Conquistar la noche

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Una última noria de luz entra por la ventana de la habitación, narrando su vientre luminoso en espirales difuminados. Es una historia la luz. Yo estoy tirado en la cama, cambiando canales sin detenerme: una autopista de absurdidades, un collage de estupidez. Asesino al tiempo, vuelo la tapa de sus sesos viendo un programa de comedia. ¿Ya? Te pregunto. Ya casi, contestas. Sale vapor por debajo de la puerta y sube lentamente, perdiéndose en el atropello de la realidad. Es el mundo real, me digo, pero una perilla gira y eso es una historia. Prendo un cigarro. Abre la puerta del baño y sales con un par de toallas, una en la cabeza y otra en el cuerpo, la piel de tu cara a la luz de este sol agonizante parece porcelana. Me gustas con el cabello mojado. Vas al closet para elegir un vestido. Te secas, dejándome ver tu desnudez en sublimes rompecabezas. ¿Otra vez ese maldito cigarro? Me regañas. Es el último, te miento. Te terminas de secar y dejas caer la toalla del torso, es entonces que contemplo tu pubis, el mismo que cierto estudiante zen llamó la cuna de los mil Budas; estoy de acuerdo y sonrío con mis pensamientos secretos. Observo tus pechos dulces y todavía humectados, el pezón como diminuto botón de flor, una estela de luminosidades, ya de la bombilla eléctrica, delinea tus sombras que son espectros eróticos que se tatuaron en mis pupilas desde el primer día. Tu vientre es una línea que dibuja poemas hermosos en mis huellas dactilares cuando te toco. Dejas los vestidos y vas al espejo. Vamos a llegar tardísimo a la fiesta, dices, como desde otra mujer que se multiplica dentro de ti. Comienzas a maquillarte, parada, frente al espejo. He dejado de ver televisión; ver tu ritual es más divertido. Te inclinas un poco para pintarte los labios, rojo, sabes que me encanta. Me dejas ver tu culo y las líneas de tu espalda que son el mejor mapa de perversiones que conozco. Me gusta cuando te beso alguna coordenada y descubro tu excitación, pero también cuando descubro tus cosquillas, la risa es una puerta por la que es sencillo pasar, el perenne anhelo de otra ontología, un susurro insurrecto que destroza todo vínculo moral. Siglos de lógica teológica desfragmentados, dinamitados, en los trazos sutiles de tu espalda. Tus nalgas son otro teatro: eólicas figuras redondas, rosáceas, que hilvanan en mis venas las figuras del gozo. Te contemplo perdido en mis pensamientos. Me despiertas de golpe, ¿A qué horas son? Es tardísimo para la fiesta, tú me caes mal, siempre estás listo en minutos. Vas al closet y tomas un par de vestidos, ¿Cuál te gusta? Me preguntas. A mí me gustas como estás, te contesto. ¿Me llevarías así a la fiesta? Me preguntas con una sonrisa que apenas se dibuja. No sólo te llevaría, sino que sería el hombre más orgulloso de la fiesta. Entonces tu sonrisa es amplia; en esa sonrisa cabe toda una jauría de estrellas pero también, eso lo sé bien, todo un ejército nazi. Eres un tonto, me dices ruborizándome suavemente. Escoges el vestido rojo, sabes que me encanta y de tacones también mis favoritos. Te maquillas frente al espejo, sombras, contrastes, difuminaciones, tú sabes de eso más que yo que me dedique un tiempo a pintar. El espejo es un simulacro en el que cabe el sentido y el sinsentido entrelazados en el reflejo de la materia, que por su singularidad es materia también. Me pierdo en mis pensamientos y te evoco desde del fondo de mi infierno.
Entonces descubro, para mi sorpresa y como antítesis de la ley de gravedad, una erección potente. Me acerco a ti, pongo una silla exactamente atrás de tu silla, frente al espejo. Mis brazos son largos y te alcanzo a abrazar. Acaricio tu cuello y tu quijada, paso mis dedos por tus mejillas y tus labios. Un poco de rojo me queda en las huellas dactilares. Ese rojo me hace pensar en el comunismo y quisiera, me lo confieso, compartir con el mundo lo que siento por ti, lo que me provocas. Beso tu cuello, tu oreja derecha: otro de tus puntos de ebullición probados. Noto cómo se te eriza la piel. Te tomo por debajo de los sabacos y te pongo de pie. Beso tu nuca y recorro la simetría exacta del escote de tu espalda con mi lengua; dejo una delgada y discreta estela transparente de saliva. Meto mis dedos por debajo de tu calzoncito de encaje negro, acaricio con ternura tus labios vaginales y sobo con vigor tu clítoris: humedeces casi de inmediato. Acaricio tus pechos por encima del vestido rojo de seda. Bajo tus calzoncitos ya húmedos de mi amor. Y meto, como una metáfora de carne, mi pene en la pequeña cueva de tu deseo. Bombeo sueños dentro del sueño. Mi cara contra el espejo se distorsiona en las múltiples caras que has deseado en tu vida. Tu cara de placer contra el espejo te excita aún más, aúllas mi nombre. Me gusta tu rubor natural, el fuego de tu mirada. Me vengo, inundo de mi semen tu humedad frente al espejo. Bien cojidita disfruto más las fiestas, me dices sonriendo mientras te limpias. Salimos del brazo dispuestos a conquistar la noche.

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