse pero en ese momento la vuelvo a embestir salvajemente, esta vez apretando sus pezones y masturbándola alternamente. Oh Dios, oh Dios, susurra. Dejo de masturbarla para confirmar mi sospecha: en efecto, usted está a punto de tener su primer orgasmo anal. Su humedad vaginal ya se desliza por sus muslos. Yo la tomo de la cintura, la nalgueo y continúo penetrándola. Oh Dios, oh Dios, grita. Tiene su orgasmo y yo tengo el mío, dejando su culito inundado de mi caliente semen.

Final Alternativo:

Una vez seco, vuelvo a pensar en mi mujer y en mi hijo. Me acerco a su oreja y le susurro, Perdón pero no debe quedar rastro. Entonces saco la navaja de mi portafolio y le corto el cuello, es un movimiento rápido; usted patalea, yo la abrazo con fuerza. Llevo su cuerpo ya sin vida a la cocina y me preparo a destazarlo. Me desvisto completamente y mi ropa y su ropa la arrojo a la chimenea. Desnudo y con un hacha en la mano preparo la primera incisión. Mis amigos empresarios ya han preparado, en la parte trasera de la cabaña, un agujero más para un cadáver más.

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