Ensayo sobre Gadamer

9788430104635[1]

En las páginas siguientes se esbozará, de manera general, el capítulo nueve de Verdad y Método (VYM) de Hans Gadamer, en cuál es médula de su trabajo sobre hermenéutica filosófica. El capítulo se titula La historicidad de la comprensión como principio hermenéutico, y aborda la principal problemática de su pensamiento.

1. El círculo hermenéutico y el problema de los prejuicios.

El principal objetivo es hacer justicia a la historicidad de la comprensión. Para ello, Gadamer retoma el círculo hermenéutico desarrollado por Heidegger, pero lo corrige. Es decir, nuestro autor comienza reconociendo la validez del desarrollo hermenéutico que hizo Heidegger en Ser y tiempo, pero agrega algunos conceptos más que serán clave para la estructura de su pensamiento, como, por ejemplo, el concepto de prejuicio. La exposición central de esta primera parte, nos remite a la idea de que el que quiere realmente comprender, debe dejarse decir algo por el texto. Como yo lo entiendo, lo que Heidegger propone es, a fin de cuentas, un choque con el texto. Los conceptos previos del investigador han de ser comprobadas en las cosas mismas, a sabes, en el texto; el texto ha de delimitar los conceptos previos del investigador anulándolos, al menos que éstos no sean arbitrarios. Lo que Gadamer propone es una alteridad con el texto, cuya “receptividad […] presupone […] una matizada incorporación de las propias opiniones previas y prejuicios” (VYM: 335-6) Es decir, el investigador debe hacerse cargo de sus anticipaciones, debe hacer un reconocimiento de su carácter prejuicioso; sólo así nos introducimos de lleno al problema hermenéutico. En seguida Gadamer aborda algo sobre lo que se ha discutido bastante, a saber, el prejuicio de la Ilustración que dice que hemos de acabar con todo prejuicio. Así voltea el concepto peyorativo de prejuicio contra la Ilustración misma, al decir, que la ilustración tiene un prejuicio contra toda fuente de mando; es decir, la Ilustración señala que hemos de basarnos en nuestra propia razón y deshacernos de cualquier otra fuente que pueda señalar el rumbo de nuestra vida. Nos hemos de dejar guiar sólo por la razón: este es el prejuicio ilustrado, pues la razón termina siendo, en última instancia, un valor absoluto al que seguiríamos ciegamente, es decir, aquellos valores absolutos contra los que luchaba precisamente la ilustración. Pero esto no es lo importante, lo importante es que Gadamer rehabilita el concepto del prejuicio diciendo que por su mismo concepto no podemos decir que sea un juicio falso, sino que no puede ser valorado positiva o negativamente. Cuando la ilustración intenta comprender la verdad lo hade fuera de todo prejuicio, pues la fuente última de autoridad es la razón; sin embargo puede que haya, dice la Ilustración alemana, “prejuicios verdaderos”, pero este carácter de verdad desde la razón misma no puede ser comprobado. Lo contrario a esta posición, será la romántica en donde el mito se torna directriz del conocimiento. El romanticismo apela por una sabiduría originaria, desde los mitos, pero dice Gadamer que la “sabiduría originaria no es más que la otra cara de la ‘estupidez originaria’”(VYM: 341) El problema centro que plantea tanto la ilustración como el romanticismo es que tratan de aprender (aprehender) la historia, acomodarla a sus propios modelos, convertirla en objeto para así dominarla, y lo que planteará Gadamer es evidentemente distinto, nos dice que “es la historia la que nos pertenece, sino que somos nosotros los que le pertenecemos a ella” (VYM: 344) No nos podemos comprender a nosotros mismos en una autoreflexión, sin darnos cuenta que ya desde antes nos estamos comprendiendo desde la familia, la sociedad, el Estado, etcétera. Por eso nuestros prejuicios no son juicios ni positivos ni negativos, más allá de eso, nuestros prejuicios son “la realidad histórica de nuestro ser” (VYM: 344).

2. Los prejuicios como condición de comprensión.

En este segundo aspecto es importante tomar como punto de partida que los prejuicios son parte de la realidad histórica misma. Aquí tomamos como punto de partida que los seres humanos somos finitos e históricos a la vez, y por esas mismas razones debemos rehabilitar el concepto de prejuicio y decir que, de hecho, existen prejuicios legítimos que nos conectan con la tradición. El punto de partida de la Ilustración dice que los prejuicios son malos porque son consecuencia de la autoridad y, viceversa, que hay autoridad porque hay prejuicios. Este hecho es irrefutable, pero lo que Gadamer añade es que este hecho no excluye que los prejuicios sean también fuente de verdad. Así Gadamer no sólo rehabilita el concepto de prejuicio, sino también el de autoridad, no entendida, como lo entiende la Ilustración, como sumisión ciega, sino como reconocimiento y conocimiento.

