Confesión en la Iglesia

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— Dime tus pecados, hija mía.
— Mis pecados son directamente proporcionales con mi belleza. Ni siquiera recuerdo cuántos o cuáles han sido.
— Entonces usted merece, primero, una ración de azotes. Tendrá que ir a mi oficina con un vestido cortito, floreado y huaraches. Levantará su vestido hasta la altura de su cintura y se inclinará sobre mi escritorio a esperarme.
— Y dígame, señor Cura, ¿es usted el que se encarga de dar los azotes? Tendría que advertirle que a mí me encantan los azotes
— Sí, no puedo dejar labor tan importante a un principiante.
— Tendrá que hallar algo que agregarle a los azotes para que sienta realmente un castigo
— Dependiendo del pecado cometido, tengo una serie de látigos y chicotes, incluso fustas de caballería.
— Y dígame qué diferencia tiene cada una. Obviamente usadas en sus expertas manos.
— Eso depende de los efectos que uno les dé al vuelo.
— ¿Ah sí?
— Una fusta de caballería puede doler incluso más que un látigo promedio con tachuelas
Descríbame alguno, Padrecito, esta plática me está interesando. Bueno pero quiero suponer que usted será un poco misericordioso conmigo. ¿O no?
— Bueno, ya una vez que yo entre y la vea inclinada, lista para recibir su castigo, le doy la mano para que me la bese, y la felicito por recibir su penitencia. Luego saco una fusta de caballo, con una sola vuelta en cuero grueso. Lanzo el primer azote y usted estoica. Lanzo uno más y usted apenas suelta un primer suspiro. Así que me inclino para tomar sus nalgas en mis manos y darles una mordida a cada una, en ambos casos encajando mis colmillos y dejando pequeños hilillos de sangre… Una vez con la incisión hecha, arremeto de nuevo, pero usted siente ahora el cuero como un dardo envenenado abriendo salvajemente el pellejo de sus nalgas…. Se agita y llora, gime y suspira. Yo arrecio el movimiento de los golpes y me detengo para comprobar…
— ¿Para comprobar qué…? ¿Que he recibido castigo suficiente?
— Paso los dedos por encima de mi escritorio de caoba, noto la humedad que de usted se ha desprendido… Le susurro al oído, señorita, usted es de plano una puta. Le halo el cabello con la mano izquierda mientras que con la mano derecha, con la palma abierta, continuo los azotes a sus ya, rojísimas, nalgas
— ¿Y después con que castigo continúa?
— Usted suplica, “No, no, no, padrecito, le juro que yo no quería humedecerme”. Y yo le digo, está bien, aplicaré otros métodos. Las nalgas rojas se me antojan y paso mi lengua para lamerlas y dar sendos besos negros, con la mano derecha bajo sus calzones hasta los tobillos y comienzo a masturbarla, abriendo tiernamente los labios vaginales en una v con los dedos índice y medio, de la mano derecha. Toco el clítoris, juego un poco con las sensación. Lamo las heridas que he provocado en sus nalgas y meto varios dedos en su vagina, hasta tres de mis largos y gruesos dedos, su humedad comienza a salir a borbotones. Entonces, justo cuando está a punto de correrse, que gime y se agita más fuerte, detengo la labor.
— ¡Eso sí que es un gran castigo!
— Me voy a mi silla y le digo, Venga acá mi perrita, entonces usted se incorpora, y grito, No no no, en cuatro patas. Luego es que saco mi verga de debajo de la sotana. Usted se acerca como una pantera, lentamente pero con la presa fija. Padre, exclama, no pensé que usted la tuviera así de grande. Sin decir más se la mete en la garganta pero aun haciendo un esfuerzo sólo le cabe la mitad de mi enorme tronco. Lo que le falta en garganta lo compensa en entusiasmo, lamiendo el glande en pequeños circulitos hasta los testículos. Móntame, le digo ya tomando confianza. No no, padredito, me va a doler, padrecito. Dices, pero percibo un guiño de antojo en tu mirada.
— Padrecito me está haciendo pecar de pensamiento. Me dan ganas de ir a que me dé los castigos que me merezco.
— Es tu penitencia, hija. Digo y sonrío. Tú me tomas del cuello y poco a poco dejas caer tu sexo sobre mi miembro erguido, poco a poquito, gritando y pataleando lo vas metiendo en ti. Duele, padrecito, duele. Gritas. Lloras, aprietas los dientes y te dejas ir. Sueltas un aullido y te cubro la boca para que nadie nos escuche. Es nuestro secreto. Te atraigo de las nalgas para entrar más profundo y sueltas otro alarido que apegas alcanzo a callar con una mordida a la boca. Desabotono tu escote y dejo que broten tus pequeños pechos con los pezones durísimos. Los chupo y muerdo y saben riquísimo.
— Temo desilusionarlo pero mis pechos no son considerados pequeños, Padrecito.
— Para un tipo de 190 con manos de oso, casi todos los senos son pequeños, hija mía.
— Bueno pues eso tendrá que comprobarlo usted y me dirá de qué tamaño son mis pechos para usted. Sin muy pequeños o medianos para sus manos de oso.
— Esa es una respuesta muy inteligente, hija mía.
— La gente inteligente ya no tiene escrúpulos. Y se basan de cualquier artimaña para conseguir sus bajos propósitos.
— Entonces puede que ambos seamos inteligentes. (Ambos sonreímos)
— Padrecito, por favor, sígame contando mi penitencia, prometo que no vuelvo a interrumpirlo.
