Minerva

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No distingo el sentido de sus palabras. Me fascinan sus ojos y su boca, esa boca descolorida, mal pintada. ¿Sabe que me siento inmóvil y prendida, perdida en ella? Se estremece de frío bajo la ligera capa de terciopelo.*

Yo no sé del tiempo: esa espora que se pierde. Abro tu blusa despacio, busco tus pechos. Miras mi verga erecta, las pequeñas venas hinchadas como gruesos cables de electricidad. Empuñas lo que te queda de alma. Me montas, te vienes.

Tu boca es blanca como la nieve que rompe el silencio de la casa. La ceguera. Un deseo. Tu boca y los pistilos del deseo, sueños marítimos donde tu mirada se expande para guardarme, para arrullarme. Yo me siento un bebé en tu mirada, una estrella que flota en el líquido amniótico de la tranquilidad.

Ninguna palabra es lo que parece. Todas las palabras son asesinas disfrazadas y, algunas, más putas que tú, amor. Me fascina la lluvia, me encanta el sabor de tu vagina cuando es la significancia del signo de mi lengua: una correspondencia, una interpelación por la puerta trasera. Te levanto la falda en el callejón más oscuro de la ciudad para romper toda la literatura de la Humanidad con tu gemido y después con tu grito. Mi lengua es una navaja. Mis dedos son un revólver. Mis uñas son estiletes. Mi deseo es…

Entierro tu recuerdo en el viento mientras me masturbo. Un montón de pétalos caen a mis pies.

Pero miento. Lo adorno. Mis palabras no son lo suficientemente profundas, ni lo suficientemente salvajes. Disfrazan, ocultan. No descansaré hasta haber relatado mi descenso a una sensualidad que era tan oscura, tan magnífica, tan salvaje como mis momentos de creación mística han sido deslumbrantes, extáticos, exaltados.

… Abro tu blusa despacio y acaricio esas amapolas dormidas, su botón de naturaleza salvaje, su canto mudo, su sabor, su miel primigenia, su arquitectura casi de animal mitológico, dos sorbos de eternidad. Ensalivo la memoria de los pezones con mi saliva ácida: así diluyo las huellas.

Me arrastro hacia ti como un reptil para beber un poco de tu entrepierna. Me arrastro porque me has arrancado los pies. Me atiendes, con tu antifaz, abres tus piernas, dulce rincón perfecto de sabores. Yo aprieto tus nalgas y digo tu nombre al oído. Haces el amor con la logomaquía.

En la imaginación la sangre lame las rocas.

Los vidrios te cortan la piel: el filo como verdad infinita.

Soy un pájaro en el horizonte de tu conciencia.

Erosiona de tu boca el gemido, el pequeño agujero negro donde ha estado, sin que te des cuenta, mi pene. Y te gusta lamerlo despacio, como una zorra de lengua rasposa, te gusta darle golpecitos en el glande, te gusta meterte mis testículos y saborearlos… Te gusta tragarte mi semen, una orgía de sabores, aromas, hipostasis.

Eres un sueño de heroína dentro de mis venas. Eres una Uma Thurman cabalgándome.

Allendy afirma que si bien aparentemente buscaba dominación, crueldad y brutalidad en Henry (lo encontraba en sus escritos), el instinto me decía que había suavidad en él, y que aun cuando parece que me sorprende que Henry sea tan gentil, tan escrupuloso conmigo, ahora me alegro. He conquistado de nuevo.

Yo no he hecho nada –dices tú, con una sonrisa escondida, una mirada perversa que adivina las dimensiones exactas de mi excitación y te excita también. Te gusta saberte deseada, lo saboreas; hueles el vendaval de mis hormonas; tú mejor que nadie sabe que no me detendré, que mi ternura es un infierno y mi perversión un paraíso. Tú mejor que nadie sabes que soy, en realidad, un asesino… Un asesino de la monotonía.

Luces sorprendida y me gusta tenerte así: con la boca abierta, lista para recibirme.

El deseo nos mantiene vivos, patéticamente vivos.

Así que ponte tu mejor vestido y baila para mí. Juro hacerte daño. Juro romperte el corazón. Juro olvidarte. Juro deshecharte. Juro largarme. Aunque tú no lo sepas, yo sé que te gusta estar sola.

Te encuentro dentro del tren de la memoria, en una cabina. Te bajo los calzones y meto el dedo de en medio en tu sexo, suavemente. Luego un dedo más, el anular y finalmente el índice. Señalo tus profundidades porque son tus profundidades el objeto de mi deseo: ese encuentro que hemos prolongado y por el cual no puedes dormir ni tú, ni yo.

Vamos a incestar hija de mi pecado. ¡Sé conmigo la más pervertida de las mujeres para poder estar orgulloso de ti!

Anoche, después de beber una botella de «Anjou», Henry habló de su dificultad en pasar de tratar gentilmente a una mujer a cortejarla. O bien conversa con ellas, o bien se lanza sobre ellas y ataca ciegamente. La primera experiencia sexual la tuvo a los dieciséis años en un burdel y cogió una enfermedad. Luego vino la mujer mayor con quien no se atrevía a tener relaciones. Cuando ocurrió quedó sorprendido y se prometió a sí mismo no volver a hacerlo. Pero ocurrió y él continuó temiendo que no fuera correcto. Anotó el número de veces, con fechas, como un registro de conquistas. Tremenda exuberancia física, juegos, trucos, peleas.

