La gabardina

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Traes una gabardina; debajo, como un secreto divino, unas bragas negras con ligueros que sólo hacen más delirantes tus piernas largas. La vida entonces, como la fotografía tomada a la sombra del silencio, es buena, profunda y diferente. Yo sabría después que tus uñas están pintadas de rojo, el movimiento de tus tacones me estremece hasta las entrañas más recónditas. Abres las piernas y te sientas, frente a mí, en mi regazo. Me regalas un beso apasionado, tu lengua se enreda en mis sensaciones como esas serpientes tan peligrosas que hay en el África occidental. El sexo entra en el sexo, como la puñalada de un asesino perfecto, se encuentra el calor con el calor y esa tautología crea luces que crean estrellas que crean universos. Sujeto tus piernas, acaricio tus muslos que son suaves como el algodón de azúcar, con la delicadeza y la furia del mar, te arrojas, tus uñas clavadas en mi espalda, tus sueños clavados en mi alma. Entonces aumento la apuesta. Acaricio tus nalgas, te atraigo. Tu gabardina es como un campo magnético que me atrae a mí y repele a los cobardes y moralistas. Muerdo tus labios, acaricias mi cabello con tus dedos de uñas largas. El rojo y el negro mezclado como en una apasionante novela de Stendhal. Beso tu cuello; me embeleso en el embriagante aroma de tu perfume. Beso tus orejas, tus hombros, muerdo y lamo tus pezones, juego con mi lengua en la circunferencia de tus areolas. Tus senos, anforitas de presagios, se endurecen al contacto de mis manos y mi boca. Una ola de agua salada azota mis costas. Eres la mujer más hermosa del mundo teniendo un orgasmo y buscando otro. Insaciable como la muerte y la tristeza, siempreviva como las flores y el fuego. La vida entonces, como la fotografía tomaba a las orquídeas, era erótica, fantástica y limpia. Sin hipocresías ni rodeos metí mis dedos en tu pubis y luego los llevé a mi boca para probar tu sabor. Tú te hincaste como una devota, metiste mi pene en tu boca y comenzaste a lamer, a besar, a chupar con el ahínco de un sobreviviente en medio del desierto. El placer me hizo cerrar los ojos. Primero el vértigo, después la oscuridad, después la nada y luego, como un milagro, el placer más delirante. Luego otra vez inservibles los cuerpos y las almas. Con una sonrisa estúpida, que es la única sonrisa inteligente en días y tardes y noches como éstas.

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