Entrevista (imaginaria) a E. M. Cioran

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Originalmente publicado en la Revista Clarimonda

Emil Cioran (Răşinari, Rumanía, 8 de abril de 1911 – París, 20 de junio de 1995) fue un escritor y filósofo rumano. La mayor parte de sus obras se publicó en lengua francesa. Eso dice la Wikipedia. Yo no sé mucho más del autor, aunque alguien se diga experto en E. M. Cioran, la verdad es que ni él mismo era experto en su obra. En un intento desesperado por encontrar alguna respuesta a mis preguntas de tesis, utilice la güija para formular algunas preguntas al filósofo rumano.

¿Cuál es su relación con el Otro?

EM.- Ayer, en la Samaritaine, una mujer a mi lado, en la caja, olía tan mal que estuve a punto de desmayarme. Estoy seguro de que ningún animal ha desprendido jamás semejante mal olor. Me ponía tan enfermo, que si me encerraran con una mujer parecida hubieran podido sacar de mí cualquier secreto. Todo, hasta el deshonor y la traición, antes que soportar un minuto esa clase de pestilencia. Los torturadores carecen de imaginación.[1]

¿Cuál es su relación consigo mismo?

EM.- Llega un momento en la vida en que uno sólo se imita a sí mismo.

¿Dónde ubicaría su obra en la actualidad?

EM.- Una obra pasa por tres fases: la de los fervientes primero, después la de los curiosos y, finalmente, la de los profesores.

Se dice que la posición que adopta en sus libros es, por extremista, hipócrita…

EM.- Cuando adoptamos una actitud extrema es difícil convencer a los demás de que somos sinceros. Sin embargo la violencia es sufrimiento, y es incómodo simular el sufrimiento.

Si se considera sincero, ¿por qué la cantidad de contradicción en su obra?

EM.- Todas mis contradicciones se deben al hecho de que no se puede amar la vida más de lo que yo mismo la amo, ni de sentir al mismo tiempo y de una manera ininterrumpida un sentimiento de ajeneidad, de exilio y de abandono. Soy como un glotón que hubiera perdido el apetito de tanto pensar en la inanición.

Y el ocio es central en su pensamiento…

EM.- Desde el momento en que creo que todo lo que hacemos es pernicioso y, en el mejor de los casos, inútil… ¿a santo de qué querrán que yo participe en tal mascarada general? ¿Y por qué habrían de obligarme a ello? Cuando se tienen convicciones como las mías, todo aquello que se emprende para escamotear la muerte revela un deshonor.

Es difícil de comprender su dialéctica.

EM.- Me he enfrascado en las palabras, como otros en los negocios.

Claro, porque usted es escritor. ¿Cómo es, para usted, la experiencia de escribir?

EM.- Algunos escriben sobre cuánto de puro hay en ellos, con toda su inocencia; en lo que a mí respecta, no puedo escribir sobre otra cosa que de mis escorias. Escribo para purificarme. Por ello mis obras sólo dan una imagen incompleta de lo que soy.

La imagen incompleta de uno mismo para usted es una regla de oro ¿a qué se refiere con esto?

EM.- El hombre que se retira. Genialidad del abandono. Transfiguración por la derrota (…) La maestría consiste en saber hablar de uno mismo con un tono impersonal. El secreto de los moralistas.

Continuando con el tema de la literatura… ¿qué escritores le gustan?

EM.- Sólo me gusta un tipo de escritores de los cuales nunca se habla y de entre los que sobresale Joubert. Escritores de la penumbra.

¿Qué opina de la poesía?

EM.- Sólo conozco dos definiciones de la poesía: la de los aztecas (“El viento que viene de los dioses…”), y la de Emily Dickinson, aquella en la que decía que reconocía la verdadera poesía cuando la embargaba un frio glacial tal, que notaba que nada volvería a hacerla entrar en calor de nuevo. Habrá que buscar el pasaje.

Eso es bellísimo. Usted es alguien que duda y…

EM.- El escepticismo tiene mala prensa. Y sin embargo ¡qué osadías tras su paso altanero e indiferente! Es el fruto mismo de una vitalidad insegura, profundamente embrionaria.

