En mitad de la noche

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En mitad de la noche, herido como un perro atropellado en la carretera, mal herido, a punto de la muerte. Como una sangre que no deja de fluir, así las palabras, por presentarse en plena agonía, es que dan la impresión de una realidad que no puede rechazarse. Soy un poeta, primero, por entender la inutilidad del lenguaje y, segundo, por enaltecer, pese a todo, esa inutilidad. ¿No es lo que menos sirve lo que nos revela, lo que, al final, nos desenmascara? ¿Y qué significa que algo no sirva? Significa que no se rebaja al vulgar papel de servidumbre que la vida pone a cada persona cual vaca marcada por un hierro herviente. El poeta es un bueno para nada, o sea, bueno para el Universo, pues es el Universo la nada total, la nada sin simulacro.
En mitad de la noche las palabras surgen como de un manicomio o de un panteón, como abortos de la luz de las estrellas y como arañazos de gato en la nariz de Dios. Surgen a caudales de miedo y soledad, de desesperanza y hambre. A mitad de la noche, como en el hocico de un lobo afónico, la escritura es la vida de la muerte escribiéndose a sí misma en la virginidad temporal del papel. El insomnio se apodera de los huesos, machacándolos desde adentro con metáforas de una liberación ensordecedora. Nos lanzamos, como a un abismo, sobre la literatura, porque no sabemos hacer otra cosa, porque no tenemos otro cadalso, porque somos unos buenos para nada, y ¿qué hay más nada que la literatura? ¿más inútil?
En mitad de la noche las sirenas cantan y el cerebro, como un insecto quemado bajo una lupa, anda de aquí para allá en un éxtasis absoluto; hay un erotismo implícito en el acto de escribir, pues en esos accesos a la contemplación el mundo se muestra desnudo y amoroso. Es entonces cuando la intuición de la muerte y la presencia de la belleza chocan dentro de nuestro espíritu. Por un lado la muerte es una presencia siniestra y necesaria, monstruosa y liberadora; por el otro lado el éxtasis o la alucinación que encontramos en las letras, nos hacen ver al mundo en su desnudez, en su mero estar, la contemplación de la belleza que nos hace no querer renunciar a la vida, por no perderse este espectáculo. Esto lo sabe, claro, quien ha llorado de alegría al contemplar rocío de lluvia sobre una hoja de naranjo y quien sabe, también, que esta vida es una ilusión, y que nada de ese espectáculo es real. Con esto quiero reflejar el proceso de la literatura, es eso mismo, como la vida, aquello que emociona, que hace una orgía de sensaciones en la sangre y que, empero, no es más que una ilusión que se evapora en el aire, igual que el perfume de una puta.

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