Ella no era de aquí

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Ella no era de aquí, aunque habitaba bien el traje del viento, aunque caminaba despacio sobre la piel de la música que se evocaba en rictus desde lo profundo de las bocinas del auto. Corría de mi alma a su alma un aire gélido, envuelto en las sonrisas sardónicas de los demonios despiadados. Ella era como el prólogo de un libro de filosofía existencialista, y nos miraba a todos, ¡pobres de nosotros!, como si viviéramos sumidos en el sueño dogmático de la vida eterna. Yo le hablaba de aquél canal de aguas turbias donde jugaba de niño, donde sanguijuelas se pegaron a mí y no sabía por qué (conocí el amor mucho después) y donde secuestraba pequeños peces de agua puerca y uno que otro ajolote. En aquel lugar yo había pasado encantadoras horas jugando, pero ella sólo me hablaba del museo de Louvre y de las pirámides de Egipto, y mi pequeño canal de aguas turbias parecía aburrirle a sobremanera.
Ella no era de aquí, aunque cabalgaba bien el ritmo de la noche de diciembre. Era glacial, blanca transparente como la verdad incómoda, tan inoportuna en el devenir cósmico como oportuna en el anhelo erótico de un monstruo. Sus ojos eran como dos Romas incendiadas, y caminaba como si fuera la musa cinematográfica de Roman Polanski. Me parecía muy guapa, con sus grandes ojeras y sus pesados libros. Su alma era como el índice del libro del tiempo perdido de Proust. Y yo le hablaba, de aquel día en La Nopalera, un pequeño ranchito, donde mi papá era maestro rural. En La Nopalera había un pequeño estanque para cazar ranas, así que yo pasaba mi tiempo pescando ranas, montando a caballo y comiendo pan de pulque. Era encantadora la vida en el campo, el aguamiel y el olor tan penetrante, como un zumbido en los pulmones. Sin embargo, ella me hablaba del Cristo de Corcovado y de Heidegger e, hipnotizada por la verborrea barata alemana, le parecía aburrido mi relato sencillo y claro.
Ella no era de aquí, pero a mis familiares y amigos les hablaba de tú, y a todos les caía bien; era como un asesino profesional, que se sienta a comer con su víctima antes de matarla. Contaba chistes y todos reían, era alta y de ojos claros, sus labios eran peligrosos como el capitalismo de Marx y su cuello era como de porcelana, como si Venus de Milo también fuera obra de Miguel Ángel, su cuello era la perfecta armonía y forma. Parecía reír cuando lloraba y parecía llorar cuando reía; sus dedos sobre la mesa parecían interpretar summertime de Ella Fitzgerald a pesar de que estábamos en pleno invierno. Ella quería salir al mundo, yo quería entrar en mí mismo; sólo se abren al mundo aquellos que nunca han nacido, abortos espirituales de poca monta, no saben lo que desean cuando desean vivir, porque ese es otro eufemismo para la pesadilla. Sin embargo ella me inoculaba, como recetas de cocina, frases de miles de pensadores, desde Protágoras hasta Kafka, sin titubeos, sin tomar un poco de aire para respirar. Entonces vislumbré detrás de su sonrisa la verdad feroz: ella creía aún en el mejoramiento del mundo.
Ella no era de aquí, todos éramos ignorantes pero era ella la que creía en un mundo mejor. Todos éramos trogloditas pero era ella la que votaba. Todos éramos insensibles al arte, pero ella asesinaba animales por diversión. Todos creíamos en Dios, pero ella creía en una abominación mayor: la humanidad. Yo tenía mis glándulas y mi ocio, ella sus libros y su estúpida devoción al trabajo, yo creía en el sexo y ella en la sociedad, yo era un espectro de ajedrecísticas supersticiones, ella era un ser humano de razonadas certezas. Y cuando nos fuimos, porque al final del amor siempre hay que irse, nos llevamos algunos recuerdos y buenas enseñanzas. La diferencia fue que ella lloró, y yo sólo me encontré con una que sí es de aquí…

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