¿Ejercita constantemente su escepticismo?

EM.- Esta mañana, he pensado durante toda una hora, es decir, he agravado otro tanto más mis incertidumbres.

Dudando, pero creando…

EM.- Todo movimiento creador implica un tanto de prostitución. Se aplique a Dios o a cualquiera que posea talento alguno. Es algo que no debería exteriorizarse, si se desea permanecer puro. Entrar en uno, en toda situación y momento…, he aquí el deber del hombre “interior”. El otro, el exterior, apenas cuenta: forma parte de la “humanidad”.

Entrar en uno mismo pareciera que es para usted un principio de epistemología mística…

EM.- Sólo aquello que hemos descubierto por nosotros mismos existe; son, también, las únicas cosas que realmente conocemos. Todo lo demás es verborrea.
Hay que desconfiar del afán de instruirse. Siempre se dirige contra nosotros, aunque nos sirva en cualquier caso: hay que saber pocas cosas, pero de una forma absoluta.
La palabra profunda de la Gitâ, que nuestro espíritu debe tener siempre presente: “Es preferible perecer bajo la propia ley, que salvarse con la de otro”. Realizarse es saber limitarse. El fracaso es la consecuencia de una excesiva disponibilidad.

Pero hay que salir a la calle…

EM.- Todo lo que nos molesta nos permite definirnos. Sin limitaciones no existe conciencia propia alguna.

Hablando de conciencia propia, me atreveré a preguntarle ¿quién es Cioran?

EM.- Ayer perdí dos horas en la biblioteca de la Sorbona y hoy otras dos en la del Instituto Católico. ¿Por qué? Buscando libros. Esta tarde, después de andar hurgando hasta la ebriedad y el vértigo en el fichero de la Católica, me salí a pasear al parque de Luxemburgo, disgustado, envuelto en tristes reflexiones sobre mi situación. ¿A santo de qué esa lamentable huida, si no engaño a nadie, ni siquiera a mí mismo? Bien sabido tengo que estoy siempre corriendo tras los libros, que me abrigo con ellos por así decirlo, con tal de no trabajar y eludir así el deber que tengo de hacer una “obra”, de escribir, de no ofrecer a la sonrisa burlona de los demás la impresión de ser un fracasado. Pero me desparramo, me empeño en defraudar a todo el mundo y por lo mismo a agriarme. En el fondo no soy más que un erudito bastante penoso, porque esa erudición, en el caso de que la tenga, la disimulo, no la exploto con seguridad para nada.

Encuentro en su obra erudición pero sobretodo experiencias propias…

EM.- Todo el mundo habla de teorías, de doctrinas, de religiones; de abstracciones, en suma, nadie de cosas vivas, vividas, de primera mano. Es una actividad derivada, abstracta en el peor sentido de la palabra, de la filosofía y el resto. Y todo exangüe. El tiempo deviene temporalidad, etc. Un conjunto de subproductos. En otro orden de cosas, los hombres ya no buscan el sentido de la vida a partir de sus experiencias, sino de los datos aportados por la historia o tal o cual religión. Si no hay en mí sobre qué hablar relacionado con el dolor o la nada, a santo de qué perder el tiempo estudiando el budismo. Hay que buscarlo todo en uno mismo, y si no encontramos nada, ¡pues hala!, se abandona la búsqueda. Lo que me interesa es mi vida, y no las doctrinas sobre la vida. Con lo que me gusta recorrer los libros y no encuentro nada directo en ellos, nada absoluto, irremplazable. Por todas partes la misma memez filosófica.

¿Qué opina de la supuesta sabiduría moderna?

EM.- He rondado a algunos pretendientes a la sabiduría que querían fundar “escuelas” para regenerar espiritualmente a la Humanidad. Todos eran desequilibrados de forma muy evidente. Ninguno de ellos había comprendido la necesidad de comenzar la obra de regeneración por y para sí mismos. En el fondo, lo que querían –de forma inconsciente, es cierto- era comunicar a los demás su desequilibrio, descargar sobre la Humanidad el exceso de contradicciones y deseos caóticos que los abrumaban.