“La autoridad no se otorga sino que se adquiere, y tiene que ser adquirida si se quiere apelar a ella. Reposa sobre el reconocimiento y en consecuencia sobre una acción de la razón misma que, haciéndose cargo de sus propios límites, atribuye al otro una perspectiva más acertada. Este sentido rectamente entendido de autoridad […] no tiene nada que ver con la obediencia, sino con el conocimiento” (VYM: 347)

Se le concede a algo autoridad simplemente porque sabe más, tiene una visión más amplia; no porque se muestre autoritario; cuando algo se muestra autoritario lo que quiere es poder, no autoridad; la autoridad es reconocimiento, es decir, me la dan los otros. Pero este concepto de autoridad, le interesa a Gadamer porque hay una autoridad que es nuclear en su exposición, a saber, la autoridad de la Tradición. La deuda en la rehabilitación de la Tradición frente a la Ilustración, es con el romanticismo; pues la tradición a partir del romanticismo se asume como lo transmitido. Sin embargo, a Gadamer le parece igualmente extremista la postura del romanticismo, al ser antítesis de la Ilustración, cae en errores de ésta; el romanticismo toda a la tradición como verdad inmóvil, a lo cual responde Gadamer “la tradición siempre es también un momento de la libertad y de la historia” (VYM: 349) , la tradición, en tanto humana, está situada; es cierto que la tradición es conservación “y como tal nunca deja de estar presente en los cambios históricos” (VYM: 349), “la conservación representa una conducta tan libre como la trasformación y la innovación” (VYM: 350); la tradición es, pues, algo propio, por eso con el efecto de la investigación histórica forman una unidad efectual. “Hay que reconocer el momento de la tradición en el comportamiento histórico y elucidar su propia productividad hermenéutica” (VYM:351) pues la tradición siempre nos interpela.
Dice Gadamer que lo que satisface a nuestra conciencia histórica es un pluralidad de voces en donde resuena el pasado. La cosa sólo adquiere viva a través del aspecto que nos es mostrado; la investigación histórica es mediación de la tradición, en ella realizamos nuestra experiencia histórica y añadimos a la pluralidad de voces nuestra voz. A continuación Gadamer retoma el concepto de lo clásico vinculándolo, lo sabemos hasta después, con el concepto de tradición. Lo clásico tiene el poder vinculante de su valides trasmitida y conservada, es un modo característico del ser histórico, una realidad histórica sometida a la conciencia histórica misma, una conciencia de lo permanente, un significado independiente de toda circunstancia temporal, una especie de presente intemporal que significa simultáneamente con cualquier presente, es conservación en la ruina del tiempo. Por todas estas características es que le interesa a Gadamer definir lo clásico, pues después nos dice “la esencia general de la tradición es que sólo hace posible el conocimiento histórico aquello que se conserva del pasado como lo no pasado” (VYM: 359) y más adelante finaliza la idea diciendo que el “comprender debe pensarse menos como una acción de la subjetividad que como un desplazarse uno mismo hacia un acontecer de la tradición, en el que el pasado y el presente se hallan en continua mediación” (VYM: 360).

