Carta a M

M,

Han pasado muchos años desde aquel verano en que enloquecimos por un mismo sueño. Hoy es tu cumpleaños y por eso he pensado en ti, aunque tú probablemente nunca te acuerdes de mí. Tú ya estás casada, ¿tienes hijos? Yo estoy próximo a casarme. Tu esposo es un carnicero y siempre dije, como quien dice las cosas despechado, que cambiaste poesía por carne. E hiciste bien. Tú siempre haces bien, tienes una inteligencia intuitiva que haría la envidia de cualquier doctor en cualquiera de las inservibles ciencias sociales. En aquel verano éramos dos niños riendo, caímos incineramos por nuestra propia risa y la plática y los besos hacían que los peces saltaran en el río de nuestro pueblo. Éramos dos gigantes y yo soñaba (porque los sueños son lícitos en un joven) con tener hijos gigantes contigo, hijos que midieran más de dos metros y alcanzaran sus estrellas con sólo pararse de puntitas y estirar las manos al cielo.

Te escribo sin tristeza, te escribo tal vez sin añoranza. Escribo simplemente para agradecerte el haber cruzado tu mirada con la mía en un duelo de espíritus tan afilados que cortamos el infinito. Y nuestros sueños se entrecruzaron y nuestras ganas se mordieron. Tienes unos de los labios más deliciosos del mundo, eso no te lo negaré ni hoy ni nunca. Miraba tus labios y me daban ganas de escribir cursis sonetos como Francisco de Quevedo, y tú decías que habías leído a Dorian Gray pero sólo por vanidad. Y tú decías que yo era el peor conductor del mundo y sonreías y yo improvisaba caminos para ver de reojo tus labios y tus piernas y mirar lo que mirabas, pero tú mirabas el horizonte con la nostalgia de una anciana que ha perdido interminables batallas, que ha hecho de las derrotas pequeños aforismos de sabiduría. Éramos unos niños pero nuestra alma era vieja y nos besábamos como si supiéramos, como si hubiéramos leído la obra completa de Gabriel García Márquez y nuestros labios entonces eran como pequeños pájaros escribiendo un poema en el cielo.

Bien sabes y sé que esta carta nunca te la entregaré. Soy prudente y no tiene caso remover ese viejo camino al río que hoy está cerrado con tubos de concreto. ¿Cuántos años cumples? ¿Tercer escalón? Eso no se le pregunta a una dama tan increíblemente vanidosa como tú. Yo esperaba afuera de tu casa a que te agradaras a ti misma en el espejo y te esperaba fumando y cuando te subías a mi camioneta ya tenía un cigarro encendido para ti. Y luego bebíamos, mucho, muchísimo; ibas a la par, probablemente me rebasabas y seguían igual de intacta, de hermosa, de intachable. Yo escuchaba a Fobia mientras te esperaba, yo cantaba rock and roll mientras te esperaba y tú te ponías tus anteojos negros, alzabas los brazos y era momento de empezar la fiesta. De eso hará más de diez años. Ahora somos adultos responsables supongo, responsables y tristes supongo.

Esta carta, como no te la puedo dar a ti, se la doy al mundo; doy testimonio de que existen mujeres altas, guapas e inteligentes que a veces se apiadan de los perdedores con ínfulas de poeta y sincronizan las fantasías y las ganas para morder una misma manzana. Gracias por aquellos veranos en el pueblo, por aquel río, por aquel pulque a la orilla de la carretera, por aquella plática acerca del amor y sus demonios a las tres de la mañana, gracias por quererme cuando nadie me quería, por curarme sin que nadie te lo pidiera, por las canciones. En mi corazón todavía te veo con tus lentes oscuros y el viento entra por la ventana y tú fumas y me miras mientras conduzco y murmuras, como un mantra, la canción del estéreo: Eres veneno vil, de mordedura fatal.

G.

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