Exceso de velocidad

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Vamos a exceso de velocidad. Se nos ha hecho tarde otra vez. Vamos a una fiesta, yo fumo dejando breves cenizas por el camino; el fuego de mi cigarro, como una espada, traza el camino recorrido. Tú te maquillas en el espejo de la visera. Tus labios, tus ojos con sombras pronunciadas. Sabes que me encanta tu estilo y me encanta contemplarte. Te observo de reojo sin perder la vista del camino. Empieza a anochecer y en el camino hay lo de costumbre, animales muertos, baches, líneas distorsionadas, anuncios. El tiempo se detiene unas milésimas cuando te pintas los labios, no puedo evitar voltear a ver cómo delineas tus labios con un rojo intenso, es casi una visión erótica. La muerte más hermosa, la belleza del arte. Cuando el tiempo regresa a su curso normal, el auto se acelera y pierdo el control, nos vamos por un lado del camino. Alcanzo a frenar el auto y afortunadamente no nos ha ocurrido nada, pero hemos quedado atascados. Veo una luz cerca y te digo que esperes en lo que voy a pedir ayuda. Me dices que estoy que reboto de pendejo si creo que me vas a esperar. Dices que vienes conmigo. Menciono que traes tacones y dices que no te importa. Caminamos despacio y llegamos a una extraña casa. De lejos parecía pequeña, de cerca las dimensiones han cambiado y se ha convertido en una mansión. Cuando estamos frente al timbre, éste no funciona. Hay una campana y la toco para llamar a quien pudiera habitar aquel lugar. Intercambiamos una mirada de incredulidad. El desconcierto, en el iris la pregunta. ¿Qué sucede? La puerta se abre y nadie acude. Con pasos sigilosos entramos. Por dentro parece un castillo, hay un alfombrado rojo en las escaleras y las paredes parecen de cantera. Los muebles son de caoba. Lo sé porque me dedico a vender madera. Te menciono que esa madera es muy cara, y me respondes burlonamente que si no te digo no te hubieras dado cuenta. Hay una inercia que nos jala a recorrer el recinto. Hablamos, gritamos, pero nadie contesta. Estamos perdidos en más de una connotación. Cuando estamos a punto de subir las escaleras, no sé por qué, te beso. Muerdo el arete de tus labios y lo jalo con mis dientes. Meto mi lengua dentro de ti, cada vez más profundo. Respondes de la misma manera y por la misma inercia. Eso creo, enrollas tus manos alrededor de mi cuello. Pienso que eres mi cadalso favorito. Hueles muy bien, un aroma a maderas y frutas. Tu aliento tiene gotas de vino tinto, es de uva machacada por ángeles y demonios. Tu piel es blanca y con estas luces tenues de velas se refleja dentro de mi alma como el más hermoso lienzo. A media escalera nos detenemos de nuevo, esta vez te pongo contra la pared, levanto tu vestido negro. Traes medias y liguero como me gusta, meto mi mano debajo de tu braguitas de encaje y acaricio con violenta ternura tus labios vaginales y tu clítoris mientras que, detrás de ti, muerdo tu oreja pequeña y frágil. Tomo tus brazos por donde tienes los tatuajes de calavera y los pongo contra la pared. Abro tus piernas y te masturbo con mayor ahínco. Me excitan tus gemidos y lo rápido que lubricas mis dedos. Beso tu nuca y tu espalda, hasta donde el escote me deja. Huelo tu cabello que me enamora. Pones tus nalgas contra mi pantalón de vestir que no disimula mi potente erección. A esas alturas no me importa si hay alguien en el castillo o no. Eres la hembra más hermosa que he visto en mi vida; te susurro al oído que te amo y tú contestas volteando para besarme los labios y morderlos hasta hacerlos sangrar. Jalas mi cabello hacia atrás y clavas, cual vampiresa, tus colmillos en mi garganta. Causas una pequeña hemorragia que después lames como en cámara lenta. Te beso de nuevo y te tomo de las piernas, te levanto contra la fría pared de cantera, la escalera rechina un poco. Envuelves tus piernas gruesas y bellísimas alrededor de mi cintura. Me envuelves con tus manos, de nuevo, alrededor del cuello y nos sumergimos en el más delicioso beso. El beso como vals, como aquelarre, como resurrección en medio del infierno. Busco la manera de desabrocharme el pantalón, dices que ahí no, que sigamos explorando. Subo las escaleras contigo en mis brazos, ahora te acurrucas en mis manos como una beba recién nacida. Veo lo que podría ser la recámara principal, la cama