Venereae Nihilismus

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Faltaban veinte minutos para la clase. Había llegado temprano porque, en honor a la verdad, la noche anterior me había puesto una borrachera tremenda y no había preparado clase. Nos tocaba Philipp Mainländer en nuestra clase de nihilismo y filosofía contemporánea. No había llegado nadie, no era para nada raro, los estudiantes llegaban media hora después de la hora de clases. Por eso y por otras tonterías, me sorprendió que tú llegaras apenas cinco minutos después de que entré yo al salón. Estaba sentado hasta atrás, en la última butaca, releyendo un poco de lo que enseñaría en la clase ese día. Abres la puerta sin verme, vas a tu butaca y dejas tu mochila verde sobre la paleta de madera. Estás empapada, son mediados de Julio y cae una tremenda tormenta, e incluso con un poco de granizo. Pero, dicen los que saben, el show tiene que continuar. ¿Y qué es un profesor de filosofía, acaso no es un showman? Leo, finjo leer pero de vez en vez atisbo por encima de mi libro, «Filosofía de la redención», Dios murió para que todos podamos existir. Tú existes porque Dios está muerto, es lo que diré. Su compañera existe porque Dios, que era la Unidad, se suicidó para que existiera lo múltiple, nosotros, yo, tú con tu infinita belleza. No me has visto, estoy hasta atrás del salón con una resaca horrible. Soy un hombre que pese a ser enorme se encoge, se retuerce de dolor de cabeza. No me has visto y te desvistes, ese sueño, esa alucinación. Tu cuerpo es delgado y frágil, me recuerda a la existencia misma. Sacas una blusa de tu mochila, pero alcanzo a ver, por los azares que nunca acabaré de agradecer, tu sostén morado entallando unos pechos pequeños y delicados, quebradizos pétalos de miel. Entonces entra el conserje, se dirige a ti y dice que la clase se ha suspendido por conferencia de un doctor. Gracias, digo desde mi invisibilidad. Ah profesor, dice el Conserje, no lo había visto. Tú volteas a verme con una mirada fulminadora. No se me ocurre un adjetivo mejor, «fulminadora». No digo nada, sólo sonrío. Tú me sonríes a la vez, con una mirada cómplice, ahora, como de acuerdo con ese inevitable caos que nos une. Sales por la puerta con tu mochila verde militar al hombro, yo salgo con mi portafolio. Nos vamos caminando juntos a la salida de CU. Por el camino me cuentas que es horrible la vida en casa de estudiantes, los problemas con tu novio que es, creo que sé, jugador profesional de fútbol pero todavía no le pagan ni un peso. Me cuentas, a grandes rasgos, de tus problemas económicos. Dices que eres de Puebla, que escogiste la Universidad porque es de las pocas que tienen casas de estudiantes.
Una vez llegados a la puerta de la Universidad, te invito a mi casa, a esas alturas, te lo juro, sin mala intención. Una cerveza para que me sigas contando tus penas y te ayude, en lo que pueda, citando incesantemente a los filósofos que he leído. Llegamos a mi cuarto, es pequeño, pero está apenas cruzando la calle de la Universidad. Un anciano gay me renta el cuarto por una cantidad básicamente ridícula. Ves mis cuadros colgados en la pared, regalos de mis amigos pintores y otros artistas. Ves mi colección de libros, me dices que se nota que leo mucho. Te digo que no leo tanto, pero trato de mantenerme al día al menos en mi área. Busco los cascos de caguama que tengo tirados por ahí, te digo que voy a la tienda, dices que prefieres esperarme, te quedas recostada en el sillón leyendo a Jaime Sabines. Cuando regreso, con ocho caguamas llenas, tú sigues leyendo. Es un libro bueno, dices. Te contesto que por eso lo tengo tan manoseado. ¿Entonces usted manosea mucho lo que le gusta, profe? Me preguntas con una mirada entre seductora y tímida. Sí, te digo, manoseo todo lo que me gusta, sobretodo libros. Bebemos.
Profe, ¿usted no tiene hembra? ¿Por qué es tan estricto? Me sorprende, a decir verdad, la pregunta. Me parece interesante el sustantivo «hembra» y un poco ofensivo el adjetivo «estricto». No respondo gran cosa, sólo digo que a un nivel académico como en el que estamos es natural evaluar de esa manera. Insistes en lo de «hembra». Te digo que no, no tengo, todas las mujeres pagan mal. Pagan mal cuando lo que les venden es muy poco, dices tú, seguido de una carcajada que hace retumbar las quebradizas paredes de mi cuarto. Decido poner música, mejor, algo de Wagner. Bebes y bebes. Voy por más cerveza. Vas al baño, cuando regresas me pides un cigarro pero confiesas, acto seguido, que no sabes fumar. Trato de enseñarte, te mareas. Observo tus labios, mojados, dulces, de un rosa natural. Usted ya me