Altagracia

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I

La vida tendría que ser más que un sueño –pensaba él mientras se servía otra copa de vino. Algo así como el vuelo de un colibrí, o el poema que se le recita a una muchacha a las tres de la mañana mientras su esposo no está. La picardía del encuentro, el canto del cenzontle, el reparar de un caballo. Él estaba convencido de que la vida tendría que ver, de una forma u otra, con el caballo, el animal más vitalista y majestuoso que ha podido existir.
La vida tendría que ser más que la sombra de un jaguar –pensaba ella, mientras, recién bañada, se cepillaba el cabello y ligeras gotas de agua se adherían con fuerza a las cerdas del cepillo. Se figuraba ninfa, aunque no conocía a las ninfas y nunca había leído de ellas. Su esposo, un hombre de reconocida fama, le hablaba, de novios, de ninfas y centauros, de filosofía y hasta, porque algo de ocio ha de tener uno en su vida, literatura. A ella no le gustaba leer, no porque no le gustara aprender, sino porque para ella todo tipo de conocimiento tendría que tocarse, olerse, oírse, sentirse, saborearse. Desde que era niña, si quería saber qué había dentro de las ranas, agarraba la hoz de su papá y cortaba a la rana a la mitad para ver, oler y sentir las entrañas del anfibio. Igual pensaba de su esposo, ¿qué tendrá en su cabezota? Pero sabía que no podía utilizar los métodos tradicionales de investigación y resignarse, pese a la humillación que suponía, a la mera intuición.
Él sí, él se podía pasar horas y horas como mirando a la nada, con la mirada perdida y el cerebro frito. Había decidido deliberadamente vivir en el rancho, pese a ser un hombre instruido y de dinero, y haber viajado a catorce países en su vida. Es algo que su futura viuda siempre le echaba en cara, Te crees mucho por los catorce países que has visitado, lo decía, de verdad, sin celos, porque para ella catorce era el doble de siete y siete entre siete era uno y uno por cero era cero y nada más. Todo una pura habladuría. Él, por otra parte, sólo utilizaba el recurso de los catorce países cuando se veía perdido ante los argumentos contundentes que su mujer le lanzaba para que le diera de comer a los puercos o recogiera el rastrojo, no le quedaba más que decir que él había visitado catorce países… A veces, mientras lo decía, ya llevaba medio camino recorrido rumbo al corral o rumbo a la milpa. Vivían, pues, como familia campesina, en una casa bonita y acogedora, pero que en su estructura era simple y funcional. Pragmática, sin adornos ostentosos, más que los que el marido tenía en su “cuarto de recuerdos”, que también servía de biblioteca y escondite.

II

La vida como un flujo incesante de atropellos y angustias, algunas alegrías, por qué no, sólo por equilibrar el devenir otrora apocalíptico. Desde hace unas décadas le parecía que el tiempo no avanzaba, ni siquiera, oh tristeza, hacia la destrucción. El tiempo estaba detenido en un presente eterno, una cárcel metafísica de la que ni él ni nadie saldría vivo. Todos queremos, él lo comprendía bien, ser los testigos del exterminio general, pero eso era una promesa tan vana como lo era la promesa de la salvación. Estaba destinado a no salir de esos huesos que no cambiaban y que se cansaban, cierto, pero sólo de tanto no cambiar. Es lo que mata, ese tanto ser los mismos, ese cruzar al otro lado del puente y llegar a la misma orilla de la que se partió. La vida como una camisa de fuerza. Tal vez por eso él nunca quiso tener hijos. Después de un tiempo ella tampoco quería, al escucharlo hablar, o al leer de contrabando lo que había escrito la noche anterior a la luz de una vela, ella comprendía que él no sería un buen padre. Y ella, al cabo recia mujer de campo, no quería tener hijos con otro que no fuera él, y si no era él, entonces nadie. Después de un tiempo nadie quería hijos y se acostumbraron, como se acostumbran ciertos animales en cautiverio, a compartir sus dolores, sacrificios y pensamientos. Eso es una metáfora del amor, o si no era amor, al menos era a un mismo tiempo tan maravilloso y doloroso como el amor.
Voy a caminar –decía él sumiendo la panza frente al espejo. Se había convertido en un ritual quejarse de su físico pero no hacer nada al respecto. La enunciación de algo no basta para que ese algo sea verdadero, cuando uno hace promesas que no puede cumplir las palabras regresan para apedrear el espíritu. Su espíritu, pese a esas indiscreciones del lenguaje, era fuerte como un búfalo en medio de la noche. Nadie sabría, antes o después, todo lo que aquel hombre podría hacer y que no hizo por puritita ética. Él sabía que si afectaba la vida de una persona, para mal o para peor, afectaría la vida de todas las personas, para mal o para peor. Habría que aclarar, por formulismo, que él pensaba que no se le podía hacer bien a las demás personas, sólo se les podía hacer mal disfrazado de bien. Eso no le impidió, porque contra la orquesta de los sentidos poco puede hacer la razón, invitarla a bailar, a ella, su amada esposa. La había condenado, de eso estaba seguro, a vivir al lado de un hombre amargado, que no deseaba hijos y que, hasta antes de conocerla, tampoco creía en el matrimonio.