Retuerzo la retórica de mis días como retorciendo el cuello de un cadáver; tu nombre ancestral camina sobre mi nombre, tu hambre ancestral, como sobre agua, y multiplica los panes de la tempestad.

La lluvia nos despierta a otros mundos, nos catapulta con el silencio a cuestas.

Ayúdame a meterme en los huesos de la vida, ese esqueleto me queda grande; me cuesta trabajo respirar sin las ololiuqui de tu boca.

Tomamos trenes paralelos a un mismo deseo.

Nos envolvemos en la niebla de las palabras para protegernos de la moral del mundo, de sus escuálidos temblores. Yo te sueño y en mi sueño tú sueñas al poema que me sueña: realidad.

Tomamos estrellas, su jugo; fumamos estrellas, su humo; y somos fugaces cayendo sobre la copa de vino, como la muerte.

Tiene un cuerpo grande y arrollador, como el de John. Me abraza con tal fuerza que casi me ahogo. Su boca no es tan voluptuosa como la de Henry y no nos comprendemos, pero permanezco en sus brazos. «Te voy a enseñar a jugar —dice—, a no tomarte el amor tan trágicamente, a no pagar un precio tan alto por él. Lo has convertido en una cosa demasiado dramática e intensa. Ahora será agradable. Siento un fuerte deseo de ti.» Detestable sensatez. Lo odio. Mientras habla, bajo la cabeza y sonrío. Me sacude y me pregunta qué estoy pensando. Lo que quiero es llorar. Aspiraba a este tipo de relación y ahora la tengo. Allendy es equilibrado, poderoso, pero lo he disgustado. Primero he hecho que me ame para luego traicionar su amor. Si esto es felicidad, no la quiero. Se da cuenta de mi reacción. «¿Te parece insípido?» Sólo su cuerpo me fascina.

En ti crecen mis ojos como figuras geométricas de impulsos, la mirada se hace voz y la voz un relámpago que lame el cielo. Hemos nacido en algún antiguo rincón del corazón del Diablo, crecimos con la perversión inflamando los suspiros. En ti crecen los signos de mi excitación hasta que resbalen por tus nalgas… Abre las puertas de los huesos y déjame comprimir tu tuétano mientras la noche nos forcejea hasta rompernos…

No me extraña que Henry y yo sacudamos la cabeza ante nuestras similitudes: los dos odiamos la felicidad.

El verano está hambriento de ti; tiene tu dulce boca engullendo la verga de luz plateada: solares suicidas. Mi sexo que ya es tuyo, como una flor que se quema hasta volverse ceniza de deseo, sombra; algo intangible pero tan real. El verano está hambriento de ti: de tus muslos, tus nalgas, tus pechos firmes, tus caderas; al amparo de la poesía. La noche dura lo que dura el gemido que inyecté en tus venas, esa danza misteriosa que ejerzo en tu conciencia con ganas de lamerte el clítoris como un animal y seas mi cacería.

Ya es de noche –dijo ella mientras observaba la noche pasar por el tren inmóvil. El vagón eternamente estacionado en el abismo. El seguía dentro de ella, bombeando. El sacó la verga de los labios vaginales ya casi destrozados y le eyaculó la cara.

Luego vino otro y le comenzó a meter el pene en la boca; nadie lo detenía, casi como un ataque epiléptico. Los ojitos de ella comenzaron a humedecerse de amor, de sueños y piedad. Él Otro continuo su marcha frenética, su libido descontrolado. Ese pene de 26 centímetros entró hasta casi matarta, hasta asfixiarla y la hubiera matada si no es porque la quería oír gemir después. El Otro le eyaculó la garganta.

Hizo que ella se tragara el semen, como las mujeres se tragan el verano y le dan paso al Otoño. Luego apareció el también yo. Hundió su lengua en el agujero del culo, lo chupo con una avidez aterradora. Mientras chupaba aquel culo, encajaba las uñas hasta hacerlo sangrar. Sacó de su mochila un garrafón con lo que parecía ser agua natural, sin más. Se echo en la mano y poniendo la mano sobre el Ojo de Sodoma, dijo, yo te bendigo. Para después penetrar con una verga de 22 centímetros. Bombeo hasta que eyaculó. Y así, apenas se retiro El también yo, apareció El último.

El tiempo se hizo geométrico, una avalancha.

Él último le beso los labios con dulzura, le acarició el cuerpo como nadie más lo había hecho. Él la amaba, sus ojos, sus labios, su cuerpo, eran todo el motivo de su existencia. Si, a pesar de todo, él resistía, era porque la amaba, en secreto, como un loco. Él último, sin embargo, también la penetró, por el vagina y la preñó de estrellas.

Ella ha muerto. Y él también. Pero sus hijos iluminan cada noche el cielo.

Soy la más corrupta de todas las mujeres porque en mi incesto busco el refinamiento, el acompañamiento de hermosos cánticos, de música, para que todo el mundo crea en mi alma. Con rostro de virgen inmaculada, todavía trago a Dios y semen, y mi orgasmo se parece al clímax místico.

*Todo lo que está en cursivas es del texto “Henry y June” de Anaïs Nin. EMECÉ EDITORES, S.A.

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