La fiesta

Al final de la fiesta, yo seguía con mi espíritu roto, a la luz de la luna, sentado en una resbaladilla que estaba ahí para que los niños se divirtieran y no molestaran a sus padres mientras éstos, en la fiesta, discutían los problemas sociales más urgentes del país.
Tal vez por mi imagen tan patética llamé la atención de la chica muda. Le había intentado hablar a aquella que fue mi compañera de juego en la infancia y ahora ni siquiera me dirigía la palabra. Pero se acercó y me acarició el cabello. Estaba tan ebrio que no sabía si era real o aquello era una secuela de delirio tremens. Lo que a continuación pasó fue por demás raro: me invitó a irme con ella. Pero si tú vienes con tu mamá, le dije. Y me contestó que no, que su madre se había llevado otro auto con sus tíos y que ella se iría sola pero que me pasaría a dejar a mi casa. Acepté, pero no fuimos a mi casa; fuimos a un lugar lúgubre, cerca de Maravatío, llamado Las Brujas. Se cuenta que en Las Brujas hacían aquelarres las brujas en los cuales devoraban a niños de las rancherías aledañas. Lo cierto es que ahí siempre pasan algunas cosas extrañas, por eso la policía casi no entra y por eso los jóvenes íbamos ahí ya sea a beber, follar o invocar al príncipe de las tinieblas. La chica estaba muy seria, miraba al frente. De repente me dijo mira y al momento levantó su vestido, era negro y largo, para fiesta… Pero me dejó ver sus piernas morenas, torneadas. Sé que no bailaba, porque no quiso bailar conmigo, pero también sabía que, de un modo u otro, hacía ejercicio porque unas piernas así no las hace Dios sin ayuda. Las Brujas, a esa hora (eran como las cuatro de la mañana), era un lugar aún más siniestro; las ramas de los árboles simulaban dedos largos y retorcidos. Los troncos simulaban caras de fantasmas o eso me pareció percibir. Pero el miedo hacía más excitante la situación, sus piernas, sin lugar a dudas me habían puesto el pene duro. ¿Quieres cogerme? Preguntó ella. Claro, dije yo y sonreí, tal vez, maliciosamente. Ella abandonó su lugar de chófer y se subió en mis piernas para darme un tierno beso en los labios. La luna, pese a todo, lanzaba algunos rayos entre los árboles y así dibujaba geometrías irregulares sobre la tierra. Acaricie su espalda, agarré sus nalgas. Me preguntó de nuevo que si quería cogérmela, le dije que sí, que me excitaba, que quería hacerla mía justo en ese momento y ella empezó a reírse, pero de manera diferente, escandalosa, enloquecida. Sacó una navaja de atrás del asiento de la camioneta y me la encajó en la garganta. Sentí mi sangre saliendo a borbotones. Después caí al suelo, muerto, con la sangre tibia empapando la camisa de mi, ahora, cadáver. Después arrastró mi cuerpo hasta la cuenca donde anteriormente pasaba un río, allí llamó a otras brujas para que vieran mi cadáver. Es un cuerpo bien trabajado aunque de seguro el hígado no le sirve, dijeron las brujas, puede que sirva a nuestros propósitos. Buen trabajo, dijeron riéndose.

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