El chofer

Las miradas cruzadas, como enmarañados caminos de signos y símbolos, triadas de un deseo que nos inventa. Las miradas deslizándose quedito. Las miradas chocando, a través del espejo, como Carroll nos enseñó. Un ajedrez de guiños, un camino de amapolas de mi pupila a tu pupila. No quito las manos del volante, me aferro a él como aferrándome a la poca razón que me queda. El sol quema la piel y las llantas. El pavimento huele a lo que huelen las piedras milenarias cuando el sol caliente levanta sus viejas almas en sutiles vapores arcanos. Tú, coqueta, desabrochas un poquito tu blusa. Una crisálida gota de sudor resbala justo en medio de tus pechos. Te ventilas con elegancia. No damos tregua en el viejo juego cósmico de las miradas. Dos microcosmos a través de una colisión reflejante. Estamos a punto del accidente. Me aferro al volante, como a un timón de realidad para no desfallecer ante ti. Te miro por el retrovisor, abres un poquito tus piernas. De tus rodillas a tus muslos va un sendero de rosas frescas, de lilas en estatuas de azúcar, pistilos que abren su abanico de perfumes. Mi corazón es un animal noctívago cegado por la luz del palpitar solar. Mi corazón, espejo que refleja el cosmos, late acelerado, caótico. Observo unas gotas de sudor, en tu cuello. El tiempo hace crac. El tiempo detiene sus engranajes y se ejercita en la contemplación. ¿Cómo es posible la belleza, el deseo, el fuego que crece entre nuestras miradas que contra el viento tallan la escultura del placer? ¿Y qué soy yo, aparte del chófer que ha de llevarte a buen puerto? Un aprendiz de ladrón, un proxeneta, la dinamita de la espera. Detengo la camioneta, abro las portezuelas y me siento a tu lado. Sin decir nada, tú estás entre asustada y complacida. Prendo un cigarro. El silencio es una espiral de humo que se aferra a los asientos y a nuestra piel, es un ajedrez de movimientos milimétricamente pensados. ¿Y qué soy yo, aparte de tu chófer? Un sinvergüenza, pienso y me arrojo. Me arrojo sin piedad ni remordimiento, como se arrojan todos. Te doy un beso cálido, de temperatura exacta en el alma, rozando con elegancia tus labios. Acaricio tu cara, de tus mejillas a tu cuello. Te sorprendes, pero te arrojas también. Pasas tus manos por mi pantalón, tallas sobre la tela mi miembro, está duro. Pasas tus dedos extendidos, percibo tu esmalte color negro. Lo delgado de tus dedos, de pianista, ansiosos, mi lengua entra en tu boca. Delineo tus labios con la punta de mi lengua; es poesía, es tango el beso. Muerdo tus labios quedito para que el mundo no se entere. Abres mi bragueta, con mi virilidad entre tus dedos comienzas a juguetear como una niña; yo acaricio tus pechos por encima de tu blusa. El sol continua con su orquesta de ángeles suicidas, de incendios de nubes, de trombones que anuncian la piel achicharrada. Te agachas y metes mi miembro en tu boca. De arriba a abajo vas despacio, lamiendo con tu lengua dulce, pequeña como un suspiro hondo. Haces espirales en mi glande con la punta de tu lengua; de allí te deslizas felinamente hacia mis testículos, los metes en tu boca, sigues. Mi virilidad se pone erectísima en medio de tus canales salivales; toco la campanilla del cielo, sumo en tu garganta el ave fénix, la luz. Te sujeto del cabello y dirijo el ritmo, la melodía, el compás, el tono. Tu belleza es un pentagrama de música, tus labios el éxtasis. Succionas una y otra vez, me envuelves, me aferro a tu espalda, a tus cabellos; cierro los ojos, agradezco al universo estar vivo… Suelto un mar de espuma a tu boca, a tu garganta. Diminutas perlas blanquecinas que devoras hasta no dejar rastro, ni gota. Mi amante. El calor ya es psicosomático; nos muerde los huesos, nos ingresa al manicomio de los amantes enloquecidos de flores y briznas de iluminación. Mi erección no cesa, te levando y te beso en la boca. Siento el sabor salado de mi semen en tu boca. Beso tus orejas, tus mejillas, tu voz. Beso tu cuello, tu tráquea, el alma. Desabotono tu blusa, poquito a poco, botón por botón. La espera acelera los sentidos, aletarga el sopor. No me tomo el tiempo de quitar tu sostén; simplemente lo jalo hacia abajo para dejar al descubierto tu par de pezones, rosáceos y erectos. Beso y muerdo tus pezones, tus pecho. Vuelvo a tu boca, siempre tu boca, abierta, plena, despierta, lúcida hasta el delirio. Palpo tu entrepierna, está húmeda; tu vagina se arroja altiva hacia mi mano, acaricio tu pubis, estímulo tu clítoris. Meto mis dedos en ti. Meto mi dedo índice para estimular la parte superior de tus paredes vaginales; paredes como de catedral, de ciudad antigua, de música suave. Luego meto mis dedos medio e índice; siento tu arrecife, tu oleaje indómito que me inunda la mano, el corazón, el deseo. Te subes sobre mí; mi pene está duro y te espera. Me cabalgas, subes y bajas, mientras yo te nalgueo y cuido, de reojo, que nadie venga. Sólo te hiciste la bragas a un lado y levantaste tu falda. Mi pene entra y se va poniendo más grueso y duro entre tus piernas, lo aprietas. Te aprieto de las nalgas, dejo mis dedos grandes marcados en ellas; acaricio tu espalda y beso tu barbilla. Tus gemidos lo inundan todo, mi vida, tu vida, el universo, los signos, los símbolos, el ensueño, la fantasía, la muerte. Por segunda vez eyaculo mi alma, mi esperanza, mis principios entre tus piernas. Dentro de ti me desvanezco, me evaporo, sujetándome a ti. Te arreglas; nos lavamos y continuamos el trayecto. Llegamos a tu casa. Y está tu marido en la puerta: “¿la cuidaste?” pregunta. “sí” digo. Tú detrás de él me guiñas el ojo. Y me pregunto si esos guiños significan más de lo que significan en este mundo loco.

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