3. El significado hermenéutico de la distancia en el tiempo.

El subcapítulo comienza con una historia general de la hermenéutica hasta llegar a la concepción de la hermenéutica romántica defendida por Schleiermacher; dice Gadamer de dicho autor que logra someter la hermenéutica a la generalidad formal, concordando así con las ciencias naturales, pero sólo al precio de renunciar a hacer la valer la conciencia histórica dentro de la teoría hermenéutica. Esto último es lo que a Gadamer le interesa, por eso define el círculo hermenéutico como la interpenetración del movimiento de la tradición y del movimiento del intérprete.”La anticipación de sentido que guía nuestra comprensión de un texto […] se determina desde la comunidad que nos une con la tradición; […] nuestra relación con la tradición […] nosotros mismos la instauramos en cuanto que comprendemos, participamos del acontecer de la tradición y continuamos determinándolo así desde nosotros mismos. El círculo de la comprensión […] describe un momento estructural ontológico de la comprensión.” (VYM: 363) Así que Gadamer rechaza el subjetivismo y el objetivismo, así como la metodología. Si la comprensión fuera subjetivista sería completamente relativa, y si fuera objetivista, sería inmóvil; pero la comprensión no es subjetiva porque tiene de autoridad a la tradición, y no es inmóvil porque la tradición en tanto que transmisión es dinámica. Por otro lado, no se puede hablar propiamente de metodología porque nuestro ser es ser histórico, entonces nunca podemos convertir a la historia en una cosa vista desde afuera, ya que siempre estamos situados en la historia. El círculo metodológico, en una visión extremista es ese que trata de diseccionar la historia, verla como un cadáver al que hay que hacer necropsia para estudiar sus partes. Pero para Gadamer la historia es algo vivo, igual que nosotros, y por lo tanto nos interpele, dialoga con nosotros. Ahora, nos dice Gadamer que hay una comunidad de prejuicios fundamentales y sustentadores, cuya principal característica es que son nuestros, es decir, no míos. El concepto de comunidad nos remite, de nuevo, a una pluralidad de voces; a través de dicha comunidad de prejuicio se realiza el momento de la tradición (que es el punto medio entre la objetividad de la distancia histórica y la pertenencia a una tradición; este punto medio es el topos de la hermenéutica.) Aquí habrá que subrayar dos cosas, por un lado que la distancia histórica nos da una mayor objetividad de comprensión frente a los textos, es decir, que mientras más antiguo sea un texto, más fácil me será comprenderlo por las condiciones en las cuales la propia tradición del texto me interpela, me demanda; un texto clásico, antiguo, tiene una tradición de voces múltiples que se configuran en mi propia voz: este es el sentido profundo de la comprensión. Por otro lado, la pertenencia a una tradición, también quiere decir la pertenencia a un momento histórico determinado, por lo cual se hace posible una fusión de horizontes. Mis horizontes históricos-finitos, se unen con aquellos horizontes intemporales del texto; en esa fusión horizóntica se ve claramente que no puede haber ni subjetividad ni objetividad en el proceso de la comprensión, pues es, en esencia, una fusión de ambas.
La distancia histórica nos da una comprensión superior porque marca una diferencia insuperable entre el autor y el intérprete. La situación histórica del intérprete, así mismo, no es subjetiva, pues está conectada con el todo del proceso histórico. Con ello nos dice Gadamer que el sentido del texto supera al autor; el texto se sigue haciendo mientras se siga interpretando. Por eso el papel del intérprete nunca es pasivo frente a lo dado, sino activo, productivo en el acto mismo de interpretar. El texto no es pues biografía vitalista, sino que el interprete toma en serio su pretensión de verdad, una verdad que no es meramente subjetiva del autor, sino verdad intrínseca en la tradición. El tiempo, la distancia histórica, deja de ser abismo para convertirse en las raíces del presente; es continuidad de lo transmitido, es continuidad de la tradición. “La distancia es la única que permite una expresión completa del verdadero sentido que hay en las cosas” (VYM: 368) dice Gadamer, pero no se agota al llegar a determinado punto histórico, sino que en tanto que la historia es un fluir infinito, el proceso de comprender es, entonces, también infinito. Ahora, aquí llegamos al punto nodal, pues Gadamer dice que la distancia en el tiempo es precisamente lo que nos ayuda a distinguir los prejuicios verdades o legítimos, de aquellos que no lo son. “Hacer patente un prejuicio implica poner en suspenso su validez” (VYM: 369) y esto se logra en su encontró con la tradición. Este poner en suspenso a los prejuicios nos lleva a la pregunta, cuya esencia es mantener abiertas todas las posibilidades. Sólo en medida en que el prejuicio se ejercita puede tener pretensión de verdad el otro, es decir, se abre el diálogo en el que me dejo interpelar; hay que aprender a ver en el objeto lo diferente de lo propio, donde lo importante no es lo propio o lo ajeno, sino la relación.

