Oda a Alan Vicius

Las lunas de la locura
nos incendiaron los huesos
y han quedado cenizas tan verdaderas
como el desnudo tacto de la noche.
Algo fue.
Nos inyectamos monstruos agudos y danzantes,
espíritus caducos
e insurrectos cadáveres que se niegan a morir.
Esa fue una hora que el reloj no marca,
en la que fusionamos la carne con el delirio.

La conciencia se hizo de cucaracha:
sobreviviente.

Echamos los dados y jugamos ese juego
p e r v e r s o
en el que uno nace y muere interminablemente
en un solo i n s t a n t e .

Los lobos del olvido, entonces,
ni se acercaban;
nuestros colmillos eran más feroces
y nuestro orgullo indestructible.
Fuimos pequeños leviatanes
sodomizando la iluminación de la ciudad.
Y mezclamos en una sola copa
güisqui con orgasmos de putas.
Nos mezclamos con los más célebres vagabundos
mientras el incienso dibujaba siluetas
que el espejo no proyectaba.

¡Qué buenos tiempos aquéllos!
¡Qué buenos tiempos los de mañana!

2013

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