III

-Me llamo Merengano, soy el tercero de diez hijos. Soy de la familia tal, me dedico a tal y me gustaría invitarla a bailar.
-Me llamo Altagracia, soy hija única. Mi familia es aquélla, me dedico a hacer queso y no acepto tu invitación.
-No sé bailar.
-¿Por qué querría bailar con alguien que aparte de estirado, no sabe bailar?
-¿Estirado?
-Riquillo y ridículo
-He visitado catorce países
-Le he dado catorce vueltas al corral de las gallinas y, para mí, eso tiene el mismo valor.
-Comprendo, pero ¿puedo sentarme con usted?
-Con usted sí, conmigo no.
-¿Me puedo sentar contigo, Altagracia?
-Enséñame tus manos. Por el otro lado.
-¿Ahora sí me puedo sentar contigo?
-Sí
-¿Hace mucho tiempo que vives en el pueblo?
-Desde que nací
-¿Por qué eres tan rejega conmigo? Ni siquiera me conoces.
-Por eso, porque no te conozco, cuando te conozca seré peor.
-Muy bien Altagracia, me retiro. Me agrado charlar contigo.
-Adiós.

III

Él supo, desde un primer momento, que ella era una mujer a la que no se le podía mentir. Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella, esa fuerza para desnudar las palabras o dicho de otra manera, esa irresistible inercia que convertía a las palabras en hechos o, inmediatamente, perdían su valor. Recapituló, por un capricho de la memoria, a todas sus novias, lo fáciles o difíciles de conquistar por medio de sus laberínticos discursos retóricos. Altagracia era algo más, un espejo que se colocaba frente a ti para verte en tu justa dimensión, pequeñito, pequeñito ante un universo que constantemente te devoraba, te aniquilaba y que, arrogante y altivo, ni siquiera cambiaba su curso por tu presencia o ausencia. Él se arrojó a la cama y lloró durante tres días y tres noches, por su insignificancia, por ser un gusano o peor que un gusano, la hormiga que cualquier niño travieso podría incinerar. Lloró por haber nacido hombre, por no haber nacido piedra o caballo, lloró porque la vida es una culera que no deja de dar chingadazos, por la banalidad del conocimiento y los libros que había leído, por sus catorce países visitados, por lo hueco de sus novias, por lo contingente de sus amantes, por la indiferencia de sus padres, porque se pudría de tantas cosas que tenía y de tan poquitas que necesitaba. Decidió, porque oscuros son los canales de la revelación, estudiar para ser profesor y quedarse a vivir ahí, en ese mismo pueblo, para siempre y, de preferencia, al lado de Altagracia. Pero decidió también, respecto a ella y respecto al amor, que si las cosas no salían como las planeaba, lo miraría de lejos y convertiría su conocimiento en práctica activa y directiva, transmitiría su sabiduría, si alguna tuviera, a los niños de aquella comunidad que, para saber lo que una rana tenía adentro, la partían a la mitad con la hoz de sus padres.

IV

Habían pasado siete infernales primaveras desde aquella tarde en que casi muere de una insolación. Regresó a casa bien chamuscado, como un niño pequeño, cargado en los brazos del vecino. Altagracia, apenas lo vio y se le fueron los colores del alma. Lo atendió con la fuerza y eficiencia de mil enfermeras juntas, rápido lo hizo volver en sí y recuperarse. Él no sabía qué trataba de demostrar o para qué o para quién, había trabajado de sol a sol porque trabajar se sentía mejor que pensar. Y él pensaba mucho, pongo a Dios como testigo, de que él pasaba horas y horas pensando, del cerebro le salía el humo y de la nariz los pelos. Altagracia en cambio siempre había sido una mujer de acción. Si ella hubiera estado un solo instante dentro de la cabeza de su marido, se hubiera mareado de tantos pensamientos y hubiera hecho la sana expurgación del vomito. Su marido que vomitaba poco y pensaba mucho, también tenía un malestar interno, como si miles de alacranes metafísicos le picaran los huesos y no hubiera mezcal en el mundo que contrarrestara el veneno. Por eso había decidido trabajar cortando mazorcas y sembrando frijol. Si algo le gustaba del trabajo era su capacidad para dejarte la mente en blanco: qué pureza, qué tranquilidad, qué sencillez. Él también tenía derecho a sonreír de vez en cuando, a sentirse bien y a gusto con el universo. Por eso, saliendo de su trabajo de profesor, continuamente seguía con su trabajo en el campo, largas horas que se hacían cortas con un trago de pulque. Sin embargo, aquella tarde del infortunio, porque le faltó pulque o porque le sobró sol, los dioses se pusieron de acuerdo para darle con una honda en la cabeza.

V

La vida era más que el tormento compartido del amor; la visión que desnudaba la huida, el punto de fuga que tira pedradas contra la nada. Golpes contra el vacío, el espacio recreativo del éxtasis. El amor tenía que ser más y era más, la dulce comunión de los venenos, una contradicción hermosa, un malentendido espléndido. La vida era más que la interrelación de la lucidez descarnada que supone la austeridad pulcra del desvelo amoroso. Esa visceralidad innata de abordar el abismo desde el punto de vista del beso; ese desfile de navajas, ese huracán de estrellas filosas clavándose lentamente en la sangre. La vida era más, lo sabrían hasta la muerte.

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