Entrañas del fuego siemprevivo

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Dibujo de Mihály Zichy

Estamos en las entrañas de un fuego siemprevivo como Heráclito dijo, principio cósmico de concupiscencia insurrecta, alto mando de un corazón que late ángeles sádicos. Te veo hermosa y plena, con las piernas apretando hasta la última gota de mi ser. Tus pechos erguidos en la lujuria que hace de la música un capítulo en la enciclopedia de las perversiones. Eres música, arte que deambula por las venas de mi espíritu. Es una confesión, pero también un grito. Inspiración en el campo de libertad que es la poesía, arte mayor sobre mi verga, una contemplación del Síndrome de Stendhal que me estremece, un vértigo de belleza que me clava en tus pupilas felinas. Me arañas, me atraes, me viertes sobre tu calentura, sobre tus piernas tiernísimas y suaves. No le decimos a nadie. La magia es el secreto, este callejón oscuro en que todas las noches nos encontramos para que yo, apenas despabilado, levante tu falda y te penetre de soles muertos y lunas nuevas, te penetre toda, por todos lados, hasta mimetizarme en los suspiros nocturnos que dedicas al goce y al amor.
Crucificamos a la distopía en el arrabal del beso, salivas que se cuecen en el estertor del tango de lenguas, unificadas, casadas. El jazz, el blues, réquiems en el cadalso de la moral. Nos encontramos en la caída del tiempo, versos desnudos que se mojan en las puntas de las copas, lunas traviesas que levantan tu vestido, enseñan tu culo y se encuentra, de nuevo, en la irrealidad de lo verdadero. Soy un caballero que juega con el pulgar a acariciar tu clítoris, caliente y excitado, apenas capullo de eternidad entre mis dedos. Digo deseo como decir lluvia, como decir acento en la palabra de Dios, como decir escorpión en el hombro del diablo. ¿Acaso las metáforas alcanzan para expresar desde hace cuántas vidas te deseo? Putita en el retrato de ti misma, disoluta en la hoguera de tu sangre, corazón delator que emprende la huida en las venas inflamadas de una voluptuosidad despiadada. Te sujeto, te hago mía, no cabe otro adjetivo en el despertar de la bestia. Ocaso de los sistemas, todo cae y, con ello, tus bragas mojadas, tu aliento entrecortado. Dices, nombras, mientras gimes y gimes, con mi verga atravesando todos tus signos, todas tus realidades.
La música es azul en la intemperie del desespero, mientras tu cabello cae en cascada sobre un corazón que late tu nombre en tenues ritmos. Huelo tu cuerpo como un Grenouille sediento de tu sangre, de las capas tenues de tu dermografía. Un asesino ensoñando tu cuerpo, los contextos, la textura de un muerto que no acaba de resucitar. Claveles en el cerebro. Un camino de espinas al palacio del vals de los ahorcados, una noche que se traga todos los insomnios. Apenas un ave fénix que reinicia la tormenta de rosas silvestres sobre una ciudad presuntamente civilizada. Muerdo tus tetas, con el odio, con la violencia del que sabe que los demonios danzan en su piel. Siento tu sabor en los dulces ocultos de la duda, espuma que crece hasta devorar la moral. Muerdo tus nalgas, ensueño tu oasis, la tumba de tu reputación, lanza clavada en mi costilla, guerrera de luces neón, noria de etílicas literaturas.
Ven a ser el cantar de mis cantares, mi muerte sin fin, mi tregua, mi rayuela, mis veinte poemas de amor y una canción desaliñada. Dime al oído tus perversiones, los secretos más ocultos de tu alma… Déjame escribirte hasta que me haga polvo, gota de lluvia en el vientre del océano. Usa tu ropa más sexi, una falda corta con medias de red, mándame la foto, has que vaya imaginando cada escenario de nuestro encuentro. Ven a ser el vals ahorcado de mis pequeños poemas en prosa, sé mi filosofía en el tocador, mi piel de venus, consulta tu futuro en el trópico de capricornio, que quiero que sepas, antes que nadie, por quién doblan las campanas. Dime todo eso que callas frente a los demás, los incidentes, las madrugadas, los juegos de azar, el pesar que entra en los huesos y nunca se va. Usa la blusa escotada, con tus pezones marcados en las líneas delgadas, unos pezones sólidos, como un saludo al sol… Déjame escribirte hasta que el ruiseñor se suicide y tú llores por la pérdida del único ser que se ha preocupado por ti.

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