Las aventuras del señor González III

—Hola, hola, ¿hablo con el Señor González?
—Hola, sí, soy yo, ¿qué se le ofrece?
—No voy a ir a trabajar.
—¿Podría explicarse?
—Estoy enfermo
—¿Quién es usted?
—Soy su ángel de la guarda. Tengo una enfermedad llamada alcoholismo.
—¿Qué clase de broma es ésta?
—Ninguna broma, el alcoholismo no es ninguna broma.
—Para empezar, si usted es mi ángel de la guarda tiene como veinte años de no trabajar conmigo. Y sobre el alcoholismo, sólo le dicen enfermedad aquellos que les gusta hacerse las víctimas; todos sufrimos, a todos nos gusta beber, pero no todos nos hacemos las víctimas ni todos somos hipocondríacos.
—Diecinueve
—¿Eh?
—Tengo diecinueve años de no trabajar para usted. Usted se hizo ateo.
—¿Así funciona? ¿Si soy ateo nadie me cuida? ¿No será que un ateo necesita más cuidados todavía?
—¿Recuerda por qué?
—¿Eh?
—¿Recuerda por qué dejó de creer?
—Porque murió mi abuelo.
—Sí, y dijo que Dios no existía o que si existía era un hijo de puta y que no valía la pena creer en él. Después de eso no pude seguir trabajando para usted. Usted es sólo la persona que protejo, pero Dios es mi máximo jefe.
—….
—Creo que usted es bueno, que tiene un alma buena.
—¿Entonces por qué me abandonó? ¿No basta ser bueno para agradar a Dios?
—No lo había pensado así…
—De todos modos, ¿a qué viene ahora su llamada?
—Sólo quería justificarme, en cierta forma estoy aquí sólo, en un asqueroso departamento y quería saber cómo está usted. Además en estos días le llegará un formulario que tiene que llenar sobre mi rendimiento, si no lo apruebo, no me darán bono de Semana Santa.
—Ah, ya veo el meollo del asunto… Usted quiere que mienta, que mienta para protegerlo a usted siendo que usted no me ha protegido a mí durante muchos años.
—¿Qué tal la vez que lo salvé de que se lo comiera la perra Dulcinea?
—¿Qué tal cuando dejó que me golpeara ese niño de sexto año, cuando yo iba en segundo? De seguro ese día andaba usted borracho y tampoco vino a trabajar. Si lo pienso bien, usted casi nunca me ha ayudado. Eso pondré en el formulario.
—No importa, hoy tampoco iré a trabajar…
—¡El alcoholismo no es una enfermedad! Es un gusto, beber, es un placer, una delicia, un gusto, tan fácil de controlar como todo lo demás. Al gusto por los pasteles uno no le llama enfermedad. Sólo dicen que es una enfermedad por débiles e insulsos.
—¿E hipocondríacos?
—Sí, por pinches hipocondríacos.
—¿Qué es eso, Señor González?
—¿El qué?
—Hipocondríaco
—Significa que una persona se inventa enfermedades que no tiene.
—¿Es una invención mental?
—Sí…
—Más o menos como todas las enfermedades…
—…
—No soy tan tonto Señor González, algo sé. Algo sé. Mi principal deleite es beber, pero el segundo es leer.
—¿Leer? ¿Qué lee?
—Al marqués de Sade…
—Probablemente sí sea mi ángel de la guarda
—J aja já le dije señor González. Señor González, usted perdone, ¿no tendrá algo de dinero que me preste para curarme la cruda?
—Nos vemos en el tabledance llamado Éxodo que está enfrente de CU.
—¿Usted no tiene que ir a trabajar o algo?
—¡Tabledance, dije!
—Ok…

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