tiene algunas columnas alrededor, son de madera y tienen a animales extrañísimos tallados en ellas. Te tiro sobre la cama, tu peinado se desbarata y caes con todos los cabellos extendidos, rojos como el fuego, me recuerda a la guerra de Atenas contra Sparta. Los muebles son muy antiguos, por las ventanas manchadas entra apenas una luna que es como un péndulo en los ángulos de nuestro cuerpo. Te quitas el vestido y te quedas sólo con la ropa interior de encaje y los tacones. Me encanta verte así, tus ligueros van perfectamente con el ambiente de la casa. A estas alturas mi mente está tan delirante que no me importa si todo es un sueño o un juego de las percepciones. Desabrocho tus tacones y los quito con los dientes. Beso tus pies y voy subiendo, amo tus rodillas, tus muslos, beso y lamo lentamente como un cachorro recién nacido tus piernas blancas y tersas. Con los dientes jalo tus bragas de encaje negro, sabes que me enloquece, lo jalo hasta tus rodillas. Muerdo tu sexo con la comisura de los labios y comienzo a lamer lentamente, mi lengua se mueve con delicadeza recorriendo cada centímetro. Una ola salada da de lleno en mi nariz, hueles delicioso y meto la lengua con mayor ahínco, moviéndola como la cola de una lagartija muerta, loca, perdida por tu clítoris y cuando siento que estás a punto de venirte, meto también dos dedos para provocarte un orgasmo mayor. Luego subo, con tu sabor en mi boca, besando tu ombligo y dejando una estela de luz hasta tus pechos. Desabrocho tu sostén, también, de encaje negro. Y dejo al descubierto tus senos perfectos y redondos, mamo, como un león recién nacido, tus pezones, los muerdo y acaricio en suaves espirales con mi lengua. Amo el olor y el sabor de tu piel. Subo un poco más y encuentro de nuevo tu boca. Entonces desabrocho mi pantalón, saco mi miembro y lo meto dentro de ti, estás lubricada y entra sin dificultad, te embisto una y otra vez. Me pides que no me venga dentro de ti, que no quieres quedar embarazada. Te subes en mí y me cabalgas para controlar el ritmo. Me encanta verte así, desnuda y caliente sobre mí, arrojas tu sexo con una violencia desorbitada. Te imagino súcubo, mujer hermosísima que roba mi energía con el impulso del universo. Eres la lanza, no el objetivo. Metes tus dedos dentro de mi boca y los lamo y los muerdo, mientras sigues cabalgando. Te tomo de las nalgas y entro dentro de ti, cada vez más profundo, gimes, gimes, gritas, pones tus manos en mi pecho para mover con mayor maestría tu pubis, puedo observar con detalle tus tatuajes, calaveras que te hacen más excitante aún y que refuerzan mi teoría del súcubo. Este es tu aquelarre, la sangre que escurre de mi boca y el sudor de tu cuerpo que se refleja a través de las intermitentes cortinas de la habitación.
Estoy a punto de venirme y te detengo. ¿Quieres venirte en mi boca? Preguntas coquetamente. En lugar de eso, te pongo de espaldas con unas almohadas levantando tu pubis. Beso tu nuca, tu espalda, delineo con mi lengua, como recalcando, tu tatuaje de la espalda baja, recorro con suavidad cada centímetro de tu espalda. Bajo a tus nalgas redondas y perfectas, blancas y duras, las beso y las muerdo, me pierdo en el deleite de un beso negro. Beso tus piernas, me masturbo un poco hasta ponerme duro de nuevo, restriego mi pene contra tus nalgas y luego lo meto, primero despacito, aumentando la velocidad progresivamente. Me encanta cómo gritas y arañas las sábanas. Tus uñas negras hacen un contraste hermoso con las sábanas almidonadas de ese castillo extraño. Embisto con fuerza en repetidas ocasiones. Me excita la visión de tu cuerpo arqueado y tu tatuaje en la espalda baja, el sonido de mi verga contra tus nalgas. Eres la mujer perfecta para mí. La más hermosa del universo, digo eso y me desvanezco en un suspiro. Dejo mi semen templando sobre tu precioso culo. Nos limpiamos con las mismas sábanas, nos vestimos y salimos de aquel extraño castillo. Caminamos un poco hacia el auto y cuando volteamos la casona no está. Y el auto sale sin problemas. Ya no alcanzamos la fiesta. Te propongo ir a un restaurante a almorzar para, acto seguido, darte un beso tierno en los labios mientras acaricio tu entrepierna por encima del vestido. Sonríes, te pones tus anteojos para el sol y dices, Vamos pues.

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