La violación

Irreversible[1]
Imagen de la película Irreversible (2002)

Unos ojos en la oscuridad, dos lámparas antiguas y la curiosa humedad de las paredes de una noche de lluvia en la ciudad. La sombra de los zapatos como una epifania satánica: la barba larga, las uñas interminables y mugrosas, apenas disimuladas en guantes roídos. La sonrisa maliciosa, como si la muerte existiera, en el espíritu de los hombres levanta monumentos de ceniza y mierda. Un asco más antiguo que el nacimiento es la alegría, una náusea cósmica, un llanto dentro de la sangre, es la alegría. Y cantan, al unísono, las luciérnagas y las moscas sobre la fruta podrida el himno desesperanzado de lo efímero. El túnel es oscuro, las arcaicas vías de tren están podridas igual que la fruta arrojada ahí, el aire rasguña las piedras con su soledad indómita; los perros paralíticos aúllan a la luna para pasar mejor el hambre y la miseria; perros flacos que caben en la cabeza de una aguja, pero saben que el reino de los cielos es una carnicería en donde se descuartizan los sueños de los peatones. El hombre escucha la orquesta de los huesos crujientes, y evoca a la nada dentro de la nada para que un trago de aguardiente resbale por la garganta.
A lo lejos se escuchan unos tacones, acompasados apenas, cacofónicos en el tildar del paisaje. La mujer trae una chaqueta negra y el cabello mojado, su piel es blanca como el éxtasis de Buda: una revelación, sus labios rojos, sus dedos largos. Está perdida. Camina por el túnel y el hombre regresa sus ojos a la oscuridad como dos topos asustados por el sol. La mujer contesta el celular, sonríe y contonea las caderas para hablar, no sabe, ¿cómo podría saber? Que pronto llegará a su destino pese a la tecnología.
A lo lejos se oye el canto de la iglesia, la señora con voz de gatos licuados bendice a todos los afligidos con su estúpido canto. A decir del verbo no sabe nada; desear es la metástasis de los pordioseros; el espíritu está pronto, pero la carne es sádica. El hombre contempla el rostro perfecto de la mujer por última vez, la nariz es respingada y los ojos verdes, la barbilla partida y el cuello largo. Las cejas delineadas, dos arcos de eternidad, los labios, vórtices de nubes celestes, las orejas, pequeñas alas de un ángel insomne, los ojos, péndulos del tiempo perfecto, ecos de la bondad de un Dios borracho, la barbilla, camino al paraíso, la frente, amplia reverberación de las rosas en flor.
El hombre tomó una piedra y la rompió, de lleno, contra aquel rostro hermoso. La mujer cayó completamente perpendicular; trató de reaccionar pero ya era muy tarde; el hombre abrió la chamarra y desgarró la blusa negra, debajo de la blusa, la mujer traía un sostén sensual de encaje morado. La contempló. Las líneas que bajaban hasta sus senos eran perfectas, las curvas y las rectas, en sincronía exacta con un alma perfeccionista. El hombre tomó su navaja y cortó el sostén, dos pezones pequeños y rosas asomaban; sus pechos eran tan blancos como su cara, medianos y redondos, plantas tropicales, frescos, hermosos como sonetos de amor escritos por Quévedo; hubo que fijar música, la música de Brahms que sonaba en la cabeza del hombre mientras que, concentrado, jalaba las bragas hasta sacarlas por las zapatillas; las bragas también eran de encaje morado. La minifalda era de piel negra, igual que la chamarra, ceñía a la exquisitez unas piernas, espectros del infierno, deliciosas, sublimes como el canto de los niños de Viena: lisas y blancas, cuyas pequeñas venas rosáceas sólo las hacían más seductoras. La mujer daba débiles manotazos; el hombre la olió: desde la ensangrentada cara hasta el pubis desnudo: aquel olor lo hipnotizó, por un momento hizo que saliera del plano terrenal y abrazara a una estrella, con todo y su abrasante lucidez. Una vez diseccionado el olor pulcro en la caja neuronal de los recuerdos, él la penetró levantando la minifalda hasta la cintura, el pene largo y escuálido entró con fuerza, rompiendo toda barrera, desgarrando aquellas paredes vaginales, una y otra vez; la mujer apenas tenía fuerzas para llorar, en su rostro se confundían las lágrimas con la sangre que seguía escurriendo como un lento reloj de arena.
El hombre volteó a la mujer, se quitó el cinturón maltrecho por las ratas, y lo anudó, con detenimiento, al cuello largo de su víctima, lo apretó y comenzó a penetrarla por el culo; le desgarró el ano con una violencia inhóspita, los embates eran cada vez más brutales: hasta entonces reaccionó la mujer dando ligeros alaridos que no duraron mucho porque el hombre cada vez apretaba más el cinturón; cuando en el culo de la mujer se mezcló el semen con la sangre, ella ya estaba muerta por asfixia. El hombre nunca olvidaría la mezcla de olores que suscitaba la sangre de la mujer, su semen y las frutas que se pudrían en el túnel desde hacía meses. Tampoco olvidaría el olor a gasolina, pues de gasolina bañó el cuerpo inerte de la mujer antes de prenderle fuego: un olor más para la colección neuronal: la piel chamuscada. Un sonido: las guitarras de la iglesia. Antes del incendio, en el celular de la mujer entró una llamada pero ya nadie contestó; el celular, la ropa, el semen, la moral, la religión, el Estado, la vida, todo fue consumido por el fuego, todo se convirtió en ceniza. Muchos años después, frente al tribunal de justicia, el hombre diría:

Yo no soy malo, soy sólo un gargajo de un Dios estúpido y borracho, un gargajo arrojado al mundo, como ustedes, como todos.

Un comentario en “La violación

  1. Qué terriblemente hermoso está escrito el texto. Y entre líneas ofrece una solución para detener tantos feminicidios: más que a la víctima hay que entender al perpetrador y sus motivaciones para saber cómo detenerle.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s