El taxista

becat25
Ilustración de Paul-Émile Bécat

Eran alrededor de las dos de la mañana. Hacía mi turno nocturno como de costumbre en un taxi que rentaba apenas hacía unos meses. Era más que nada un trabajo temporal en lo que, según yo, salía de mis deudas y pagaba mi universidad. Andaba todo el tiempo desvelado, en la mañana mis clases de biología y en la noche el taxi. Gracias a la cocaína, no le mentiré querido lector, gracias a la cocaína podía sobrevivir. Sé de otros taxistas que consumen incluso «cristal», a mí no me gustaba el efecto paranoico que podía provocar. Yo controlaba, según mi punto de vista, mejor el efecto de la cocaína que sólo me mantenía alerta y despierto.
Me llegó un llamado para ir a una colonia de mala muerte en Morelia. No sabía muy bien si tomarlo o no, pero lo hice y esa pequeña, pero significativa decisión, me provocó vivir una de las mejores experiencias de mi vida. Entré a esas calles con precaución y cautela, alerta a cada sombra, a cada movimiento. No traía armas, sólo una navaja suiza que servía también para mis campamentos y mis prácticas de campo. La vida era un asco, en realidad no me preocupaba perder la vida, sólo me preocupaba que me robaran el coche y tener que pagarlo yo, para hacer de mi existencia un infierno aún más caliente. Llegué a la casa y pité como es común en esos casos. Salieron dos chicos completamente ebrios, tambaleándose. No les distinguí la cara hasta que estuvieron cerca. Era un chico alto y delgado, pelón y bastante borracho. La chica era chaparrita, bonita, con unos ojos preciosos. El chico ayudó a la chica a subirse en el asiento trasero, pero ella insistió en que quería viajar adelante. Así que subió adelante, en el asiento de copiloto. El tipo me dio una dirección y unas señas para dejar a la señorita en su casa. Así la llamó, «señorita». Se despidieron de un beso en la boca, cerró la puerta y arranqué.
¿Es tu novio? Pregunté. Desgraciadamente, contestó ella. ¿Por qué desgraciadamente? Pregunté con una sonrisa. Es un imbécil, replicó ella. Noté como sus palabras se barrían; no lo había notado de entrada pero la chica estaba al menos tan ebria como su novio. En cada farola sus ojos brillaban como los de un gato; eran unos ojos preciosos, con un iris color miel. Sus pestañas eran gruesas y caían como persianas persas cada vez que cerraba los ojos por sueño o aburrimiento. Sus labios pequeños y acorazonados se veían mojados y luminosos, perlados todavía por el whisky. No pude evitar ver sus piernas, traía falda y sus piernas eran gruesas con unos tatuajes tribales que recordaban, sin lugar a dudas, tiempos mejores. ¿Y qué dice la vida de taxista? Soltó como un disparo, haciéndome salir de mi hipnosis. Bien, bien, aunque sólo lo hago para pagarme la escuela, estudio biología. ¿Entonces te gusta la marihuana? Me preguntó. No, no, a muchos de mis compañeros sí, yo no consumo nada. A mí no tienes por qué engañarme, me dijo, se te notan los ojos rojos; no me espanto, yo estudio filosofía. Enseguida soltó una risita cómplice, se me hizo tierna y hermosa. Está bien, prefiero los sintéticos, dije, no sé por qué.
