Decir

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Decir que los sueños son una enredadera de luces, que tu boca es la divina providencia, que en tus piernas pierdo la razón y, por lo mismo, el miedo. Decir que tu cuerpo es un manto de orquídeas, la resurrección de todo delirio de toda época. Decir como quien fornica. Fornicar como quien dice, tu sensualidad, tu humedad, mis dedos entre tus piernas, mis dientes arrancándote el alma y la ropa, mis piernas presionando tus piernas, mis labios encontrando tus labios. Decir el beso como una procesión de lujurias renovadas, como esta lluvia que cae, este calor que azota pese a todo las letras. Decir que te deseo, que no te tardes.
Decir que tu erotismo es selva y es sol, es lluvia y tormenta, coincidencia de opuestos, opulencia de delicias. Decir que a través de tu piel le hago el amor a todo el universo, que meto mis dedos dentro de ti como una jauría de lobos hambrientos, que mis labios son una parvada de pájaros en tu espalda. Decirte que estoy bajo tu hechizo, que eres perfecta, poema resurgido de la hoguera, como una puta que se burla de la Santa Inquisición y de las Buenas Conciencias. Decirte lo que no le he dicho a nadie, que tu desnudez es un arado de poemas que quiero cosechar con la lengua, que me hundo en tu flor como el cuchillo del asesino en el cuerpo de la víctima. Decir que el odio es amor apasionado y que el amor es la brújula del infierno. Decir que te sueño, que no dejo de soñarte, en el gozo onírico de la anarquía.
Decir que aquí todavía mis demonios sueñan con nuestros cuerpos entrelazados, que la lluvia es una orquesta de ángeles excitados, que repaso mis libros como si acariciara tu cuerpo. Decir que el mezcal es la sangre de Dios. Decir que el ojo insomne que le da armonía al mundo descuartiza los hechos y los rearma, que la muerte es una perra que no deja de olfatear nuestros huesos. Decir que por camisa de fuerza quiero tu cuerpo pegado al mío, cargándote y follándote contra la pared, y embestir con fuerza, queriendo romper la pared de la nada y descubrir lo que hay más allá de la oscuridad. Decir que el azul es hermano gemelo del rojo y del blanco y del negro. La escala de los colores se borra en mi mente de borracho. La línea del bien que tracé con la mano, la borro con el codo. Decir que tu cuerpo y tu mente y tus deseos son un abismo en el que me quisiera arrojar esta y todas las tardes.
Decir que el paso por la vida es efímero, que nociones como moral no tienen sentido ante el irremediable choque de la realidad, que nuestro deseo es una antorcha que incendia todos los libros sagrados de la historia. Decir que tu desnudez es un manto de estrellas, una orgía de luciérnagas, que nuestras manos entrelazadas aplastan cualquier tiranía. Decir que me gustaría follarte hasta provocarle un infarto a todos los persignados, hasta provocar que se achicharre su cerebro. Ponerte desnuda frente al espejo, abrir tus piernas y yo detrás de ti, masturbarte y escuchar el jazz de tu cuerpo, tu respiración, el movimiento de tus clavículas, el gemido de tu boca, el arrojo de tu mirada, el temblor divino de tus piernas. Decir que te quiero dibujar con mi lengua en pequeños trazos las huellas de un tigre, en tu espalda y hasta tus nalgas, dibujar el nombre de Dios o el Diablo o el Destino, rendido a tus pies.
Decir que la música de los planetas es un madrigal, el incendio de las falsas ilusiones, las matemáticas de la concupiscencia. Decir que beberte es como beber té de rosas, o una ola de Tulum a las once de la mañana, o el elixir de una súcubo borracha. Decir que tu belleza es un relámpago que refleja por breves instantes la verdad del mundo, que tu belleza es un adagio de tierras fértiles, de ensoñadoras castañuelas. Decir que tu sexo es la raíz del árbol del conocimiento, que la duda y la pasión son más fuertes que la prohibición, que la poesía se descalza para correr libre entre tus piernas. Decir que las palabras son magia, asomarme a contemplar tus monstruos y lamer tu savia, que soy un guerrero con excálibur, protegiéndote del tedio y la monotonía. Decir que las palabras son una oración para bendecir tu boca y tu nombre, las palabras como infinitas manos que acarician tu cuerpo y te contemplan como se contempla a una diosa pagana.
Decir que tu alma es sagrada como un ramo de bugambilias, que la noche es estrellada cuando te pienso, que el fuego es el elemento más poderoso del mundo. Decir que tu belleza es como el faro que rompe la niebla para que los barcos lleguen a casa. Decir que tu espalda es el ocaso de los dioses. Decir que tu cuerpo es el lienzo en donde quisiera escribir todos mis poemas lujuriosos, tu cuerpo para poner a danzar todos mis demonios, adorarte en el aquelarre de mi sangre, en las migajas de mi alma, en el espejo roto de mis pensamientos. Decirte las ganas que tengo de llevarte a un hotel y arrancarte la ropa y los miedos, follarte toda la tarde y toda la noche, en diferentes posturas hasta que te conviertas en el río que ahoga mi sed, reventar las ilusiones como una burbuja y arrojarnos en el vértigo del goce, destender la cama y los sueños y las pasiones. Penetrarte frente al espejo, en el balcón, en cuatro sobre la cama, dejar mis dedos marcados en tus nalgas y mis dientes en tus erectos pezones. Jugar con tu clítoris y provocar que te vengas una y mil veces, con tu cabello alborotado, con tus ojos entrecerrados, con tus labios apretados, encima de mí, cabalgándome como se cabalga una estrella que poco a poco se convierte en polvo cósmico. Decir que tu belleza desnuda y lujuriosa es como un tigre que ataca las costumbres, que construye los laberintos del pensamiento y de la voluptuosidad. Decir que el orgasmo es la vida desbordada.

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