vio encuerada, profe, dices. Sólo vi un poco, digo, sólo te cambiaste de blusa. Pero usted quisiera ver más, ¿no?, preguntas entre seductora e incrédula. Me gustaría, confieso ya con la suficiente cantidad de alcohol encima como para dotarme de valentía. Es usted un pervertido profe, me dices, usted está en la Universidad para guiar mis pasos hacia la grandeza, quiero ser investigadora, sé que muchos no me consideran inteligente pero les pondré la muestra por juzgarme antes de tiempo, continúas. Yo te considero inteligente, miento. La verdad sólo quiero quedar bien y te das cuenta. Usted dice eso porque me quiere coger, es como todos los hombres. ¿Todos los hombres te quieren coger?, replico. Supongo que no todos, muchos respetan a mi novio, es un gran jugador de fútbol y muchos en la facultad son amigos suyos. No es mi amigo, te digo. Haces bien, dices ya perdiéndome el respeto y dándole un trago a tu caguama, es una mierda. ¿Si es un mierda por qué estás con él? Pregunto. Porque es un deportista y me encantan los deportistas, además de vez en cuando dice cosas interesantes. Entiendo, te digo, y me voy al baño a mear.
Cuando regreso estás un poco dormida, como ensoñando, en ese estado en que no sabes si es real o ficticio el amor. Comienzo a acariciar tus piernas, las abres, tu pantalón es de mezclilla azul. Toco tus muslos y comienzas a hacer sonidos extraños, llego a tu coño y tú te resistes. Ahí no, profe, que no respondo. Acaricio tu coño por encima del pantalón y abro tus pantalones, comienzo a acariciar tus pechos, son pequeños en mis manos de ogro. Noto tus pezones erectos, no sé si por el frío o por la excitación. Aprieto tus pezones por encima de la blusa, dices que no, que me detenga. Me detengo. No sé, profe, esto está mal. Usted es mi profe y yo tengo novio. Entonces te digo que bebas otro trago, así lo haces, un trago largo, terminas con la caguama y te doy otra. Ya no sé si pueda beber más, profe, me confiesas. Una más, no pasa nada, y te pongo diez por no importarte nada más que el instante. Bebes, otra vez largos tragos. Meto la mano en el coño, por abajo del pantalón que ya había desabrochado. No, profe, no me agarre la vagina, no, por favor. No hago caso y sigo acariciando por debajo de las bragas. Noto tu humedad. Me llevo los dedos a la boca, los chupo, sabes delicioso. Profe, ya no hay cervezas, dices. Volteo a ver el suelo y, en efecto, ya no hay más bebidas. Te digo que no me tardo, voy por más.
Cuando regreso estás preparándote para irte. Te digo que te esperes un poco, una cerveza más y yo mismo te llevo a tu casa. Bebemos una y dos y tres. Esta vez he llevado un six porque el dinero se me está agotando. Comienzo de nuevo el ritual de meter mano, disimuladamente. Desabotono de nuevo tu pantalón y parte de tu blusa. Tus pechos pequeños y erectos se vislumbran en una alucinación etílica. Te invito a la cama, dices que no quieres. Te vuelto a invitar y te recuestas en la cama. Saco mi verga, la tallo levemente contra tus labios vaginales, dices que no, por favor, no, que soy tu profesor y que tienes novio. Eso sólo me inocula de carácter demoníaco. Me suplicas que no, pero igual agarro tus pechos, esos pechos pequeños y delicados que vengo anhelando de tiempo atrás. Aprieto tus pezones, eso te hace despertar. Luego lanzo de nuevo un ataque, silencioso y siniestro, lanzo mi verga henchida contra tu pequeña cueva. Lanzas un aullido y me suplicas. Lanzo una embestida con más fuerza, desgarrando tu interior. Sé que tienes novio, pero siento como si fuera tu primera vez. Tu himen está apretadito, como un caracol que se enrolla en sí mismo. Te penetro, mi verga entra una y otra vez dentro de ti, sientes las venas de mi miembro hinchando de resplandores nuevos el amanecer. Me pides que no. No escucho tu súplica, abro tus piernas y te embisto frenético, como animal, hasta dejar un buen charco de semen dentro de ti. Te pongo de espaldas, comienzo a besar tu espalda baja, la sede donde sucede todo. Beso y muerdo tus nalgas, meto mi lengua dentro de tu ano en un delicioso y perverso beso negro. Te retuerces y siento cómo mi verga crece de nuevo. Por el culo no, por favor, por el culo soy virgen, suplicas. ¿Por qué le das valor a algo sin valor? Esta es la clase de nihilismo, replico, te atraigo hacia mí y te penetro, de lleno, por el culo. Una sacudida, miles, hasta que dejo tus nalgas inundaditas de semen. Al otro día te despiertas con resaca y completamente desnuda, la música sigue sonando y yo preparo el desayuno. No preguntas nada, sabes que toda respuesta es una metáfora.

2014

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