Ahora sí: vamos a que te cases.

Estás dentro de mi sueño, como una aparición flotante, como el verbo de la metáfora, como el destino roto de un amor fracturado. Estás hermosa, vestida de blanco, tu vestido es largo y tiene olanes en color ivory. Pareces una novia de ensueño, enlutada en la decadencia insurrecta de una resignación sepulcral. Estás en mi ceremonia de carne y alcohol, en mi aquelarre de realismo mágico lleno de versos peripatéticos y mitológicos. Hay una iglesia cuarteada, en cada grieta una historia que no alcanzamos a descifrar con las yemas de los dedos. Me siento al piano, comienzo a tocar la overtura de Flying Dutchman.
—¿Será acaso que la música es el lenguaje del infierno?— Te pregunto. Tu rebotas tu corazón contra el suelo, juegas con él como una niña que juega con las bolas de tenis que recogía de su padre muerto.
—Soy tu padre— te digo. Siento tu temblor. Te gustan mis blasfemas desde que somos niños. Estás dentro de mis sueños y estoy a punto de descubrir la miel de tus días; espirales milimétricas que chocan contra la pupila del destino, nubes de dulce que se desmoronan sobre nuestros brazos; yo sigo al piano, tú escuchas más aburrida que entusiasmada. Te acercas, levantas tu vestido, descubro que no traes ropa interior. —De interior con el alma me basta— dices. —¿Quién te dijo que tienes alma?— pregunto, provocándote. Te enfureces y me tomas de los cabellos, me besas mordiendo los labios, es una punzada queda que va abriendo caminos de sangre, melancólicos charcos de furia; el rojo brota. Dije el rojo brota como queriendo decir cualquier cosa, pero el rojo brota y se impone como ley gramatical. Desabrochas mi pantalón y descubres mi verga, dura, yo no dejo de tocar, aunque no me pueda concentrar en todas las notas; hago un soundtrack para nosotros dos, para nuestra locura pasajera… Somos como vagos que caminan a las tres de la mañana por las calles húmedas, después de la tormenta, sólo para ver las estrellas antes de morir en cualquier callejón. Te digo, o lo pienso, o lo sueño, o lo despierto. Tus gemidos van abriendo nuevos soles en la constelación de mi espíritu. Mi verga dura, fuerte y gruesa, entra en ti, en vaivenes delirantes, apócrifos; tomo tus nalgas, las aprieto. Te siento muy húmeda, inundada en tus propios jugos, lúbrica y espontánea. Wagner nos plantea la idea de la inmortalidad a través del fuego. Me cabalgas, una y otra vez, caes libre y soberana, como una tenue hoja otoñal, como las notas musicales de una sonata, como las palabras dentro del libro exacto, caes sobre mí y yo entro en ti, despacio, con un permiso apenas pedido y apenas concedido. He dejado de tocar el piano, pero tú te apoyas en las teclas para entrar en esa lúdica actividad del sube y baja sobre una virilidad que te bautizaba, ya, de caliente semen. Haz acabado tu misión, tu capricho y el mío. Te has cogido al padrino de la boda. Limpias los restos, lo poco o mucho, fabricamos una coartada entre beso y beso, mordida y mordida. Finalmente, después de acomodarte el vestido, dices: «ahora sí, vamos a casarme».

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