El polvo, el fuego

El polvo hondo, sobre la calle. El polvo, la tierra, algo que se desmorona: los recuerdos. La vida es un largo laberinto sin retornos, algunos dicen que existe el eterno retorno pero apuesto a que nadie ha vivido tanto como para corroborarlo. Lo que vamos dejando, creo que ese es el secreto final. Hay quienes nunca nos atrevemos a madurar por una sencilla razón: lo que madura se pudre. Lo vemos en los frutos, verdes y frondosos mientras están agarrados fuertemente al árbol de la vida (el árbol de la locura) y cuando caen al suelo (caer es un convencionalismo) caen a una sociedad ridícula que en tanto deficiente mental sólo puede hacer leyes propias de un deficiente mental. Todo convencionalismo es una alienación, comenzando, desde luego, por el lenguaje. No es que los medios de comunicación sean los que nos alienen, sino que comenzamos a ser alienados desde el momento en que dejamos de balbucear, por eso muchas culturas milenarias reconocen la verdadera sabiduría solamente en el silencio. Sin embargo, me valgo de un concepto deleuziano aquí: conjunto artificialmente cerrado. No es que debamos dejar de vivir en sociedad, hay que seguir el circo, todos somos freaks en este espectáculo de la vida, pero jamás hay que perder de vista que estamos en un conjunto artificialmente cerrado, y que hay un Todo Abierto que siempre es más importante que cualquier artificio. Seguimos estudiando, trabajando, creando relaciones humanas, comprando, vendiendo, pero lo importante es ser consientes de que eso no es lo importante. Lo importante es mantenerse en silencio y contemplar la maravilla de un universo que no deja de crearse a sí mismo a través de nuestro espíritu.
Volviendo a la caída, los frutos caen y luego se pudren. El tiempo de la caída al tiempo de la maduración es prácticamente nulo; hay poca posibilidad de respuesta, nos quedamos perplejos ante un empleo que nos subordina, una novia histérica que nos grita, unos padres que nos exigen, unos estúpidos maestros que creen que tienen la verdad absoluta sobre la mierda que enseñan. Y nos vamos pudriendo, nos vamos convirtiendo en animales asustados a los que sólo les falta comprar armas por internet y nacionalizarse estadounidenses para ser completamente idiotas. Yo lo que dejo madurar son mis recuerdos, por eso se van pudriendo, en esta casa donde crecí, donde aprendí los valores que me han formado, no sólo de mis padres: mis padres son buena gente, las malas mañas las aprendí de los libros y de mis viejas amistades.
Pequeñas partículas de luz casi indivisibles se me presentan ante los ojos, de los árboles de limón nace un misterio aún por resolver. ¿Por qué la geometría de las granadas, por qué cuando las partes el rojo se divide de manera tan esplendorosa? Aún tenemos que meditar mucho sobre la creación divina, pero en eso se me subieron por las manos los recuerdos que me hacen sonreír. Por ejemplo, cuando yo tenía alrededor de once años iba al catecismo donde estaba más que enamorado de una chica cuyo nombre no recuerdo. Yo le puse “la bruja del 71” porque tenía una nariz larga, usaba zapatos negros escolares y un suéter cuello de tortura negro, en realidad tenía un halo de maldad propio de las personas tímidas: pese a su sencillez aparente, su mirada era altiva. Pensé que era una chica inteligente, pero lo último que supe es que tiene esposo y dos hijas: al final, una idiota. La cosa es que cuando la bruja del 71 iba a vernos jugar fútbol yo me lucía anotando varios golpes. Sin embargo, mis proezas futbolísticas no lograban impresionarla del todo, así que influenciado por películas jolibudenses con muchos balazos y poca trama, decidí crear una pandilla. Lejos de ser una pandilla de Nueva York, éramos una pandilla de católicos, estábamos en el catecismo yo y con los que crecí, así que nos llamábamos los rebeldes de Jesucristo o algo así. Nos distinguíamos porque teníamos bicicletas con botellas incrustadas, y cuando íbamos por la calle hacíamos mucho ruido porque las ruedas chocaban contra aquellos envases vacíos.
La bruja del 71 nunca se impresionó, pero la pandilla fue evolucionando. Nos juntábamos algunas tardes. Yo le robaba revistas pornográficas a mi tío, así como algunos cigarros, y “el chilango” le robaba botellas semivacías de brandy a su mamá. Nos sentíamos tipos duros, fumando (ahogándonos), bebiendo (haciendo gestos horribles) y viendo porno (descubriendo aquellas cosas raras y desconcertantes.) En ese tiempo yo era pirómano, y quemé varios terrenos. Yo no era de los más rudos, ese era Julio, creo, pero sí era de los más culeros, descalabré a varios, y cuando jugábamos fútbol les daba sellazos a propósito para enseñarles que no era un “juego de nenas”. Cuando jugábamos a las escondidas, en lugar de decir dónde estaban, les lanzaba piedras disimulando que no sabía que estaban allí, así descalabré a varios. Total que de todas maneras no sabía ser buen amigo, pero sí me entristecí cuando se deshizo el grupo. El chilango se fue al DF con un tío porque su mamá se suicidó (su papá los abandonó y la señora después de un tiempo se colgó con una corbata del ausente.) El alcohol que tantas vidas salva, no alcanzó para salvar la vida de la mamá del chilango. Y luego se fue Iván. A Julio se lo llevaron a Estados Unidos porque a los doce ya se la pasaba cogiendo con las putas que tenía de vecinas. Su mamá por miedo a que se contagiara de alguna enfermedad, lo mandó al país más enfermizo del mundo. Y luego Fili también a Estados Unidos. El coco se perdió en los inhalantes industriales. Todos nos fuimos separando, a nuestra manera. Y se llegaba la fecha para la primera comunión. Pero apenas unas semanas antes murió tal vez la persona que más he querido en el mundo: mi abuelo. Mi abuelo me enseñó muchas cosas, por respeto a él procuro no engañar y ser sincero, expresar mis sentimientos, mis amores y mis odios. Mi abuelo me enseñó que un hombre tiene que ser un hombre y no una copia de hombre. Sobretodo, mi abuelo, que era panadero, me enseñó a amasar el alma…. Y así terminé amando la poesía. Mi abuelo también era el que me inculcaba la religión, pero cuando él murió algo adentro mío se rompió para siempre. Desde entonces, mi joven intuición intelectual me decía que respecto a Dios sólo había dos caminos: o no existe, o existe y es un hijo de su puta madre. Así que tardé muchos años dando golpes al aire, porque tenía una rabia infinita contra alguien igualmente infinito que ni siquiera estaba seguro de que existiera. Mi relación conflictiva con Dios tardó de los once a los veinticuatro años. Hemos saldado algunas deudas, aunque no se puede decir aún que seamos amigos. Comulgué y no me gustó la ostia, yo he descubierto que soy más bien un tipo de whisky. Así que entre risas y melancolía, mientras el sol dibuja figuras abstractas en el suelo al reflejarse en el manzano, pienso en aquello, en mis once años. Al final no tenía amigos, ni abuelo, ni Dios. Sólo tenía mucha rabia y un montón de cerillos para hacer arder este estúpido y vacío mundo.

2012

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