Aves ebrias

aves ebrias

Aves ebrias de amor se infiltran por el hilo de los pensamientos. Caemos en picada al ocaso de la nada. Dulces, como el suicidio, cantamos nuestro abandono. El eco acaso de lo indeterminado. Aborrezco las palabras no dichas y las emociones no sentidas; esa ausencia, esos fantasmas, sin embargo, terapéuticos. Dime si la noche se embelesa bajo tu falda, su las nubes son tormentas de ideas en tus pensamientos. Porque yo remuevo las hojas secas y debajo de todas las huellas encuentro tus aullidos de loba. Tienes los soles y las pequeñas galaxias en los pechos; el fuego es el signo de la vitalidad en tus piernas. Una lengua ansiosa, de Dionisios y otros dioses, hambrientos de lamer tu ambrosía; acaso constante como el silencio, un deseo se alarga en las palabras, implosiona el vacío y enumera, uno a uno, los artes de la libertad. Por el borde del mundo un buitre dice que el camino equivocado es el correcto. Hemos de escuchar, como Zaratustra, la sabiduría de los animales. No importan los años ni los daños, si todo se resuelve en un beso del destino, en una caricia suicida, en una pulsión de muerte que escuece los huesos para ver florecer las estrellas. Esas riberas de tus piernas, de tu sexo. Ese caliente latido de tu nombre electrocutando mis labios. Deja que el tiempo y el espacio se formen en nuestras manos; esculpamos la realidad con gemidos y aullidos. Deja que mi deseo tome la forma de tus labios, que tu cuerpo sea la hamaca de mi alma. Escúpeme un beso en medio de los huesos, ven con una orquídea en el sexo. Yo quiero escribirte hasta que me sangren los dedos, quiero emborracharme de tus secretos. No me importa, ni la vida ni la muerte ni las convenciones sociales, deberías saberlo, como quien sabe de la lengua debajo de su falda, de los dedos trazando crucigramas imposibles en la espalda, del humo del tabaco inundado tu desnudez. Quiero que la música sea una mariposa en tus pies, que las nubes sean coronas de tus ansias, que mis palabras susurren anhelos a tu oído, como el diablo que cuenta cuentos a las niñas para decirles que el espejismo es la realidad. Aves ebrias de amor, como gotas de sudor, resbalan en medio de tus pechos, juegan en tu ombligo y se confiesan en tu sexo. Camino en medio de callejones oscuros, de interminables laberintos. Me siento herido de belleza y podredumbre. Eres sagrada como la nada, erótica como la nada, te vieres en mis entrañas y eres víbora, bruja de eclipses y deleites, rompecabezas de sueños. Y sueño con tu cabello que se abre como una flor, acaricio los pistilos y puedo ver mi cadáver, por fin pleno, nadando en tu vientre. Deseo subir por tu cuerpo, como por una enredadera de estrellas, para besar al infinito, para saludar a todos los dioses a la cara, para hacer de la música una religión y de la poesía una eucaristía. Que nadie sepa, sin embargo, de los girasoles que siembro en tus manos, de tu nocturno aullido de loba incendiara, de la muerte que une en santo matrimonio tu piel y mi piel, que nadie sepa, repito, que a veces soy un kamikaze y que entre el hola y el adiós, sólo hay un brillo en tus ojos que me da de beber.

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