Nefertiti

Pequeña espora de orgasmo, temblor eléctrico que quema la piel —dijo él mientras le metía la mano entre las piernas, sintió la tibieza del miedo, el salvajismo del sexo, casi caníbal, pero también ardiente flor de deseo.
Todo mi cuerpo es suyo, señor —dijo ella mientras arrojaba su sexo a las manos de su señor y pasaba las manos por sus dulces pezones que brillaban como la plata.
Oh mi amada Nefertiti —contestó él conmovido, casi con lágrimas en los ojos; un destello de ángel le incendió la mirada y se arrojó sobre ella en miles de besos, bombardeó a besos su cara, en especial sus labios, hizo olas de pasión en su cuello, circuló los pechos con lamidas, chupadas, succiones y dulces mordidas. Vaivén de la lengua en sus pezones. Luego, de un solo movimiento bajó rápidamente e insertó la lengua inhiesta en su vagina mojada.
¡Ahhhhh! —gritó Nefertiti extasiada— es increíblemente placentero, mi señor.
Él apreciaba aquella visión; la epifanía que probaba suavemente con su lengua; y su lengua como instrumento sagrado que regresa al tabernáculo; la efusión se desperdigaba en idas y venidas de cándidos lengüetazos, ondulaciones, espirales, arriba y abajo. El suave elixir conducía a los más estrepitosos saltos del corazón. Los labios de Él se unían a los labios de la vagina, en un solo beso cósmico. Cunnilingus que se transformaba en oníricos jugos de carne y pólvora de amor.
Te deseo tanto Nefertiti —dijo Él— quiero renacer en las colinas de tu cuerpo, en la alborada de tu mirada, en la magia de tus manos.
Y se abalanzó sobre la fresca boca de Nefertiti y cubrió sus jadeos con besos; le besó las mejillas, el cuello, chupó el cuello tan afanado como un vampiro nocturno… de nuevo bajo a los pechos y los cubrió de besos de tierna pasión, la punta de la lengua en la punza de los pezones, soñando, adorándose. Los besos resbalaron hasta el ombligo donde hizo un campamento la saliva caliente. Luego, indicando que iba de nuevo por sexo oral, la engañó y se fue directamente a las piernas, haciendo toda clase de ritos con las manos y la lengua. Acariciaba los muslos de Nefertiti suavemente con la nariz; entre chupadas y lamidas cayó en espiral a las rodillas para posteriormente, conmovido por la belleza, besar arrebatadamente los pies de Nefertiti. Ésta, a su vez, arrojó una expresión con su voz musical y Él sacó su miembro viril completamente inhiesto y venoso, de unos dieciocho centímetros de largo y bastante ancho. Tomó los pies de ella y comenzó a masturbarse con expresión en los ojos de antológica excitación. Se agitaba su pasión al exacto ritmo de su miembro contra los pies de ella; ella ponía ambos como haciendo una hendidura a un destello celeste y Él embestía con fuerza. Su solemne pene resplandecía con viveza en medio de las uñas pintadas.
Penétrame —pidió por fin la tierna doncella mientras temblaba súbitamente. Quiero que sientas el amor del universo tomando mi cuerpo como vehículo de magia y poesía.
Al escucha aquello Él quedó fuera de sí de deseo y su tiesa herramienta de placer miraba de frente al cielo henchido de felicidad.
Es verdad tu belleza, es verdad —dijo Él— todos los astros del cielo se detienen únicamente para contemplar tu beatitud.
Al instante siguiente depositó un beso sempiterno lleno de pasión en la boca de ella, deslizando la lengua erecta tanto que buscaba tocar la campanilla de la gloria. Sujetó con fuerza la pierna derecha y besó con el glande la entrada de su cueva de Venus. Cayendo bajo el hechizo de su clítoris, hipnotizado acariciaba los labios de la vagina con su glande. Poseído, completamente ebrio del vino de la lujuria, le dio la estocada mortal; ella soltó un gemido que era una orgía entre dolor, placer, amor y lujuria, deliciosamente aderezado con lágrimas cristalinas. La pelvis ataba al destino en suaves movimientos como el oleaje de una playa tranquila. La luna se masturbaba y les eyaculaba la más mágica luz… esto hacía que los pechos de ella fueran una comunión entre belleza y ambrosía, sacudidos tímidamente por las embestidas de un miembro viril inhiesto y consagrado únicamente a su placer.
“No te salves” —musitaba Él— tratando de hacer alusión a un poema de Benedetti.
Pero ella, nos quedaba claro, no congelaba el júbilo: pujaba, gemía y daba pequeños gritos, arrojaba su sexo contra su verdugo amoral; la sangre se aceleraba hasta parecer que iba a exceso de velocidad por la autopista de las venas.
Ella por fin pudo decir, zigzagueante, “¡Más rápido, más rápido!”
Él, exhortado por aquella sentencia, penetró frenéticamente, esquizofrénico y lujurioso; se sintió ladrón de aquellos frutos de carne. Al unísono volvieron a morder la manzana del pecado en mordidas de labios.
Él besó con una magnificencia litúrgica el lóbulo de su oreja derecha, tratando de tatuarse, así, en su lóbulo temporal. Chupó su cuello y volvió de nuevo a su boca para darse apasionados besos, mientras ella rodeada el cuello de Él con sus brazos bronceados de luz y miel. Al corazón de ambos les salían alas y sus almas sudaban gotitas de amor, mientras las esporas melódicas los envolvían en la música de un sueño bellamente sublime y espontáneamente mágico.
La penetración se hizo oasis de colores y ambos en la orilla del cenit, dieron un gemido que desabrochaba la piel del viento. El faro completamente extasiado lanzó sus perlas contra la barriga de ella, abriendo, de un tajo, las puertas del cielo.

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