¿Por qué la noción tan caótica de sabiduría en sus libros?

EM.- Un libro sólo es fecundo y duradero si se presta a varias interpretaciones distintas. Las obras que se pueden encasillar son esencialmente perecederas. Una obra vive por los malentendidos que suscita.

¿Qué es lo que permanece en usted?

EM.- Nada podrá destruir en mí ni la duda, ni la nostalgia de lo absoluto.

¿Es por esa “nostalgia de absoluto” que usted acude constantemente al misticismo?

EM.- Con veinte años leía a los filósofos, más tarde, hacia los treinta, a los poetas; ahora, a los historiadores. ¿Y los místicos? Siempre los he leído, pero desde hace ya un tiempo algo menos. Llegará un día en que los abandone completamente. ¿Cuando uno está incapacitado para sentir, no digo un trance, sino la sospecha de un trance…, a santo de qué andar tras el de otros? Yo he rozado –no, he conocido- el éxtasis tres o cuatro veces en toda mi vida; pero al modo de Kirolov, no de los creyentes. Experiencias divinas, sin embargo, porque me situaban por encima de Dios.

Misticismo sin religión…

EM.- Es falso eso de que no podamos vivir sin dioses. Primeramente porque nos conformamos con simulacros, y luego porque el hombre lo soporta todo y a todo se acostumbra. No es lo bastante noble como para morir de decepción.

Usted escribió un libro titulado “De lágrimas y santos” ¿qué opinión tiene de los santos?

EM.- Sólo he encontrado a dos hombres que, en contacto con la religión, me dieran la impresión de haber alcanzado algo así como una santidad: un periodista de provincias en Rumanía y un orfebre argentino. El primero era unitario, el segundo judío (pasó en la India dos años que le marcaron enormemente). Nadie como ellos me ha hablado con tanta pureza de los asuntos religiosos. Uno y otro desprendían una luz que no he vuelto a encontrar en parte alguna.

¿Qué opina de la muerte?

EM.- Pienso en un montón de personas conocidas que ya han muerto. ¿Qué queda de ellos? Nada, ni siquiera mi recuerdo, que no hace sino confirmarme su nada.

¿Qué opina de este revuelo actual de apocalipsis improvisado?

EM.- Durante mucho tiempo, pero mucho tiempo, estuve alimentando el deseo al levantarme de que el fin del mundo sobreviniera en el transcurso de la jornada.

¿Qué opina de las drogas?

EM.- Para acometer cualquier otra realidad, es preciso romper las categorías donde está confinado el espíritu; hay que comenzar de nuevo el Conocimiento.

¿Qué opina de la tristeza?

EM.- Desde hace años busco una definición de la tristeza… Espero no encontrarla nunca.

¿Qué opina de la alegría?

EM.- La Schadenfreude [Esa insana alegría que nos invade al contemplar las desgracias de los demás o el hecho mismo de regocijarse viendo fracasar una empresa cualquiera], una expresión incorrecta. Hay crueldad en todas las situaciones, salvo en la alegría, que es lo más puro que puede llegar a sentirse. El placer puede ser cruel, la desesperación, la tristeza, todo…, salvo, una vez más, la Alegría.

Por último ¿sabe usted de la fama que goza actualmente?

EM.- Un autor empieza a ser reconocido y celebrado en el momento en que no tiene nada que decir. El advenimiento de la gloria coincide con el de la esterilidad.

¿Entonces es usted estéril…?

EM.- Je, je, je…, ¡qué cansancio!

[1] Todas las respuestas, incluso la última, fueron sacadas de su Cuaderno de notas que no eran para publicarse, sino los utilizaba como borradores para su trabajo posterior. A veces los utilizaba como catarsis; los fragmentos aquí presentados son directamente traducidos de la edición original: Cahiers, 1957-1972″ (Gallimard, 1987. ) Obviamente hay una obscena manipulación de mi parte, en cuya premisa baso la creación de todas las tesis, las cuales son un ejercicio de ventrílocuo antes que una verdad objetiva que, por otra parte, ni siquiera existe.

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