— Te cojo, ese es el resumen, como nadie te ha cogido antes, con una bestialidad inaudita. Te tapo la boca mientras mi santa verga bendice tus entrañas con su dureza y versatilidad. Muerdo tu boca, meto mi lengua dentro de tu garganta como la víbora del pecado en el Edén. Oh Dios, comienzas a gemir, y yo me enorgullezco de hacer de ti una buena católica. Oh Dios, dices y tus nalgas suben y bajan. Te has acoplado, muerdo tu cuello dejando enterrados mis colmillos, vuelves a chillar, a aullar del dolor de mi mordida y del placer que mi pene te provoca. Acaricio tu espalda y te atraigo hacia mí para eyacular en tu interior. En el momento final no tapo tu boca y tu rugido se escucha en todo el templo. Tocan a la puerta.
— Padre, Señor Cura, ¿Está todo bien?
— No, creo que no, cancela mi misa de las seis o dile al padre Ricardo que la dé; yo estoy en una confesión importante. (El sacristán se retira)
— Oiga Padrecito, ¿no había terminado ya la confesión?
— No hija mía, apenas va comenzando. Mira, después de eso te llevo de nuevo a la mesa. Pongo tus nalgas sobre mi escritorio y abro tus piernas, entonces mi lengua lame las comisuras de tu vagina. Aún tiene residuos de mi semen pero no me molesta, lamo con entusiasmo, moviendo mi lengua con maestría en tu conejito apretado, acaricio tus pelitos y muerdo tu clítoris, continuo el ritual. Me gusta escucharte gemir y gritar. Meto un dedo dentro de ti y mi boca te lleva de besos y lamidas en espiral, reforzando el placer lo más que pueda, su sabor señorita, me enloquece.
—Padrecito, agregue otro pecado a mi penitencia porque me estoy mojando.
—Justo cuando siento que te vas a correr, me retiro de nuevo.
— Ahhhh
— Te pongo de nuevo de espaldas y voy por mi paleta. Es grande, como de pingpong, pero con varios agujeros para hacerla más aerodinámica. Me sirvo un vino de consagrar. Estoy exhausto pero lujurioso. Disparo el primer tablazo, el segundo, tu culo se pone rojo como la bandera comunista, ese color me gusta. Otras más, te azoto mientras te grito que has sido una niña mala. Tú lloras y pataleas, pero te humedeces… Desde muy niña descubriste, gracias a tu inteligencia, que el dolor está directamente relacionado con el placer. Puede que los azotes sean una remembranza incestuosa. Si es el caso, eres más puta de lo que pensé y eso, lo confieso yo a ti, me encanta. Gritas. Me encantan las personas rotas, locas, enfermas, lujuriosas, perdidas, dulces como el suicidio, amargas como el rock and roll.
— Padre se está usted desviando mucho, déjeme que le diga.
— Un día usted morirá
— ¿Y eso qué significa?
— Que nada tiene significado. La muerte es la posibilidad que anula todas las demás posibilidades. Pero eso no me impide azotarla, como antes. Dejo el artefacto de lado y uso mi mano, me encanta nalguearte, que sientas el calor de mi mano, además después de cada nalgada te sobo un poquito. Las nalgadas son pequeñas, breves, como haikus, pero constantes. Hago la mano hueca y suena fuerte, el sonido hace volar las palomas de la iglesia. Me agacho para lamer tus nalgas ya rojas, las muerdo y meto mis dedos ensalivados en tu ojo de Sodoma.
— Eso sí no, Padrecito, soy virgen de ahí, a Sodoma no hay que ir y menos con su pene tan grande…
— Quedamos que esto es una penitencia. Así que lubrico un poco, con saliva y con mi vino de consagrar. Acomodo tus nalgas como si les fuera a sacar una foto y fricciono mi pene todavía flácido. El choque lo va excitando en tanto sobo tus pechos. Se me antojan y te volteo para meter tus pezones en mi boca, los chupo y muerdo, mi lengua va desde la base hasta la punta en espirales cíclicas. Con esa posición, mi lengua embelesada con el sabor de tus pezones, aprovecho para acariciar los tatuajes de tus brazos, los recorro suavemente, como dibujando de nuevo cada línea.
— ¿Cómo supo?
— Te inclino sobre mi escritorio, dejando paradito tu culo. Pongo un espejo frente a tu cara y embisto, despacito, por primera vez, inhalas y exhalas, cierras los ojos y abres la boca para gritar. Arañas mi escritorio. Veo en el espejo tu cara de dolor. Me excita verte así, así que mi verga se pone más gruesa y dura dentro de ti. Embisto hasta tus riñones, aumentando la velocidad y alternando nalgadas mientras te bombeo. Mi verga se convierte en un taladro impío y tú lloras, gritas, arañas la mesa, pataleas… Cierras los ojos y te dejas ir. El sudor nos cae a caudales, y tú llevas tus dedos a tu sexo, te masturbas mientras te penetro… Te excita la dialéctica de sentir dos vergas dentro de ti, penetrándote. Acelero una vez más, cierras los ojos y gritas, el empuje brutal hace que sientas que te vas a desmayar… Cuando siento que vas a caer, jalo tu cabello y tú gozas, como una loba en celo.
— Padrecito, estoy muy mojada…
— Justo cuando estoy a punto de correrme, saco mi verga y alcanzo una hostia que tengo en el escritorio y la pongo en mi glande para que la comas. El cuerpo de Cristo, hija mía, te digo.
— Amén
— Entonces me corro en tu garganta…
— Padrecito, ¿puedo meterme al confesionario? Hay un pecado que le quiero decir al oído.
— Estoy aquí para escucharte, hija mía.

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