Luna llena en las rocas, de Xavier Velasco

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El libro nos narra lo que María Conchita Alonso en su momento de mayor lucidez llamó una noche de copas, una noche loca. O varias. Más bien varias. Es una peregrinación noctívaga y licantrópica por los bares/antros/tugurios de, sobretodo, la antigua Tenochtitlan, hoy Ciudad de México, así como Aguascalientes, Tijuana y hasta Los Ángeles.

Alguna vez le preguntaron a Hank (Charles Bukowski) de qué hablaba su libro y él contestó que hablaba de todo y de todos. ¿Habla de mí, de mi esposa? Sí, contesta Hank. Este libro de Xavier Velasco entra en esa selecta colección de libros que hablan de todos; y es que ¿quién no lleva un borracho irredento en su interior? ¿Quién no ha terminado, por culpa del alcohol, en lugares inverosímiles? El que esté libre de pecado que invite la primera ronda. Mujeres, hombres y quimeras se dejan devorar por el hocico afilado de la noche, allí donde los trasnochados abrazan sus sombras y abrasan sus prejuicios. De hecho, en uno de mis pasajes favoritos del libro, nuestro amigo y humilde narrador nos habla de un bar de quincena; es decir, un bar a donde acuden todos los asalariados en día de pago y nos dice que la bruma etílica hace que se borren todos los rastros de niveles sociales. El contento del pago hace que, aunque sea por un día, el jefe y el empleado canten al unísono el himno de la ilusoria y siempre esquiva libertad.

Y es que el alcohol es lo que nos hermana, lo que nos permite crear puentes y no (risas grabadas) muros; las fronteras se convierten en posibilidades de traducción para que nuestra comprensión se expanda y nada ni nadie nos detengan. El alcohol es como una goma gigante que borra diferencias sociales, étnicas y sexuales; todos nos convertimos en hormigas bronceadas bajo la misma lupa. Igual de importantes a los ojos del mesero e igual de insignificantes ante los ojos del cosmos.

Los que hemos estado al lado de lo que Friedrich Nietzsche y La Sociedad de Travestís Morelianos llaman La estrella danzarina, que grita bailando bajo la lluvia Soy la reina de la lluvia, sabemos que las delicias de la madrugada son narrables sólo hasta cierto punto y que, en los albores de la alborada, todos chacualeamos en la misma calle. En esos estados de hiperlucidez, con la pupila dilatada, entendemos a lo que Michel Foucault se refería cuando decía que hay que desubjetivar al sujeto; el sujeto está sujetado, así que sólo podemos liberarlos a través del éxtasis etílico, sexual y/o campechano. El libro nos habla de esto y de muchas cosas más. Nos habla de sentirnos, también, de vez en cuando, Reyes de la lluvia, amigos de la sombras, sacerdotes del pecado.

En el sentido negativo, podría decir que el libro amigoambiental para el improbable pero no imposible lector mexicano, puede ser un poco corrosivo para el lector hispano en general; los neologismos a veces francamente achilangados, el sub-lenguaje callejero, el parloteo mexica, pueden ser un poco tortuosos para quien no esté aclimatado. En general se entiende lo que Xavier Velasco quiere expresar, además esa manera de escribir es lo que hace a sus personajes creíbles, pero incluso en mi caso tardaba algunos minutos en traducir los conceptos en mi mente y como quien escucha chistes de un alemán, me reía anacrónicamente mucho después de escuchar el chiste. Eso hizo que mi lectura fuera lenta pero segura. De todos modos lo recomiendo, pero eso sí, advirtiendo que este libro es como el vodka carísimo que se pide en un congal de mala muerte…, para paladearse despacio. No se dejen engañar por lo delgado, el libro tiene mucha sustancia.

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