Después de nuestra breve charla, se durmió unos minutos. Pude contemplar ahora sí, sin remordimiento, su cuerpo. Estaba un poco llenita, pero tenía unos senos enormes, inmediatamente imaginé sus pezones que deberían de ser rosáceos y grandes, unos caramelos que deleitarían cualquier boca. Sus piernas eran duras y gruesas, pude ver los tatuajes con más detalle. Siempre me han gustado las mujeres tatuadas y aquella chica, dentro de mi taxi, es una de las más hermosas que he visto en mi vida. Su nariz tenía una estructura perfecta y dormida parecía un ángel bajado del cielo, una señal divina o algo así. Pensé en todas las religiones, en todos los dioses y en todos los rituales. Un demonio en mi sangre, que no pude contener, me llevo a poner mis manos en sus muslos, eran suaves como la seda. Los acaricie un rato y cuando pensé en subir un poco la mano, despertó. Me siento muy ebria, me dijo apenas volvió a abrir los ojos. ¿No traes un levantón? Me preguntó con una sonrisa encantadora. Traigo un poco, pero te va a costar, le respondí con otra sonrisa. Vamos a un hotel, dijo ella más molesta que excitada, no puedo llegar así a mi casa.
La lleve a un autohotel que ya estaba cerca de su casa. 700 por cuatro horas, me dijo la empleada. Los pagué y encontré el cuarto. Estacioné el coche y fui a abrirle la puerta y ayudarla a subir las escaleras. El cuarto no era la gran cosa, tenía una tele, una cama con una cabecera que ya incluía los burós con dos lámparas y un sillón de piel, de esos con forma extraña que sirven para hacer no sé cuántas posiciones sexuales. Yo nunca los he utilizado. Prendí la tele y todos los canales tenías películas pornográficas. No me importó, la dejé puesta y me puse a hacer unas líneas en el buró, a un lado de la lámpara. Ella inhaló primero, dos líneas por orificio de nariz. Yo, por acompañar, otras dos. Ella se sentó al borde de la cama y yo me senté a un lado acariciando sus muslos, de nuevo, esa sensación tan placentera y encantadora me hizo estremecer los nervios de puro placer. No, no, espera un poco, dijo ella con las palabras barridas, seguía borracha y lamenté no haber comprado más alcohol en el camino. Me puse de rodillas frente a ella y comencé quitándole sus zapatillas negras, para inmediatamente besar su empeine e ir subiendo dando pequeños besos en sus pantorrillas y sus rodillas, un poco más hasta sus piernas. Ella se recostó en la cama y cerró los ojos. Seguí besando, siguiendo el camino que dictaba su tatuaje. Llegué a sus labios vaginales y los besé por encima de las bragas, busque el resorte y lo jalé con los dientes para dejar al descubierto su mata, unos vellos, no demasiados pero que me hacían recordar que se lo estaba haciendo a una mujer adulta. Ella cerró las piernas de repente y me dijo que no le gustaba. Esto no está bien, yo tengo novio, dijo apenas como susurrando para después acostarse en una posición fetal y dormirse. Me hice otras dos líneas de cocaína. Cuando volteé me excitó la visión de ella completamente borracha y con las bragas en los tobillos. Tenía la falda levantaba y se veían a la perfección sus hermosas piernas y una pequeña porción de su pubis.
Comencé a desabotonar su blusa. A esas alturas la chica se veía completamente dormida. Sus pechos eran más grandes de lo que creí, en lugar de presumirlos, la chica los apretaba con el sostén y la blusa para que se le vieran menos; eran realmente grandes, aun con el sostén puesto se veían placenteros, di gracias al cosmos por mi suerte y quité el broche del sostén. La chica estaba completamente desmayada, me pareció raro por la cantidad de cocaína que había ingerido. Por un momento pensé que fingía, eso me excito aún más y la desvestí completamente; comencé a besarle los pezones dulces, sabían delicioso, y a darle pequeñas mordidas. En las mordidas ella comenzó a despertar de nuevo y subí a besarle la boca mientras mis dedos acariciaban con ternura y devoción sus labios vaginales y su clítoris. Ella respondió el beso y me dijo un nombre que no era el mío. No me importó y continúe masturbándola, mis dedos se movían con sigilo y fuerza, en movimientos ondulatorios y noté cómo ella humedecía y me correspondía el beso metiendo su lengua en mi garganta. Abrí sus piernas y comencé a meter los dedos dentro de su vagina, estaba apretada y caliente; imaginé que mis dedos eran antiguos aztecas en una danza para invocar al Dios Tláloc. Ella comenzó a lloverme en las huellas dactilares. Sus besos eran apasionados y con sus manos me atraía hacia ella para meterme la lengua en la boca en una danza esquizofrénica y deleitosa. Mi verga estaba durísima y la saqué de mi pantalón para restregar el glande en su clítoris y pubis, sin penetrarla, sólo jugando. Mi miembro creció y se puso grueso, con toda la sangre de mil vidas acumulada; un caos apasionante, un azar embriagante. Me volvió a decir el nombre desconocido y abrió los ojos. Se asustó y dijo, ¡Tú no eres mi novio!, entonces me empujó y se puso a gritar.
