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Atraviesas la puerta, caminas hacia la cama con la arrogancia de quién se sabe Diosa, espíritu libertario, pequeña jacaranda. Comienzas a besarme, los besos son rítmicos, el sueño de una melodía secreta. Te sé entregada, arrojas tus pechos con lujuria y la punta de tus pezones toca mi cara. Entonces te busco con mi lengua, en infinitos laberintos, por tus pechos todavía de niña y muerdo despacito tus areolas hasta que queden del color de las olas del mar. Te tiendes y mi cascada de besos cae en tu boca, en tus mejillas y tu cuello. Busco tu humedad con mis manos y la encuentro como un milagro. Beso de nuevo tus pechos, tu vientre y lamo con suavidad tus labios vaginales, luego meto mi lengua descarada, dispuesta a provocar una revolución en tus entrañas, arqueas tu espalda, lanzas gemidos y eres entonces ligera como una hoja otoñal. Aumento el ritmo y me sujeto de tus piernas, las acaricio, tu miel explota, una ola indómita de electricidad atraviesa tu cuerpo. Un breve momento de silencio. Y después la lluvia adentro y afuera de la habitación. Me miras a los ojos, una luz en tu mirada me informa sobre el paraíso. Tiembla tu piel, beso tus piernas, tus rodillas y tus pies.

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