Conclusiones:

Primero habría que subrayar la crítica que le hace Gadamer a la Ilustración, no carece de importancia, porque abre un panorama nuevo sobre el concepto de prejuicio y no sólo eso sino que invita a dudar de los juicios. La lectura de Gadamer me ha llevado a preguntarme por la validez de un juicio, ya sea que se inscriba en la tradición hermenéutica, a saber, jurídico, religioso o literario, o en cualquier otro ámbito. Para hacer un juicio completamente verdadero tenemos que ser eternos, pues sólo en una historia acabada, es decir, en el fin de los tiempos podemos juzgar sobre el desarrollo histórico en general, pero dado que somos finitos y seres históricos, no podemos juzgar con seguridad y absoluta verdad sobre algo. Pondré tres ejemplos precisamente referentes a la tradición hermenéutica; para empezar lo jurídico, ¿cómo saber que alguien que se juzga como asesino es realmente el asesino? Mucho se ha dado el caso de presos que pasan años en prisión antes de demostrar su inocencia, así pues, la distancia en el tiempo de la que habla Gadamer nos ayuda a tener una mejor interpretación de los hechos. Ahora, un ejemplo religioso; los católicos presentaban la figura de un Dios iracundo y castigador, tuvieron que pasar muchos años para interpretar la biblia de otra manera, pero mientras tanto muchas matanzas se hicieron en nombre de ese Dios sediento de sangre. En tercer lugar, un ejemplo literario; se decía, en el tiempo de James Joyce que su literatura era algo demasiado extraño y, por lo tanto, sin valía: tuvieron que pasar muchos años para que se le considerara a Joyce un clásico de la literatura.
En este sentido nos dice Gadamer que el proceso de la comprensión es infinito, que nunca está agotado. Habría que ser eternos (¿tal vez Dios?) para dar un juicio absolutamente verdadero de cualquier cuestión; pero, en lenguaje de la calle, sólo podemos vivir con la información que tenemos, que, en la mayoría de los casos, son prejuicios; desde allí nos movemos, pero tampoco habría que hacerlo ciegamente, pues hay que poner en cuestionamiento constante todos nuestros prejuicios para llegar a prejuicios más verdaderos. Mismo Gadamer lo dice, qué bueno sería haber sido creados bajo los prejuicios verdaderos, pero no siempre es así. Desde allí tal vez podamos desprender armas para cuestionar a las tradiciones trasmitidas, desde ellas nos movemos, pero no siempre nos dan armas para una correcta interpretación del mundo.
Ahora, el punto realmente importante del texto pienso que es la importancia de dejarnos decir algo por el otro; el lenguaje se da solamente en el diálogo, pero diálogo significa posibilidad de un todo abierto: dejarse decir algo por el otro, ya sea persona o texto, y no desecharlas porque digan algo contrario a nosotros. Al contrario, Gadamer nos invita a involucrarnos más profundamente precisamente con aquellos que dicen algo contrario a lo que digo yo, para así someter a análisis mis prejuicios, para así crearme prejuicios más verdaderos y, por lo tanto, más posibilidades de comprender correctamente. Tal vez sea esta la aportación ética de Gadamer, aunque sea un efecto colateral, su exposición nos lleva a realmente reconocer la verdad del otro, dialogar, no desechar a priori.
La conciencia hermenéutica, en tanto conciencia de la historia efectual, se sabe situada y, por lo tanto, limitada, no deja de lado su historicidad ni sus prejuicios. Esto es de lo que hay que tener conciencia, que hay un Tú que nos interpela, nos habla y a veces nos enfrenta. Abrir los oídos a la voz de la tradición, algo que ya se había olvidado. Esta conciencia hermenéutica nos da otra manera de comprender no sólo los textos sino el mundo (si es que no caemos en el barbarismo de decir que todo es texto.) Y esto me trae a una pregunta que le haría a Gadamer, no sé si en algún lado la contesta: ¿por qué no distinguir entre tradición oral y tradición escrita? Para tomarse por sentado que toda tradición tiene que ser escrita, y aunque yo estoy de acuerdo con esta postura, puede que haya personas que se pregunten qué pasa con la tradición oral.
Ya por último, debido a los tiempos tumultuosos políticos que vivimos, Gadamer revindica el concepto de autoridad pero lo hace de una manera por demás interesante. Es decir, si la autoridad te la dan, no te la das tú solo. ¿Qué pasa con nuestros políticos y su afán de llegar al poder pisoteando al pueblo, a saber, a aquellos que deberían otorgarle la autoridad? Hace mucho ruido lo que dice Gadamer de que “la autoridad no necesita verse autoritaria” o algo así, y hace ruido porque Calderon al poco tiempo de tomar el poder salió en la prensa rodeado del ejército: lo primero que reforzó fue el ejército. Esto tenía un propósito claro, frente a las sospechas de su mandato ilegitimo, tenía que verse autoritario para decir “yo tengo el poder y nadie me lo quita”: precisamente contradiciendo lo que dice Gadamer. ¿Qué nos espera con este nuevo presidente autoritario? Ahora sí, digo con justa razón, el tiempo lo dirá.

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