Confesiones

—Perdóneme padre, porque he pecado.
—Ave María Purísima
—Sin pecado concebida.
—¿Cuáles son tus pecados, hija mía?
—Tuve un sueño extrañísimo…
—¿Qué clase de sueño?
—Uno erótico…
—San Ambrosía dice que los sueños reflejan las intenciones reales… Haces bien en confesarte, pues aunque sea un sueño, los impulsos son puros y desinteresados más allá del placer mismo…
—Me siento muy mal, padre, me siento sucia…
—Cuéntame…
—Es un tío…
—¡Incesto!
—Sí, es un tío que nunca me ha gustado. Me ha sido indiferente toda la vida hasta ahora… En mi sueño tenía como catorce años, estaba viendo la televisión en mi cuarto cuando mi tío entrada… Yo traía un pequeño short blanco y una blusa floreada, unos tenis blancos y el cabello recogido. Mi tío tiró de mi short y descubrió que no traía calzones…
—Válgame Dios bendito…
—Luego comenzaba a masturbarme, metía su dedo índice con cuidados, pero yo me resistía, le decía: no tío, por favor, usted no me atrae, no me gusta… A él no le importaba y pronto me metió dos dedos y comenzó a masturbarme más rápido, violentamente; la sensación me envolvía, me humedecía; sus dedos gruesos y largos se clavaban como puñales y me sentía morir, sí morir, pero de placer, padre… Mi sollozo pronto se convirtió en complacencía, en delirio…
—¡Eres una vulgar pecadora!
—Me arrancaba la blusa. A pesar de que era una chica de catorce años, mis senos eran grandes desde entonces… Cayeron por gravedad, agitándose en el aire. Eso saco de sus casillas a mi tío, tanto que comenzó a morderlos, a chuparlos, a estrujarlos… Me mordió la boca, yo lo dejaba. Es un tío feo, fellizimo, pero me encantaban sus besos y la hombría con que me sujetaba…
—Eso es pecado…
El sacerdote comenzaba a tocarse el miembro hinchado bajo la sótana. Apenas acariciaba el glande, deslizaba sus suaves dedos por el tronco y los testículos. Estaba intrigado por la culminación del relato, pero intuyendo en su interlocutora un atizco de excitaba sinceridad, creyó que no sería necesario insistir para que ésta continuara su relato…
—Luego me levantó con una fuerza que creía desconocida, en mitad de ese arrojo me sentí indefensa, frágil. Me levantó y me volteó en un solo movimiento, de inmediato me beso de la espalda al culo, sus besos eran cálidos y tiernos… Me desconcertaba esa ambivalencia de mi tío, era violento y tierno a la vez, no lograba discernir bien su carácter… En la vida real por supuesto no es así, y nunca me ha siquiera insinuado nada, es un hombre de su casa… Pero en el sueño, padre, me clavó su verga bien hondo, no reparó en penetrarme una y otra vez, mi humedad lo facilitaba, estaba contento, ahí empinada por mi tío, mis pezones estaban paradísimo, mi clítoris estaba a punto de estallar de placer y delirio… Me penetraba pero masajeaba también mi monte de venus o me jalaba el cabello o me apretaba la garganta… Todo eso, sentirme tan disválida, tan niña, tan suceptible, me excitó sobremanera y confieso que recibí su verga como una bendición…
—¿Qué más hija?
La voz le temblana al Abad, la verga entre sus manos ya estaba durísima, estaba más que excitado por el relato. Por la voz, por el cinismo.
—Eso es todo padre. Cuando desperté estaba feliz, contenta, como si de verdad hubiera cogido toda la noche, pero después me sentí mal, terriblemente, y vine a confesarme…
—Hiciste bien, hija mía. ¿Algún otro pecado?
—No padre, ese es el único. ¿Cuántos Padres Nuestros y Aves Marías son por sueños así, padre?
—Tu penitencia será distinta esta vez, tu penitencia es meterte conmigo en el confesonario…
—¿Para qué, padre?
—…Ya lo verás.

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