Inmediatamente le tapé la boca con mi mano izquierda. Mi mano es tan grande y su carita tan pequeña que casi le alcanzaba a cubrir toda la cara. Con la mano derecha abrí sus piernas y encaucé mi verga hacia su pequeña caverna, mi grosor se abrió camino por su hendidura. Su mirada estaba completamente desorbitada y comencé a embestirla con fuerza y rudeza. Estaba muy mojadita y entré sin problemas; ella cerraba las piernas y yo se las volvía a abrir y arremetía con más fuerza, en repeticiones enloquecidas, como un animal colérico y enfurecido, una y otra vez. De repente, sentí cómo ella dejó de resistirse y abría sus piernas o las ponía alrededor mío para que pudiera penetrarla a mi antojo. Le quité la mano de la boca. Y ella comenzó a gemir complacida, pidiendo más. Cógeme, dijo ya completamente extasiada. Súbete, le respondí y me senté a la orilla de la cama para que ella se subiera.
Se paró de la cama tambaleándose. Se hizo otras dos rayas de cocaína y vino a subirse en mi verga durísima. Y comenzó a cabalgarme mientras me decía cosas sucias al oído. Decía que su novio era un pendejo y que se sentía delicioso subirse a una verga desconocida y dura. Después de que me decía algo, me lanzaba su vagina con furia y complacencia. Veía su carita preciosa enmarcada por unos aretes grandes. Aproveché para meterme sus pezones en la boca mientras ella seguía moviendo sus caderas al ritmo que marcaba la noche. Pensé también yo en su novio, un pendejo borracho y dormido mientras yo me estaba cogiendo a su mujer en un hotel de tres pesos, como a una puta. Así le dije, Muévete puta, y le di unas nalgadas en el culo. Ella se sujetaba de mi cuello y subía y bajaba con una pasión de experta. Sus nalgas rebotaban contra mis rodillas y nos hundíamos en medio del cosmos en un abrazo completamente prohibido y, por lo mismo, maravilloso. Ay taxista, taxista, decía y seguía cabalgando mientras la sujetaba para penetrarla más hondo, cada más vez hondo. Vente dentro de mí, taxista, ella gritaba. Sus gritos me excitaban pero no lo hice; en lugar de eso, la puse de rodillas y ella se puso a mamar mi verga, subía y bajaba con su lengua pequeña y cálida. En su boca infantil apenas cabía mi miembro más grueso que nunca. Sin avisarle, la tomé de los cabellos y me vine dentro de su garganta. Luego la levanté y la tumbé en la cama. Me tumbé a su lado y la masturbé con violencia y complacencia por sus gemidos, ella quería hablar pero siempre arreciaba el movimiento de mis dedos. Ella se vino y se abrazó a mí. Así, abrazada, sin decir palabra, después de un rato se durmió. Le di un besito de buenas noches en la punta de los pezones todavía duros. Y le tomé una fotografía, desnuda y cogidita, completamente satisfecha con una sonrisa. Guardé mi celular, bajé por mi carro, lo encendí y me fui a esperar el próximo llamado.

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